El viaje hacia el Sur no era una marcha de paz; era una infiltración silenciosa, una maniobra de asfixia calculada. Mientras el batallón del Norte avanzaba, las montañas escarpadas y gélidas de su hogar, aquellas que arañaban el cielo con dedos de piedra y hielo, comenzaban a quedar atrás. En su lugar, el paisaje se transformaba en un verdor exuberante y húmedo que resultaba casi insultante para los sentidos de los guerreros norteños. Su hogar era frío, pero el lugar a donde se dirigían era tan cálido que, para unos lobos acostumbrados a las heladas, el aire denso del sur resultaba casi asfixiante.
Para cualquier transeúnte curioso que se cruzara en su camino, la escena era impecable: una comitiva diplomática de alto rango avanzando por el camino real. Portaban estandartes de seda carmesí y gris ceniza que ondeaban con elegancia; los carros estaban cargados con cofres de maderas exóticas y pieles preciosas. Traían regalos, traían vino y, sobre todo, traían la promesa de una unión que pondría fin a décadas de escaramuzas fronterizas.
Pero bajo la seda... solo había acero sediento.
Dentro de las cajas de vino de roble del Norte, ocultas bajo ingeniosos fondos falsos, descansaban hachas de guerra de doble filo, dagas ennegrecidas con hollín para evitar cualquier reflejo traicionero y espadas cortas diseñadas para el combate en pasillos estrechos. Uri se ajustó la pesada capa de piel de lobo, que comenzaba a estorbarle por el calor creciente conforme más se acercaban al sur. Sentía el roce constante de las dagas ocultas tras esta, sujetas a sus muslos. Él era la pieza central de este teatro de sombras. Como hijo de la mano derecha del Líder, su presencia vendía la mentira de que el Norte enviaba a lo mejor de su linaje para honrar el compromiso.
—Mira esa hierba —comentó Zabu, espoleando a su caballo para ponerse a la par de Uri. El hijo del Líder lucía una sonrisa depredadora. La crueldad de la masacre inminente parecía actuar como un brebaje que acentuaba sus sentidos; le excitaba como la mejor droga—. Tan suave, tan verde. Será un placer verla manchada de sangre y vísceras.
—Mantén la lengua dentro de la boca, Zabu —siseó Uri, sin siquiera mirarlo. Sus ojos grises escaneaban constantemente la espesura del bosque que flanqueaba el camino—. Si los guardias del Sur detectan un solo rastro de esa sed de sangre antes de que nos sentemos a la mesa, todo esto habrá sido en vano. Necesitamos que la cena sea perfecta. El teatro mejor representado jamás visto.
Zabu soltó una carcajada seca, un sonido que recordaba al crujir de huesos viejos.
—Una última cena para el Gran Líder Makhus —prosiguió con ese tono de ensoñación casi morbosa—. Es poético, ¿no crees? Y la pequeña Omega... Kyo. He oído que es una belleza delicada. Se sentirá tan aliviada al pensar que su sacrificio salvará a su pueblo que solo querrá complacerme en todo nuestro camino de vuelta al Norte. Casi me da lástima. Casi.
Uri apretó las riendas con tal fuerza que el cuero crujió. No respondió, pues su atención estaba fija en un detalle que Zabu, en su arrogancia, ignoraba. A la derecha de la formación principal, donde el bosque se volvía más denso y oscuro, Uri pudo distinguir por un breve instante un destello de pelaje gris entre los helechos. Luego, un sutil movimiento en la maleza a la izquierda.
No eran solo los cincuenta hombres que formaban la escolta visible. Nasdhir no era un hombre que dejara el destino al azar. Ocultos en el corazón del bosque, moviéndose con la disciplina de una manada de espectros, avanzaba el verdadero grueso del ejército. Cientos de lobos, casi un millar de guerreros, flanqueaban la comitiva a una distancia prudencial. Algunos se movían en su forma humana, saltando entre las sombras de los árboles con la agilidad de los gatos monteses; otros corrían en su forma de lobo, con el vientre pegado al suelo y las patas amortiguadas por el musgo milenario del Sur.
Eran una marea de colmillos invisible que rodeaba el valle, posicionándose como una soga alrededor del cuello del Clan del Sur. Mientras Shinda, Zabu, Nasdhir, Uri y un puñado de Alfas norteños más entrarían por la puerta principal como invitados de honor para el banquete, esa fuerza masiva se infiltraría en los bosques circundantes, rodeando la aldea y el castillo de Makhus. No era una batalla; era un asedio silencioso que esperaba el estallido de un solo cuerno para cerrar la trampa.
Uri miró por encima de su hombro, echando un vistazo rápido a su padre, que cabalgaba tan solo unos metros por detrás, impasible. Su armadura de cuero tachonado no emitía ni un solo ruido. Él era el arquitecto de esta devastación. Había seleccionado a cada guerrero de la comitiva por su frialdad y su capacidad para degollar a un hombre sin que este tuviera tiempo de soltar un gemido.
El papel de Uri esa noche sería el de la distracción perfecta. Al ser el hijo de Nasdhir, su lugar estaba en la mesa principal, fingiendo cortesía y observando cada debilidad de los hijos de Makhus. Sin embargo, el plan maestro era sencillo: tras la cena, para no despertar sospechas, se retirarían al campamento "diplomático" asentado en la linde del bosque para pasar la noche. Todos menos Nasdhir, quien se fundiría con las sombras del castillo para permanecer dentro de los muros y, llegado el momento, abrir la puerta desde dentro. Una pequeña grieta por la que entrar.
Uri sabía que, una vez terminada la cena, tendría que adentrarse en la oscuridad del bosque para reunirse con los mil guerreros que aguardaban su señal.
—Informe de posición —la voz de Nasdhir, fría como el viento del norte, rompió su monólogo interno. Su padre se puso a su altura, irradiando esa autoridad opresiva que siempre hacía que Uri se pusiera rígido.
—Estamos a menos de tres horas de las puertas principales, Padre —respondió Uri con voz monótona—. El bosque está cubierto. Mis hombres están en posición. El Sur no sospecha nada; sus vigías nos dan indicaciones desde las torres de vigilancia.