Kyo se acomodó en la hierba. El aroma de los tréboles que salpicaban el pastizal llenó sus pulmones y, por un momento, la atmósfera pesada de la sesión de estudio se desvaneció; era como si ahora ambas estuvieran compartiendo sus secretos. Frida se inclinó y colocó un rizo rebelde tras la oreja de Kyo con una ternura extraña y melancólica.
—¿Alguna vez te he contado cómo tu padre se hizo líder?
—¿Otra vez? —bromeó Kyo. Pero esa era sin lugar a duda su historia favorita
—No te burles del pasado de tu familia, jovencita —dijo Frida, y su expresión se endureció hasta volverse solemne—. El Clan del Sur, tal como lo conoces, es un milagro. Se construyó con sangre y valor. Es un oasis en un desierto de piedra que es Tántadus.
Frida comenzó el relato. Su voz sumergió a las dos en un recuerdo lejano, anterior al nacimiento de Kyo, como si fuera un lánguido sueño. Habló del abuelo de Kyo, un hombre cuyo corazón era un como una amalgama de hierro y piedra. Su reinado había sido una pesadilla para todo Omega de la manada. Para él, no eran más que objetos; criaturas para ser usadas, rotas y desechadas. Un trofeo que ostentar ante el resto de Alfas.
—Yo solía temer a tu padre —confesó Frida, con la voz temblando ligeramente—. Makhus era el Alfa primogénito. El hijo de un monstruo destinado a convertirse en otro monstruo. Cada año que pasaba esperaba a que la crueldad floreciera en sus ojos. Yo lo observaba de cachorro, aterrorizada de que un día despertara y nos mirara a mí, su hermana Omega, y al resto de Omegas, de la misma forma en que lo hacía tu abuelo.
El corazón de Kyo se apretó con dolor. Ella idolatraba a Makhus. La idea de que alguien pudiera tenerle miedo a su padre era imposible de conciliar. Él era el hombre que le enseñó a rastrear el viento, a leer las estrellas en las noches sin luna. El hombre que se reía de sus chistes torpes y besaba su coronilla.
—Pero nunca sucedió. El corazón de tu padre era gentil y tierno —continuó Frida, con la mirada perdida en el pasado—. Makhus cumplió dieciséis años y, en lugar de unirse a esa cacería constante de Omegas, se convirtió en nuestro escudo. Recibió los golpes destinados a nosotras. Soportó los insultos. Para tu abuelo, él era un fracaso. Un Alfa débil, contaminado por la esencia de los Omegas.
Frida describió la muerte del antiguo líder. Fue una escena de amargura y odio. El hombre había pasado sus últimos alientos maldiciendo a su propio hijo, gritando que los Omegas eran inferiores. Afirmaba que no eran más que manipuladores astutos que nublaban el juicio de un hombre. "Makhus... No. Caigas", jadeaba sumergido en su agonía, repitiéndolo hasta que la vida finalmente abandonó su cuerpo.
—Sin embargo, aquí estamos —dijo Frida, mirando alrededor a la pacífica aldea—. Cincuenta años desde que se firmó el Tratado. Cincuenta años en los que los Omegas han dejado de esconderse cada vez que un Alfa entra en la habitación. Tu padre luchó por un mundo donde la fuerza de un Alfa se use para proteger, no para poseer.
Pero entonces Frida llegó a la parte de la historia que siempre le daba escalofríos a Kyo. Su voz se volvió aún más oscura. Habló de la frágil paz y del infortunio que siguió al Tratado; las dos caras de una misma moneda manchada de sangre. No todo el mundo en el Sur quería la igualdad. Hubo levantamientos. Reuniones secretas en los rincones más oscuros del clan. Alfas que se sentían despojados de su derecho de nacimiento a gobernar sobre otros.
—Y luego están los otros clanes de Tántadus —susurró Frida—. Miran nuestra paz como si fuera una enfermedad. Se alían con nuestros rebeldes, esperando un resquicio de vulnerabilidad. Quieren aplastar al Sur. Quieren aplastar a Makhus y a todos los que creen en su utopía.
—Odio que siempre lo termines así —dijo Kyo, sentándose y sacudiendo las briznas enganchadas en su falda —. Estamos a salvo aquí.
—No niegues nuestra realidad —advirtió Frida—. Son nuestros orígenes y nuestra carga. Debes tenerlo siempre presente. Mantente alerta, Kyo. El mundo más allá del bosque es diferente, peor que el puñado de rebeldes que de vez en cuando se sublevan en la aldea. Es oscuro y despiadado.
Frida cerró los ojos, intentando rechazar las maliciosas premoniciones que arañaban su mente. Sabía que la paz nunca se podía dar por sentado.
—¡Daro! —gritó Kyo de repente, rompiendo la tensión—. ¡No! ¡No pises mi falda con tus patas sucias! ¡Mamá me va a matar!
El joven lobo se había acercado sigilosamente a ellas, para después saltar sobre Kyo, pisoteando intencionadamente el dobladillo de su vestido. Daro le lanzó una dentellada juguetona. Kyo se levantó a trompicones, frotando desesperadamente la tela, pero sus ojos ya brillaban con el deseo de devolver el golpe.
—¡Ni se te ocurra, jovencita! —advirtió Frida, viendo la chispa dorada de la transformación empezando a brillar en la mirada de Kyo.
Pero era demasiado tarde. Kyo ya estaba cambiando; su forma humana se disolvía en un destello de pelaje gris plateado. Sin vacilar, salió disparada tras sus hermanos. Sus patas golpeaban la tierra en un ritmo frenético mientras desaparecían en la linde del bosque.
Frida los vio irse, simples destellos grises y rojizos entre los árboles milenarios. Suspiró por tercera vez esa mañana. El libro abandonado yacía en la hierba como un presagio.
—Solo espero —susurró Frida a los bosques silenciosos— que estés lista para lo que tu padre tiene que decirte esta noche.