Canción #1

Capitulo 7 "Entre acordes y recuerdos"

Alex Reed

Si alguien midiera la distancia entre el cielo y el infierno en centímetros, diría que es exactamente la medida de la palabra “amigo” cuando sale de los labios de Emma Hart.

Esa noche, después de que ella regresó a su casa dejando el eco de sus palabras flotando en mi cocina, me quedé inmóvil junto a la barra durante diez minutos enteros.

Su mejor amigo.

Una frase pronunciada con tanta inocencia, tanto cariño genuino, que sentirse al mismo tiempo salvado y destruido por ella parecía un chiste cruel del destino.

Por un lado, tenerla de vuelta significaba recuperar el oxígeno.

Emma era la única persona que podía mirarme a los ojos después de la tormenta sobre Midnight Records sin buscar la cicatriz o el escándalo; para ella no había nada que explicar ni de qué defenderse.

Pero por otro lado, sostener su abrazo unos segundos más de la cuenta, sentir el calor de su cuerpo contra el mío y oler ese perfume a sol y vainilla que me sabía de memoria… fue recordar cada una de las canciones que le escribí en secreto durante la adolescencia.

Canciones que nunca cantaría frente a ella.

A las once de la noche, las luces de su habitación finalmente se apagaron.

Me acosté en la cama de mi infancia mirando el techo teñido por las sombras del jardín.

Durante días, el silencio de esta casa me había parecido un castigo insoportable, pero esa noche el silencio traía consigo una inquietud diferente: la musica que llevaba meses ahogada en mi garganta estaba empezando a presionar desde adentro para salir.

Me levanté sin hacer ruido, aunque no sé bien a quien le molestaría.

Crucé el pasillo cubierto de oscuridad y bajé las escaleras hasta la sala de estar.

El piano de cola vertical me esperaba en la esquina, con la tapa aún abierta, tal como la había dejado por la tarde; el destello tenue de la luna llena se filtraba por el ventanal que Emma me había obligado a abrir, iluminando las teclas desgastadas.

Me senté en el taburete de madera, mis dedos temblaron ligeramente al posarse sobre el teclado.

Por primera vez en más de cuatro meses, la necesidad de tocar no venía de la exigencia por parte de la agencia, ni de la presión de un estudio vendiendo discos, ni del juicio despiadado en internet.

Venía de la necesidad de traducir lo que sentía al ver a Emma reír, al escucharla defender mis silencios a mis espaldas, al saber que estaba atrapado para siempre en la frontera invisible de su amistad.

Presioné la primera tecla.

Un La menor suave resonó entre las penumbras de la casa, quebrante y cristalino.

Luego vino un acorde más… y otro.

La melodía fluía despacio, melancólica, entrelazándose con la brisa de verano que entraba por el cristal de la ventana; era una canción sin nombre, nacida de la ironía de ser la persona más afortunada del mundo por tenerla cerca y, al mismo tiempo, el hombre más cobarde por jamás atreverse a decirle la verdad.

De pronto, la vibración metálica de mi teléfono sobre la mesa rompió la atmósfera.

El brillo de la pantalla iluminó el rincón en la oscuridad, eché un vistazo esperando ver una notificación sin importancia, pero el nombre en la pantalla me congeló la sangre…

Milo.

Deslicé el dedo para responder, pegando el teléfono a mi oreja mientras mis dedos abandonaban el teclado.

–¿Milo?– murmuré con voz baja, temiendo el propósito de su llamada.

–Alex– su voz al otro lado de la línea no traía la diversión habitual, sino una tensión contenida que me puso en alerta al instante– Tienes que abrir tu ordenador… nos están echando la culpa a nosotros.

La realidad, con todo su peso ruidoso y destructivo, acababa de derribar la puerta de mi refugio en un segundo.

Deslicé el icono para abrir el navegador en el teléfono mientras Milo seguía hablando apresuradamente por la línea; la luz de la pantalla me deslumbró en medio de la oscuridad en la sala.

–Fue ella…– dijo Milo, con un tono cargado de impotencia– Acaba de publicar un video y un comunicado en todas sus redes, se volvió viral en cuestión de minutos.

Mis dedos temblaron mientras cargaba la página, en la portada de todos los portales de entretenimiento aparecía el rostro de Camila.

La chica que había entrado a nuestro círculo íntimo meses atrás jurando que solo quería aprender de nuestra producción por ser una fan, la misma que filtró conversaciones privadas editadas fuera de contexto, fotos sacadas con malicia y audios manipulados que hicieron parecer que los miembros de Midnight Records éramos unos enfermos.

Solo éramos adolescentes estúpidos jugando a ser adultos en una industria de tiburones; caímos de lleno en su trampa, confíamos en ella y, cuando nos dimos cuenta, el desastre ya había comenzado.

En el comunicado de tres páginas que acababa de subir, Camila se pintaba como la víctima perfecta; nos acusaba de haber arruinado sus sueños, de habernos aprovechado de su fanatismo y señala a Mason como el incitador de tales acciones.




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