Alex Reed
La luz de la tarde entraba limpia por la ventana, bañando la barra de la cocina con un tono dorado del que hace meses no era consciente y mucho menos veía hace días.
Frente a mí, Emma devoraba una dona de azúcar con el mismo entusiasmo desenfadado de cuando teníamos diez años, dejando pequeños trozos dulces en la esquina superior de su labio.
Me quedé mirándola, incapaz de apartar los ojos, refugiándome tras la curva de mi taza de café.
Emma es el único lugar en el mundo donde el ruido de mi cabeza se apaga por completo.
A plena luz del día, sin la penumbra del supermercado ni las sombras de la madrugada, su presencia me abrumaba de la forma más hermosa posible.
Su cabello castaño, atrapado en un moño desordenado, dejaba escapar mechones rebeldes que le caían por el cuello, justo donde la piel se le llena de esa cosntelación de lunares que me sé de memoria; cuando sonreía, sus ojos color miel se entrecerraban ligeramente, formando pequeñas arrugas en las esquinas que la hacían lucir brillante.
Olía a vainilla, a café recién hecho y a esa calidez hogareña que ninguna ciudad ni estadio lleno ni hotel de lujo, habían logrado darme jamás.
Era la misma chica de la que me enamoré a los ocho años en la acera… la primera y única. Quien convirtió a un niño aterrorizado del mundo en alguien capaz de cantar sus miedos.
Sin decir una sola palabra, Emma estiró el brazo sobre la barra, tomó una servilleta de papel y se inclinó hacia mí; con una delicadeza infinita, pasó la servilleta por el borde de mi mejilla para limpiar una migaja que me había quedado pegada.
–Siempre tan desastroso para comer, Reed– murmuró con una voz tan suave que me provocó un escalofrío en el cuerpo.
El simple roce de sus dedos contra mi piel me congeló la respiración.
Mi corazón dio un vuelco dentro del pecho, pero ella lo hizo de forma tan natural, tan instintiva, que me hizo sentir que nada de la amargura que había vivido los últimos meses podía tocarme mientras estuviera a su lado.
–Gracias– susurré, bajando la mirada hacia mi taza para disimular el calor en mi cara, que sentía especificamente, en las mejillas.
–Me gusta esta luz aquí adentro– dijo ella, apoyando los codos en la barra y mirándome a través del vapor de su café– Tu casa siempre tuvo un olor especial, Alex… huele a madera, té de canela y a ti– sonrie timidamente– Se siente como estar de vuelta en casa.
Escucharla decir eso, con esa amabilidad genuina y sin pretensiones, me envolvió en una ola de calidez profunda.
El ambiente entre los dos no tenía la prisa de la industria ni la frialdad de las redes sociales; era el refugio suave de la infancia, una melodía conocida que era tocada en el tono correcto.
–A mí también me alegra que estés aquí, Emma– admití, reuniendo el valor para sostenerle la mirada– No te imaginas cuánto.
Emma me regaló una sonrisa dulce, carente de cualquier juicio, y me dio un golpecito cariñoso en el dorso de la mano sobre la mesa.
En ese instante, rodeado del aroma a café, la dulzura de las donas y el brillo de sus ojos, entendí que no importaba cuántos problemas tuviera fuera de estas cuatro paredes… si Emma estaba cerca, siempre habría un lugar seguro al cual volver.
Emma dio el último sorbo a su café y deslizó la taza sobre la barra, sus ojos recorrieron despacio la sala de estar, cubierto por la luz dorada de la tarde, hasta detenerse en el rincón más lejano.
Allí, bajo la ventana lateral, descansaba un piano de cola vertical en madera oscura; la cubierta del teclado estaba cerrada y una fina capa de polvo casi imperceptible cubría la madera.
–Vaya…– murmuró ella en un susurro, levantándose de la barra sin prisa.
Caminó hasta el rincón y apoyó la mano sobre la tapa superior con cuidado, yo la seguí con la mirada y el nudo de siempre apretándome la garganta.
Ese piano había sido mi refugio durante años, pero ahora no era más que un mueble pesado en medio de la habitación.
–Lleva semanas cerrado, ¿verdad?– preguntó suavemente, girándose para mirarme.
Me pasé las manos por la cara, quitándome la gorra y dejándola sobre la mesa; decir la verdad dolía… pero frente a Emma la verdad era la única opción.
–Meses, en realidad– admití, caminando hacia ella pero manteniendo un par de pasos de distancia, como si el instrumento fuera a morderme si me acercaba demasiado– No es solo por… la cancelación de la gira. El bloqueo empezó mucho antes de eso, Emma.
Ella no dijo nada.
Simplemente inclinó ligeramente la cabeza, ofreciéndome ese silencio cálido que solo ella sabía brindar, invitándome a continuar.
–En algún punto de las giras, entre los estadios llenos y la prisa por sacar el siguiente sencillo para la agencia, dejé de sentir la musica– aprieto los labios con nerviosismo– Antes… tocar el piano era como respirar, era la forma en que entendía el mundo cuando no encontraba las palabras, pero ahora, presiono una tecla y solo escucho ruido– cierro los ojos, frustrado– No hay magia, no hay emoción, siento que la parte de mí que sabía crear… simplemente se apagó.