Emma Hart
El trayecto de la biblioteca se me hizo interminable.
Mis pies se movían en automático por la acera, pero mi mente seguía atrapada en la cocina de Alex, repasando una y otra vez la frialdad con la que había impuesto esa distancia tan repentina.
Ese no era el Alex que conocía.
El Alex con el que comí donas sonreía, respiraba tranquilo y me miraba a los ojos sin miedo; el que dejé atrás hace unos minutos parecía una sombra de sí mismo, oculto nuevamente tras ese muro de silencio que construía cada vez que el mundo se le tornaba demasiado hostil.
Algo debió suceder anoche… algo grave.
Ajusté la tira de mi bolso, apresurando el paso mientras mi cabeza empezaba a hilar teorías sin parar.
Si el cambio fue de la noche a la mañana, tuvo que ser una llamada o una noticia. ¿Tal vez la agencia lo había presionado para firmar un acuerdo que no quería? ¿O acaso la banda se había peleado de forma definitiva y estaban por separarse para siempre?
Recordé la mirada de la Señora Gable ayer cuando veía esa entrevista vieja y la forma en que los medios destrozaban a los integrantes de Midnight Records por cualquier mínimo detalle.
¿Habrían filtrado algo nuevo? Quizá la prensa había descubierto su paradero en el pueblo y amenazaba con acosarlo aquí, en su único hogar. O peor aún… tal vez la chica del incidente, esa sobre la que todo el mundo especulaba en internet pero de la que nadie sabía la historia real, había vuelto a atacar contra ellos con alguna mentira peor.
Mi cerebo iba a mil por hora, construyendo escenarios cada vez más oscuros y caóticos, buscando desesperadamente una explicación lógica para el dolor que vi reflejado en sus ojos esta mañana.
Quería correr de vuelta, tocar a su puerta, tomarlo de los hombros y exigirle que me dejara ayudarlo, quería recordarle que no estaba solo en esa casa vacía.
Pero entonces, al llegar a las escaleras de piedra de la biblioteca, me detuve en seco.
El recuerdo de su voz fría hizo eco en mi cabeza.
“Son cosas del trabajo… asuntos que tengo que resolver solo”.
Un peso amargo se me asentó en el estómago.
La verdad me golpeó con una claridad alarmante y dolorosa: no era que Alex hubiera olvidado cómo hablar conmigo, era que no quería hacerlo.
Él sabía perfectamente lo que estaba pasando, pero había elegido voluntariamente construir esa barrera para dejarme fuera.
Tal vez para protegerme del circo que lo perseguía, tal vez por la vieja costumbre de tragarse sus propios problemas para no ser una carga para nadie… o tal vez simplemente porque sentía que esto era una batalla que debía pelear en soledad.
Solté un suspiro largo, sintiendo cómo la frustración y la impotencia se mezclaban en mi cuerpo, debía soltar todas esas teorías, admitir la realidad, porque no me quedaba otra opción.
No podía forzar la puerta de un refugio si él era quien le había echado el cerrojo por dentro.
Empujé las pesadas puertas de madera de la biblioteca y entré al vestibulo, el olor familiar a papel mezclado con madera pulida intentó calmarme el pulso.
🎸🎸🎸
Clasificar la sección de “Novela histórica” requirió el tripe de esfuerzo esta mañana.
Estaba parada frente a un estante alto con una pila de libros entre las manos, pero mis ojos leían el mismo título tres veces sin procesar una sola palabra.
Mi mente regresaba en un bucle infinito a la imagen de Alex: la sombra de las ojeras marcadas en su rostro, la rigidez en sus hombros y la forma en que dio ese paso hacia atrás en la cocina, estableciendo un océano de distancia entre nosotros.
La rutina de la biblioteca que ayer me pareció un momento de paz, hoy se sentía agobiante.
Cada que escuchaba sonar el teléfono de la recepción en la planta baja, me daba un vuelco el corazón pensando que podría ser Alex, sabiendo que no podía responder mi telefono en el horario laboral, buscandome para arreglar las cosas.
Pero no fue así.
Cerca del mediodía, mientras intentaba acomodar una serie de tomos en la sección inferior, dejé caer un libro al suelo por no estar prestando suficiente atención; solté un suspiro frustrado, apoyando la frente contra el borde del estante de madera.
–Ese libro no tiene la culpa de nada, querida– dijo una voz suave a mis espaldas.
Me giré sobresaltada.
La Señora Gable estaba apoyada en el marco del pasillo, sosteniendo dos tazas humeantes de té y mirándome por encima de sus gafas de pasta roja con una mezcla de perspicacia y ternura.
–Le prometo que estoy avanzando, Señora Gable– me apresuré a decir, recogiendo el libro del suelo con torpeza– Solo me distraje un segundo.
Ella sonrió con calma, se acercó a la pequeña mesa de lectura del pasillo y dejó las dos tazas sobre la madera antes de tomar asiento.
–No vine a revisar tu trabajo, Emma– dijo mientras hacia un gesto para que me sentara frente a ella– Llevas toda la mañana caminando por los pasillos como si llevaras un peso invisible sobre la espalda… Tus ojos están aquí, pero tu cabeza está a kilometros de distancia ¿Quierés hablar de eso antes de que salgas a almorzar?