Canescens: Sombras de una Traición

Capítulo 4: El Fantasma de la Tundra

El silencio de la habitación alimentaba la ansiedad de Kyo, presionando contra su pecho como un martillo. Era un silencio denso, sofocante, enturbiado por las feromonas de los Alfas alterados. Miró a su padre, sentado en la silla de respaldo alto que había pertenecido a sus antepasados. La luz del fuego que bailaba en sus ojos no podía ocultar el agotamiento profundo grabado en cada línea de su rostro.

—¿Un favor? —susurró Kyo. Su voz sonaba pequeña, frágil. Era una figurita de cristal a punto de hacerse añicos contra el suelo de piedra del salón.

—El Tratado se está desmoronando, Kyo —comenzó Makhus. Ella no apartó la mirada, pero por el rabillo del ojo vio cómo las manos de su padre se apretaban contra los reposabrazos hasta hincarse los anillos de acero y rubí; sus nudillos volviéndose blancos por la presión ejercida.—. El Norte está inquieto. Shinda quiere terminar la tregua. Quieren expandirse. Quieren reclamar nuestras tierras, nuestros recursos, y convertir el Sur en su nuevo coto de caza.

Kyo sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Shinda; el líder del norte, un hombre cruel y despiadado. Solo de escuchar su nombre, Kyo sentía como si astillas de hielo perforaran su piel. Había crecido escuchando historias de terror; relatos de Alfas que gobernaban a través del miedo y veían a los Omegas como propiedad para ser intercambiada o rota. Recordó la macabra leyenda de los Omega que Shinda había dejado encadenados a la intemperie hasta que estuvieron al borde de la muerte, solo para poner a prueba la resistencia de su linaje.

Aquellas historias del "Viejo Mundo" que su padre se había esforzado tanto en enterrar cobraban vida otra vez, y aquel hombre era el protagonista de todas ellas.

—Los hemos mantenido a raya durante cincuenta años —continuó su padre, con una voz que ganaba un matiz áspero—. Pero mi fuerza se desvanece. La manada lo nota. Y nuestros propios rebeldes, los que odian la igualdad que hemos construido, están susurrando en la oscuridad. Esperan una señal de debilidad para unirse al Norte y derribar todo lo que amamos.

Sena se puso en pie. Sus movimientos eran elegantes pero rígidos, como una marioneta con los hilos demasiado tensos. Caminó hacia Kyo; su aroma a margaritas se volvió más intenso, intentando enmascarar en vano el olor al miedo.

—Hay una forma de detenerlo, Kyo —añadió Sena—. Una forma de asegurar que el Norte se quede tras la frontera sin que se derrame ni una sola gota de sangre.

La mente de Kyo trabajaba a toda velocidad. No pudo evitar volver a pensar en Basmu. Recordó sus ojos oscuros y su obsesión con las "viejas costumbres" donde los Alfas tomaban lo que querían. ¿Era esto a lo que se refería su padre? ¿Se le pedía ser una moneda de cambio o… un sacrificio? Miró a Frida, que permanecía en las sombras con el rostro convertido en una máscara de dolor. Recordó el libro pesado que llevaba todo el día cargando a cuestas. La historia ya no estaba en el papel; estaba ocurriendo en la habitación.

—¿Qué clase de favor, padre?

Makhus respiró hondo. El sonido de los troncos crepitando en la chimenea parecía más fuerte ahora, como un presagio; como el crujir de huesos secos. Se inclinó hacia delante, opacando el aroma de su esposa.

—Una alianza —dijo. La palabra quedó suspendida en el aire como una sentencia pesada—. Los líderes del Norte han aceptado un pacto. Una unión de sangre entre nuestras familias. Es lo único que saciará su hambre de poder y evitará que nuestra gente sea masacrada.

—Quieres decir... un matrimonio —el corazón de Kyo saltó un latido y comenzó a tamborilear contra sus costillas como un pájaro enjaulado.

—No cualquier matrimonio —interrumpió Malah desde la esquina, con la voz afilada como una daga—. No quieren a un pariente lejano ni a un primo. Quieren la sangre del Líder. Quieren el corazón del Sur. Te quieren a ti, Kyo.

La habitación pareció inclinarse. Kyo se apartó del alcance de su padre con la respiración entrecortada. La imagen de la mano con aroma a cacao de Kanna cruzó su mente, el calor de la panadería, la alegría sencilla de una partida de ajedrez... Todo parecía a miles de kilómetros ahora. Se sentía cayendo al vacío, precipitándose por un agujero negro sin fin.

—¿Quieres que vaya allí? —preguntó Kyo, con la voz rota por la incredulidad—. ¿Al Norte? ¿A vivir entre los monstruos de las historias? ¿Quieres enviarme a esa oscuridad?

—No serías una prisionera, mi dulce Kyo —intentó consolarla Sena con voz quebrada—. Serías una Reina. Serías quien les recordara que somos personas, no herramientas. Serías el escudo para todos nosotros. Para tus hermanos, para tus amigos... por la paz por la que tu padre sangró.

Sonaba mejor de lo que realmente era. Iba a ser una moneda de cambio, un macabro trueque. Un premio de consolación.

—¡Tengo dieciocho años! —gritó Kyo, con las lágrimas finalmente escociendo en sus ojos—. ¡Ni siquiera he terminado ese estúpido libro! ¡No sé nada de política ni de tratados! Solo quiero... solo quiero ser libre. Ser yo.

Makhus se levantó. Su altura dominaba la estancia y su presencia Alfa llenaba el espacio. Pero no parecía un tirano; parecía un hombre cargando el peso de mil vidas sobre sus hombros, y ese peso lo estaba aplastando.

—La libertad tiene un precio, Kyo. He pasado mi vida pagándolo con cicatrices y noches de insomnio. Ahora, el Norte ha fijado un precio nuevo. —Hizo una pausa; su mirada se suavizó con un dolor que hizo que la rabia de Kyo flaqueara—. No te lo ordeno como tu Líder. Te lo pido como tu padre. Si dices que no... lucharemos. Nos prepararemos para una guerra. Pero no puedo garantizarte que ganaremos. No sé si podré mantener a salvo a la manada. Muchos morirán.

Kyo se quedó helada. Vio la aldea en llamas, la panadería convertida en escombros; la vida que amaba reemplazada por el olor a humo y hierro. Miró al suelo, a los intrincados dibujos de la alfombra sobre la que había jugado miles de veces de niña junto a sus hermanos.



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En el texto hay: omegaverse, enemiestolovers, slowburn

Editado: 25.05.2026

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