Canescens: Sombras de una Traición

Capítulo 5: El Sacrificio

El estruendo de los gritos rebotaba contra las paredes de piedra del Gran Salón, rompiendo la paz del castillo como si fuera pergamino viejo. No era una discusión; era una guerra de voluntades. Las voces de Rakla y su padre se entrelazaban en un duelo de rugidos que hacía que el aire vibrara, cargado con la estática del poder Alfa en conflicto. Kyo, hundida en el sofá de cuero, sentía que cada palabra gritada era como una losa de granito que la lapidaba.

—¡Es una traición a todo lo que representamos! —rugió Rakla, golpeando la pesada mesa de roble con un puño que hizo saltar las copas y platos de metal—. ¡Has pasado décadas predicando la libertad y ahora vas a entregar a tu propia sangre a los carniceros de la Tundra!

—¡Baja la voz, Rakla! —la réplica de Makhus no fue menos potente, aunque su tono escondía un deje de dolor—. ¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no me arranca el alma cada segundo que paso pensando en este pacto?

Kyo cerró los ojos y se concentró en el tamborileo nervioso de los dedos de Daro sobre la mesa de roble; un ritmo errático que delataba su ansiedad. Luego, buscó el tic-tac monótono del antiguo reloj de pared que coronaba la chimena, cuyas manecillas parecían avanzar hacia un patíbulo invisible. Incluso inhaló profundamente, llenando sus pulmones del rastro de tierra mojada que se filtraba por las ventanas entreabiertas, anunciando una lluvia inminente. Aquel olor solía calmar su ansiedad.

Pero esta vez nada funcionó. El caos era absoluto.

—¡Estás loco! ¡Has perdido el juicio, padre! —rugió Rakla. Su voz no era solo un grito; era un trueno que sacudía la estancia.

—Hablamos de esto, Rakla... hubo mayoría en la última asamblea de Mando. Comportarte así ahora solo lo hace más difícil para ella —intentó calmarlo Makhus. Su voz era un hilo de autoridad desgastada.

—Miradla —Rakla señaló a Kyo con un gesto brusco. Ella estaba acurrucada junto a su madre, con la cabeza gacha, intentando desvincularse de la realidad como si pudiera volverse invisible—. Es nuestra hermana pequeña. No somos monstruos. ¡No vamos a hacer esto! —declaró el primogénito, golpeando de nuevo la mesa.

—No tenemos otra opción, hijo mío —susurró Makhus, hundido en su silla de cedro tallada.

—¡Lo que no tienes es voluntad! —continuó Rakla, dando un paso agresivo hacia el frente—. Estas decisiones deberían recaer sobre mí. Eres demasiado viejo para ver que nos están manipulando, estás demasiado cansado para...

—¡Rakla! —Sena intervino, hablando con voz firme mientras acariciaba las mejillas de Kyo; como si por instinto quisiera tapar los oídos de su hija y aislarla de todo el caos—. No te atrevas a llamar viejo a tu padre. No en este tono. No en esta casa.

Sena conocía el infierno que ardía tras los ojos de Makhus. Sabía que él odiaba esta decisión con cada fibra de su ser; que se despreciaba a sí mismo por haber llegado a este extremo. Pero también sabía que la desesperación era una habitación sin ventanas. El Clan del Sur se estaba marchitando. Cada ataque fronterizo, cada escaramuza con los rebeldes que añoraban el salvajismo del "Viejo Mundo", era un pétalo menos en la vida de su gente. Makhus había sobrevivido a la tiranía de su propio padre para construir un oasis de igualdad, y ahora veía cómo el desierto de piedra que era la cruel Tántadus amenazaba con devorarlo todo.

Un buen líder es aquel que sacrifica incluso su propia alma para salvar la de su pueblo. Y Makhus estaba entregando la suya al entregar a Kyo.

—Rakla tiene razón en algo —suspiró Malah desde las sombras, cruzada de brazos—. No sé en qué momento esto llegó a parecer una opción real. Estamos entregando el corazón del clan a una fosa de lobos.

—Ya no es una opción —sentenció Makhus con un pesar que heló la sangre de los presentes—. Es una realidad. El líder del Clan del Norte y su heredero llegarán antes de que termine la semana.

—¿Qué? —el ladrido de Rakla fue ensordecedor—. ¿Ya los has convocado? ¿Sin una última palabra?

—Solo os pido que mantengáis la compostura...

—¿¡Vas a vender a tu hija!? —Rakla se abalanzó hacia el trono de su padre, quedando a escasos centímetros de su rostro—. ¡Nuestra hermana! ¡Nuestra pequeña Omega! Es carne de cañón, padre. ¡Mercancía!

—Rakla, por favor... —Sena se levantó de un salto, como accionada por un resorte, e intentó interponerse; pero Frida la detuvo sujetándola del hombro. Con un gesto sutil, señaló hacia Kyo. La joven temblaba violentamente ahora sola en el sofá de cuero.

—Sena... si interfieres ahora, solo alimentarás su rabia —susurró Frida al oído de la madre—. No creo que Kyo pueda soportar un solo estallido más. Mira sus ojos... su loba se está yendo.

—¿¡Vas a usarla como moneda de cambio!? —la voz de Rakla goteaba puro veneno—. La vas a entregar en bandeja de plata a esos salvajes... Sabes lo que le harán. Sabes cómo tratan a los Omegas en la Tundra. Allí no podrá correr por los prados, no podrá esconderse en ningún rincón de Tántadus. Será su juguete, su trofeo de guerra.

—Rakla... basta... te lo ruego... —gimió Makhus.

Fue un sonido roto. Nunca, ni una sola vez en sus vidas, sus hijos o su esposa habían visto al Gran Líder tan aterrado. Tan fragmentado. El cedro de su aroma, antes imponente y seguro, ahora olía a madera chamuscada.

—¿Y para qué, padre? —continuó Rakla, bajando el tono a un susurro sibilino que dolía más que el grito—. ¿De verdad crees que ese clan nos ayudará? ¿Crees que unirse a Shinda nos traerá paz?

Makhus cerró los ojos y rezó en silencio. El Clan del Norte era la única potencia en Tántadus que no había mostrado un rechazo frontal al Tratado, aunque solo fuera por interés estratégico. Sí, seguían siendo bárbaros; sí, humillaban a los Omegas... pero si Rakla hubiera visto las masacres en los clanes del Este, entendería que el Norte era su única salida. Era elegir entre una jaula de oro frío o la extinción absoluta.



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En el texto hay: omegaverse, enemiestolovers, slowburn

Editado: 25.05.2026

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