—Jaque mate.
—¡Kanna! Pero ¿cómo…?
—¿Cómo es que gano siempre? —Kanna soltó una risita suave, disfrutando de su pequeña victoria mientras observaba el tablero con una mezcla de orgullo y diversión.
Kyo arrugó la nariz, luciendo como un cachorro a punto de hacer una rabieta. Se cruzó de brazos, hundiendo los hombros con una exageración que buscaba, claramente, que la consolaran.
—Quita esa cara, te pones muy fea cuando te enfadas —bromeó Kanna, lanzándole uno de los peones a Kyo de forma juguetona. El pequeño trozo de madera rebotó en su hombro antes de caer sobre el regazo de la Omega.
Cuando el día comenzaba a palidecer y los puestos del mercado cerraban sus lonas, Kyo solía dejarse caer por la plaza de la aldea. Era su momento de desconexión, un refugio antes de volver a la rigidez del castillo. En su camino, saludaba a casi todos los transeúntes; el suyo era uno de los clanes más pequeños de Tántadus, un lugar donde casi todos se conocían y donde, desde luego, la hija menor del líder Makhus nunca pasaba desapercibida. Siempre se entretenía más de la cuenta, deteniéndose a observar el puesto de flores o a charlar sobre el clima con algún vecino, hasta que finalmente llegaba a la panadería del pueblo. Allí vivía Kanna, la hija Alfa del panadero.
La historia de cómo Kyo y Kanna se conocieron era turbulenta; las lobas eran tan jóvenes que Kyo solo contaba con recuerdos borrosos de persecuciones, pataletas y rodillas raspadas. Sin embargo, desde el momento en que se conocieron, sus tardes se pertenecían mutuamente. Y al libro, por supuesto. Ese maldito libro de historia. Ahora yacía olvidado en algún rincón de la cocina de Kanna, cubierto por las sombras que empezaban a devorar la habitación.
Aún quedaba teóricamente una hora de estudio, pero allí estaba Kyo, absorta en el ajedrez; no era precisamente el pasatiempo favorito de la joven. Hace años, cuando eran cachorros, jugaban en el jardín y todo era puro frenesí y risas, un torbellino de energía desbordada. Pero Kanna había desarrollado recientemente un gusto por la estrategia. Quizás tener unos años más que Kyo la hacía más... ¿madura? Al menos, eso es lo que diría Frida con ese tono remilgado que ponía cuando creía llevar la razón, ajustándose el chal con pulcra severidad.
A pesar del aburrimiento que le provocaba el nuevo pasatiempo de la Alfa, Kyo pasaba horas de su preciada tarde mirando el tablero y perdiendo repetidamente. Lo hacía por una razón sencilla: hacía feliz a Kanna. Ver su rostro iluminarse con cada movimiento acertado valía todo el tedio del mundo. Pero lo que más amaba era la sonrisa pícara de Kanna que seguía al juego, esa chispa de triunfo que suavizaba sus facciones de guerrera en formación, especialmente cuando Kyo se comportaba como una niña consentida.
A Kyo le encantaba que la mimaran. Amaba los regaños suaves de Kanna, el calor de su mano acariciándole el rostro enojado para suavizar su expresión. El aroma tenue y cálido a cacao que desprendía la Alfa y que flotaba sobre la piel de Kyo la relajaba de una forma casi hipnótica. Era un olor dulce, reconfortante; una sensación de hogar, como volver a casa después de una carrera extenuante bajo la lluvia.
Kanna no retiró la mano de su mejilla; la dejó allí, permitiendo que el momento se alargara un segundo más.
Y eso no hizo más que provocar que las mejillas de Kyo comenzaran a arder, tiñéndose de un rojo intenso bajo el toque de la Alfa. Era un impulso nacido más del instinto que de la razón, una conexión que Kyo simplemente dejaba ser. Desde fuera, alguien podría haber pensado que era una escena patética para una loba de su edad, pero a ella no le importaba. No había nadie más en la pequeña cocina trasera de la panadería. Allí podían ser ellas mismas; sin la vigilancia de Frida, sin la mirada analítica de su madre o los juicios implacables de Malah. Esas tres mujeres, las más gruñoñas de todo Tántadus, estaban lejos durante esas últimas horas de la tarde.
El tiempo se escurrió rápido entre las paredes de la panadería; la tarde palideció y las sombras se estiraron por el suelo como dedos oscuros. La luz que entraba por la ventana frente a la mesa se volvió de un tono ámbar veteado de gris, anunciando el fin de la tregua.
—Pierdes porque no tienes paciencia, Kyo —susurró Kanna, comenzando a colocar de nuevo las piezas en sus casillas correspondientes—. Eres muy inteligente, de verdad. Solo necesitas detenerte, respirar y pensar un poco más... Oh.
Kyo notó el cambio al instante. El aroma a cacao de Kanna fue opacado bruscamente por un olor fuerte, punzante y cítrico. Era tan intenso que casi le daban ganas de arrugar la nariz para bloquear el picor. No necesitó girarse para saber quién había irrumpido en su santuario de pan y cacao.
—Mira quién ha llegado. Hola, Malah. —Los labios de Kanna se apretaron en una línea fina y sus dedos, antes seguros sobre las piezas de ajedrez, subieron nerviosamente para colocar unos mechones rubios tras su oreja.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Kyo, girándose con pesadez para enfrentar a su hermana.
Malah sostuvo la mirada de Kanna sin intención de apartarla. Era una mirada solemne e implacable, cargada de una advertencia silenciosa que solo los Alfas parecían entender entre ellos. El silencio se estiró hasta volverse un nudo incómodo en el estómago de Kyo. Su hermana a menudo rozaba lo sobreprotector, pero últimamente su vigilancia era asfixiante. En realidad, todos sus hermanos mantenían la guardia alta cuando ella estaba con cualquier Alfa que no compartiera su sangre. Kyo sabía que era distraída y un poco atolondrada, pero se sentía capaz de cuidarse sola.
—Malah, ¿vas a decirme por qué has venido hasta aquí o vas a seguir intentando ganar un concurso de miradas?
—Padre quiere hablar contigo —respondió Malah sin suavizar la voz ni apartar los ojos de Kanna—. Coge tu libro y vámonos. Ahora.
Kyo miró a Kanna, disculpándose en silencio por el abrupto final de la tarde. El calor que sentía hacía apenas unos minutos se había disipado por completo.