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La noche en que la manada de Kyo fue masacrada, el aire no olía a la lluvia que se avecinaba, tampoco al familiar olor a pino que emergía de las montañas del Sur. Era asfixiante y extraño; ráfagas densas y calientes traían el hedor sofocante del cuero curtido, de la hierba ardiendo. Humo negro arremolinándose; ceniza cayendo sobre las cabezas de los habitantes del Clan del Sur, paseándose entre las espadas que entrechocaban, bañando el pelaje de los lobos que peleaban, envolviéndolo todo con el velo fúnebre de la muerte.
Tántadus siempre había sido una tierra cruel, un lugar donde los débiles eran sombras y los fuertes monstruos. Pero el Clan del Sur era una anomalía; un oasis de paz bajo el mando del Alpa Makhus. Hasta esa misma noche.
Kyo había pasado toda su vida como una Omega Libre, un alma que conocía el viento y las estrellas como la palma de su mano. Para el resto de Tántadus, los Omega como ella eran una rareza que había que aniquilar; una flor silvestre en un desierto de piedra.
Y esa noche, aquel desierto de piedra quería consumirla.
Kyo presionó su espalda contra la corteza rugosa de un roble milenario, con el corazón golpeando sus costillas al ritmo de los tambores de guerra; frenético y sin control. Obligó a sus pulmones a quedarse quietos; quería fusionarse con la negrura del bosque a sus espaldas, pasar desapercibida entre las sombras. A través del humo, el mundo que amaba estaba siendo reducido a cenizas. Los gritos de su gente estaban siendo ahogados por los gruñidos y el acero de las hojas del clan enemigo; los sonidos de un clan que no solo mataba, sino que pretendía exterminarlos.
—Corre, Kyo —la voz de su padre resonó en su mente, un recuerdo ajado de hacía apenas unas horas—. Vete. Obedece. No mires atrás. No dejes que te encuentren.
En Tántadus, una Omega sin manada era una presa fácil. Una Omega sin dueño era un trofeo preciado. Si aquellos hombres que estaban masacrando a su pueblo la encontraban, la muerte sería la mejor de sus opciones. Una dulce misericordia que no le concederían.
Kyo cerró los ojos, intentado atravesar su propio miedo, y comenzó a transformarse. Primero una oleada violenta de calor; poco a poco sus huesos crujieron, se recolocaron uno a uno. Un proceso rápido, intrincado y natural al mismo tiempo. En un latido, su forma humana desapareció. En su lugar quedó una loba de pelaje gris plateado, con el pelo enmarañado por el hollín y los ojos ardiendo, reflejando el fuego que arrasaba sus tierras, su hogar.
Lanzó una última mirada a la imagen dantesca que tenía ante sí. El Clan del Sur había desaparecido.
Y, sin dudarlo un segundo más, Kyo se adentró en lo profundo y prohibido del bosque. Corrió entre la espesura sin mirar atás, sus patas golpeando la tierra en un ritmo frenético y sigiloso; como si ella fuera el cazador y no la presa.
¿Acaso tenía otra opción? Quedarse era morir, correr era convertirse en un fantasma. Si quería sobrevivir, tendría que convertirse en algo que el mundo jamás había visto.