Canción #1

Capitulo 6 "Las personas que dejamos atrás"

Emma Hart

El trayecto a pie hasta la biblioteca municipal solo toma quince minutos, pero esta mañana de lunes sentí que caminaba sobre una nube.

El aire de agosto traía ese olor fresco a pino y tierra húmeda tan caracteristico del pueblo, aunque debería estar nerviosa por mi primer día de trabajo, lo único que ocupaba mi mente era el fin de semana que acababa de terminar.

Pasó volando.

Literalmente.

Parecía absurdo pensar que estuvimos ocho años sin saber del otro.

Durante el fin de semana, entre tardes en el patio, risas por tonterías, té helado y charlas que se alargaban hasta que el cielo se estampaba de estrellas, la distancia de casi una década simplemente se evaporó.

No hubo torpeza ni silencios pesados.

Todo se sintió tan ridículamente cálido y familiar que a ratos me convencía de que solo nos habíamos dejado de ver un par de días, como si el tiempo se hubiera pausado, esperando pacientemente a que volviéramos a cruzar la cerca del jardín.

Ajusté la tira de mi bolso sobre el hombro mientras cruzaba la plaza principal, sin poder evitar que se me dibujara una sonrisa tonta en los labios.

Recordé nuestra conversación en su cocina, rodeados del olor a café y la luz colándose por las ventanas.

Ambos estábamos ahí, parados en un punto ciego de nuestras vidas, muertos de miedo y llenos de dudas sobre si los sueños que perseguimos desde niños aún nos pertenecían; Alex luchando contra ese bloqueo músical, y yo paralizada ante la idea de que mis historias nunca fueran lo suficientemente buenas.

Pero entonces vino su voz a mi mente.

🎸🎸🎸

“Si tú no abandonaste la fe en mí cuando yo no podía ni hablar sin trabarme, yo no voy a dejar que abandones tu sueño ahora”.

-🎸🎸🎸

Esas palabras seguían retumbando en mi pecho con la fuerza de un abrazo de oso… nadie me había mirado con tanta convicción en años.

Carlos siempre solía decirme que la escritura era un “pasatiempo bonito” mientras no descuidara lo “importante”, pero Alex… él creía en mí con una fe ciega y pura que me daba ganas de comerme el mundo.

Llegué a las escaleras de piedra de la biblioteca, un edificio antiguo de ladrillo rojo que olía a papel viejo y madera púlida; antes de empujar las pesadas puertas de madera para presentarme con la encargada, saqué el teléfono del bolsillo.

“Sobreviví a la caminata. Deseale suerte a tu escritora favorita en su primer dia… y no te atrevas a cerrar las persianas hoy, Reed”

Guardé el teléfono con el corazón latiéndome a un ritmo acelerado y lleno de ilusión.

Por primera vez en mucho tiempo, no me sentía estancada, el trabajo en la biblioteca ya no parecía un acto de rendirme, sino el escenario perfecto para volver a empezar.

Y saber que al volver a casa Alex estaría al otro lado de la cerca… hacía que todo tuviera sentido otra vez.

La encargada de la biblioteca era la Señora Gable, una mujer de unos sesenta años con gafas de pasta roja colgadas del cuello y una sonrisa maternal que desarmaba cualquier indicio de nerviosismo en mí.

A los diez minutos de haber cruzado la puerta, ya me había servido una taza de té de manzanilla y me hablaba con una confianza tan cálida que me hizo sentir bienvenida de inmediato.

–Aquí las cosas se mueven al ritmo del pueblo, Emma– me dijo, guiñándome un ojo mientras me entregaba un carrito cargado de libros– No tenemos la prisa de las grandes bibliotecas de la ciudad, así que tómate tu tiempo.

Mi primera tarea era organizar y clasificar la sección de “Literatura contemporánea y Ficción” en la segunda planta: un rincón acogedor iluminado por altos ventanales que daban al parque central.

Lo que imaginé como una labor tediosa y repetitiva se convirtió rápidamente en un refugio terapéutico.

Poco a poco, fui construyendo, la que sería, mi nueva rutina.

Descubrí el placer silencioso de desmarcar las fichas de devolución, pasar la yema de los dedos sobre los lomos gastados y respirar ese olor inconfundible de una mezcla entre vainilla y papel antiguo.

Mientras colocaba cada volumen en su estante correspondiente, no podía evitar entretenerme leyendo los títulos y contraportadas, dejando volar rmi imaginación e inventando breves desenlaces alternativos para las historias atrapadas en esas páginas.

A las dos de la tarde, el sol formaba tragaluces de luz dorada entre los pasillos, mientras el único sonido de fondo era el suave murmullo de algún vecino hojeando el periódico en la planta baja.

Estar rodeada de miles de libros, en lugar de intimidarme como usualmente era, comenzó a alimentar mi curiosidad; la escritura, por un segundo, volvió a sentirse como algo vivo, un juego de posibilidades y no una obligación llena de expectativas externas.

Al final de la jornada, cerca de las cinco de la tarde, bajé a la recepción con el carrito ya vacío para despedirme por hoy.

Al acercarme al mostrador de madera, noté que la Señora Gable estaba completamente distraida mirando la pantalla de su tableta, con el volumen muy bajo pero lo suficientemente claro como para reconocer los tonos de voz.




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