Canescens: Sombras de una Traición

Capítulo 1: El último amanecer dorado

El día en que Kyo perdió su libertad llegó sin previo aviso. Apareció como casi todo en la vida: de forma inesperada. Llegó como la muerte, como el amor, como un huracán repentino. Fue como una ola traicionera que rompe contra un acantilado y barre todo a su paso. Nadie le avisó; simplemente llegó y desmanteló todo su mundo.

Pero vayamos despacio, sin adelantar sucesos, pues su libertad le fue arrebatada una noche sin luna. Y aún quedaban unas cuantas noches de luna menguante. Todavía tenía por delante un puñado de valiosas horas de ignorancia. Después de todo, los ignorantes son las almas más libres y felices que caminan sobre la tierra. ¿No es así?

La mañana era fresca, las gotas de rocío aún dormían sobre las briznas de la pradera que rodeaba el castillo. La aldea, a las faldas de este, comenzaba a bullir, el mercado a abrir.

La rutina de Kyo comenzó, como casi siempre, con una regañina por parte de su madre por levantarse tarde. Kyo se vistió como un torbellino frenético y torpe. Se deslizó hasta el comedor, tropezando con sus propios pies solo para encontrarlo vacío. Sus hermanos hacía ya un buen rato que habían desayunado y comenzaban sus quehaceres.

La soledad durante el desayuno se había convertido en un hábito para Kyo. A veces Malah, su hermana mayor, se demoraba un poco para compartir una mirada tranquila o un trozo de fruta melosa con ella; pero hoy parecía que hasta las sombras tenían prisa. Sin embargo, el silencio no molestaba a Kyo. Su familia era una tormenta constante de voces y aullidos de Alfas, pasos vibrantes e interminables discusiones sobre política. Para una Omega recién despierta, se agradecía la quietud del comedor a esas horas.

Después del desayuno, pasaba un par de horas deambulando. A veces simplemente dejaba sus manos vagar por las paredes de la casa, sintiendo bajo sus dedos la rugosidad de la piedra y la madera. A veces paseaba por las calles empedradas de la aldea, observando a la manada comenzar su día. Finalmente, sus pies la llevaban a las afueras, más allá de las últimas casas de guijarro. Su destino eran los inmensos pastizales, que se extendían hasta perderse dentro del bosque que delimitaba la región del clan, denso e intrincado, apenas dejando entrar la luz, respirando como un pulmón vivo alrededor de su hogar.

Al inicio de la pradera, sentada con la espalda bien ergida sobre la hierba, estaba la tía Frida. La esperaba con su peculiar expresión enfurruñada y un libro mastodóntico en su regazo.

Kyo llegaba tarde otra vez.

Sin embargo, la visión del enorme libro que debía estudiar cada mañana no la animaba a caminar más rápido hacia su tía Frida. Aquel tomo encuadernado en cuero era tan grueso y pesado que se sentía como una maldición física. Para Kyo, ese libro era un cementerio de datos secos: una condensación de linajes de clanes, antiguas disputas territoriales y tediosas leyes ancestrales.

Memorizar esas páginas era un deber para todo joven Alfa y Omega. Sin embargo, sin una sola ilustración que rompiera la monotonía, la tarea se convertía en un auténtico tormento. Para Kyo, mirar la escritura apretada y manchada de tinta durante más de diez segundos hacía que las líneas bailaran frente a sus ojos. Era una de las cosas que más odiaba en el mundo.

—Llegas tarde —espetó Frida. Su voz era tan seca como el pergamino que sostenía.

—Tia Frida, las sábanas me querían secuestrar, casi no consigo escapar —bromeó Kyo mientras se dejaba caer de forma perezosa frente a su tía. No pudo continuar la broma mucho más antes de sentir como el pesado libro ahora estaba sobre su propio regazo.

Mientras intentaba enterrar la nariz en aquellas páginas estancadas, sus hermanos ya estaban viviendo la vida que ella anhelaba. Habían terminado sus tareas y, sin mucho más que hacer esa mañana, aprovechaban para correr por los pastizales en sus formas de lobo; destellos de plata y rubí contra la hierba esmeralda. Rodaban y se lanzaban dentelladas en una danza de alegría pura.

Kyo los observaba por el rabillo del ojo. Su propia loba interior se paseaba inquieta en su fuero interno.

Daro y Rakla eran Alfas imponentes; feroces y fuertes. Pero justo allí, bajo la mirada de Kyo, no parecían más que un par de cachorros juguetones. Se moría por unirse a ellos. Quería sentir el viento en su pelaje y el barro entre sus garras. Pero había hecho un trato con su madre: dedicaría dos horas a esa prisión mental, y luego el resto del día podría dedicarlo a corretear si le venía en gana.

Kyo observó a Daro, el hermano más joven de todos. A sus 16 años ostentaba una diligencia envidiable. Se levantaba al alba, devoraba su lectura y era libre antes de que el rocío se hubiera secado. Pero Kyo era diferente. Era rápida en el bosque, una flecha plateada cortando los árboles. Pero era torpe en sus deberes. Sus "dos horas" siempre se estiraban, convirtiendo el libro en una sentencia de por vida que tenía que cargar como una condena.

No era que especialmente lenta mentalmente, era más bien una falta total de concentración. Se aburria. No le importaba el pasado de los clanes y los linajes arcaicos. Prefería mancharse las garras con barro o perseguir a un conejo asustado entre los matorrales. Después de todo, ella no iba a ser la próxima líder. Esa carga pertenecía a su hermano Rakla, el primogénito. ¿Por qué necesitaba conocer los entresijos de antiguos tratados? Quería aprender sobre la vida viviéndola. Quería experimentarla, no leerla.

Un golpe seco en la parte posterior de su cabeza la devolvió a la realidad. Frida la había pillado mirando a los lobos otra vez.

—¿Qué pensará la manada si descubren que una de las hijas del líder es tan atolondrada? —suspiró Frida.

—Me adoran —murmuró Kyo, frotándose el lugar donde su tía la había golpeado.

—No lo harán si no maduras. Tienes dieciocho años, Kyo. Es hora de que entiendas el peso de tu apellido.

—¿La madurez depende de leer esto? —interrumpió Kyo, levantando el enorme libro con un gemido—. ¡Mil páginas de florituras, formalismos y nombres de lobos muertos! ¡Es una tortura, tía! ¡Es inútil!



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En el texto hay: omegaverse, enemiestolovers, slowburn

Editado: 25.05.2026

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