Uri se lanzó una y otra vez contra su oponente. Estaba agotado, empapado en sudor y con los brazos al borde del entumecimiento. Pero su padre estaba observando desde el otro extremo de la sala, escudriñando cada uno de sus movimientos. Y Uri nunca se permitía mostrar debilidad frente a él.
Con una última patada baja desestabilizó al Alfa al que se enfrentaba, y hundiendo un codo en su pecho lo inmovilizó al instante.
—Buen combate —gruñó el chico debajo de él. Era grande y robusto, pero Uri era más rápido. Luchaba con una ligereza que lo hacía parecer fácil, y esa velocidad era su mayor ventaja contra cualquier enemigo. Por ello, se enorgullecía de ser el mejor guerrero del Clan del Norte; después de su padre, por supuesto.
Uri se levantó y ofreció una mano al Alfa que acababa de derribar.
—Descansa. Repetimos mañana —añadió Uri, antes de que su contrincante saliera de la sala de entrenamiento.
Limpiándose el sudor de la frente, Uri se ajustó los guantes e instintivamente miró a su padre. No estaba seguro de por qué; no era como si esperara algún tipo de reconocimiento. Nasdhir, el Jefe de los guerreros del Norte, era un hombre frío y severo. Aunque Uri era su único hijo —y un Alfa, algo de lo que enorgullecerse tremendamente en esas tierras—, Nasdhir nunca tenía una palabra amable para él.
—Ashu —Nasdhir llamó a su Omega, que estaba detrás de él, quieto y dócil, esperando para atender cada una de sus necesidades—. Sé un buen Omega y limpia a tu hijo —ordenó sin siquiera mirarlo, para después dirigirse a Uri—: Voy a casa del Líder Shinda. Hoy hay un consejo para cerrar algunos asuntos. Ve hacia allí en cuanto estés listo.
Sin una palabra más, desapareció. Una vez que se hubo ido, Ashu se apresuró a curar a Uri, llevando una camisa limpia y un cuenco de agua tibia para aliviar sus magulladuras.
—Está bien, papá. Puedo hacerlo yo mismo —dijo Uri con una sonrisa suave, quitándose la camisa sucia y alcanzando el paño.
Ashu se lo arrebató de las manos con un movimiento ágil.
—Sabes cuánto me gusta hacer esto por ti. —Con ternura, comenzó a pasar el paño por el pecho de Uri. El Alfa cerró los ojos, aliviado por el calor—. Además... ni siquiera quiero imaginar qué pasaría si tu padre regresara y me viera parado mientras tú haces todo el trabajo...
—No volverá. —Uri abrió los ojos, clavando su mirada en los ojos grises de su padre (los que él mismo reflejaba)—. Nunca nos mira dos veces.
Ashu no lo rebatió, ni siquiera amagó con hacerlo. Nunca en sus cuarenta años de vida había contradicho a ningún Alfa; y mucho menos en los últimos veinte años en los cuales había sido el Omega sumiso de Nasdhir. Obedecía sin rechistar, esforzándose por no enfurecerlo nunca. Ni siquiera defendía a Uri, nunca daba la cara por él. Pero al menos nunca le daba la razón a Nasdhir frente a él. Cuando estaba a solas con su hijo era el único momento en que reconocía la crueldad de su marido. Ese era el único lujo que se permitía... una forma triste de mantener intacto el poco orgullo que le quedaba.
—Toma —dijo, entregándole a Uri la camisa limpia y comenzando a abotonarla una vez puesta. Cuando terminó, Ashu admiró a su hijo—: Te has convertido en un joven muy apuesto. —Acarició la mejilla de Uri antes de besarla.
Cosa que no alegraba mucho a Uri, pues físicamente era muy parecido a su padre. Más de lo que a él mismo le gustaría. Con su pelo azabache y su espalda ancha; los lunares de su rostro casi gemelos a los de él. Lo único que tenía de Ashu eran sus ojos grises.
En la casa del Líder Shinda, el aire se condensaba entre el vino y las conspiraciones que revoloteaban entre los Alfas reunidos.
—Llegaremos antes del amanecer después de varios días de viaje y montaremos el campamento. El Clan del Sur está rodeado de bosques, pero la aldea de Makhus se asienta sobre una colina que podemos usar a nuestro favor.
Zabu repasaba cada parte del plan con cautela. El hijo del Líder del Norte nunca dejaba nada al azar.
—Ellos esperan una visita pequeña —continuó—. Mi padre, yo mismo y algunos otros Alfas asentados en un pequeño campamento en la linde del bosque. Pero usaremos la espesura del bosque a nuestro favor para esconder al resto. Una vez salgamos con todo no tendrán tiempo ni a reaccionar —Zabu agitó su copa de vino frente a los presentes, anticipando la victoria—. Partimos mañana al amanecer. ¿Estás de acuerdo, padre?
Shinda estaba ocupado exigiendo más vino a uno de los Omegas situados en las esquinas de la estancia.
—¡Sí... sí! Lo que diga mi hijo es correcto... —balbuceó. Estaba borracho otra vez.
Los otros Alfas miraron a Shinda con desaprobación. Zabu apretó los dientes, avergonzado ante la actitud de su padre. Estaban rodeados por los Alfas más influyentes del clan, y su padre ni siquiera se molestaba en comportarse. Intentó desviar la atención:
—Bueno, en cuanto a...
—Si me permiten interrumpir, tengo una sugerencia —habló Nasdhir desde una silla central—. Si partimos esta noche y la mitad de nuestros hombres se mueven en forma de lobo, conseguiremos pasar inadvertidos por las tierras del Este. No podemos arriesgarnos a una incursión de su parte. Debemos reservar nuestras fuerzas.
Zabu no dudó, aceptó su sugerencia sin más demora; Nasdhir se había ganado su confianza. El Jefe de Guerreros llevaba a sus espaldas más de una decena de victorias.
—Bien —aceptó—. Ten a tus hombres listos para la medianoche.
Uri escuchaba a los Alfas mientras trazaba los reposabrazos tallados de su silla. No participaba. Cada vez que los grandes Alfas se reunían, él se sentaba en las filas traseras solo para hacer acto de presencia. Como hijo de la mano derecha del Líder, no tenía otra opción. Este silencio distante no pasó desapercibido para su padre, quien desde su posición central le lanzó una mirada gélida, cargada de una desaprobación silenciosa que Uri fingió no sentir.
La reunión se prolongó durante toda la tarde. Cuando finalmente terminó, Uri se dirigió a casa para cumplir su promesa de cenar con Ashu. Pero en cuanto cruzó la puerta de su hogar, Tara se le acercó.