—¡Kyo! ¡Ven! Quiero enseñarte algo.
Basmu adquirió su forma de lobo y desapareció entre los árboles, esperando que Kyo lo siguiera sin rechistar. Y así lo hizo... la loba gris rastreó al joven Alfa, guiada por su aroma a eucalipto que destacaba nítidamente contra los pinos del bosque.
Kyo llevaba casi un mes escabulléndose para poder encontrarse con Basmu en el bosque. A pesar de tener solo dieciséis años, su Omega interior aullaba por ese chico, saltando de alegría cada vez que aparecía. Anhelaba que él fuera su Alfa. Por mucho que intentara refrenar sus instintos, cuando corría al lado de Basmu, solo podía dejar que ellos tomaran el control. ¡Y qué sensación era aquella!
Ese muchacho moreno y risueño la volvía loca.
Llegaron al lago, cuya orilla estaba repleta de juncos. Basmu se camufló entre ellos, desapareciendo del campo visual de la loba. La vegetación era tan densa que la luz apenas se filtraba, y el crepúsculo empezaba a caer. Kyo tuvo que agudizar su vista lobuna para captar el movimiento de los juncos unos metros más adelante.
Allí estaba.
Se acercó sigilosa y se lanzó hacia el lugar, pero terminó dándose de bruces contra el suelo, aplastando los juncos bajo ella. Basmu aprovechó el momento y saltó sobre ella por detrás. Rodaron juntos en un juego de mordiscos en las orejas y dentelladas juguetonas. Agotados, finalmente regresaron a su forma humana, y Basmu la inmovilizó bajo él.
Estaban cerca y desnudos.
Sin embargo, sus lados animales seguían tan presentes que no les importaba. Eran como dos lobos, centrados solo en los ojos del otro, embriagados por sus aromas. El calor irradiaba entre ellos. Puro y salvaje.
Los ojos de Basmu brillaron con fiereza mientras bajaban hacia el cuello de Kyo, expuesto ante él como un manjar irresistible. Se inclinó, desesperado, presionando su nariz contra el lugar donde el aroma a magnolia de ella era más fuerte. Lamio la suave curva de su hombro.
—Basmu... —murmuró Kyo. Su Omega estaba tan cerca de la superficie, tomando posesión de su consciencia, que no podía pensar con claridad.
Él la miró: sus rizos cobrizos esparcidos entre los juncos aplastados, su respiración agitada, sus ojos apretados. Sabía que no podía contenerse. ¿Por qué debería hacerlo? La esencia de ella tiraba de él más allá de cualquier autocontrol.
—Sé mía. Deja que te haga mía.
Su Omega interior gritó que sí, suplicando ser satisfecha. Pero cuando Kyo abrió los ojos y se encontró con los del Alfa, el aire se detuvo en su pecho. La mirada de él rebosaba un deseo tan intenso que apenas pudo sostenersela. Era demasiado para su tierno corazón.
—Tienes que hablar con mis padres... —logró decir, luchando contra sus propios instintos mientras la boca posesiva de Basmu regresaba a ese punto sensible—. No podemos a menos que...
Él comenzó a succionar, y Kyo jadeó, aferrándose a los juncos bajo ella.
—Lo haré después. —respondió Basmu con la respiración entrecortada—. Pero ahora no puedo aguantar más
Continuó con una urgencia cada vez mayor. Cuando finalmente se apartó, sus ojos eran de un rojo penetrante. Su Alfa había tomado el control casi por completo. Dejó ver sus colmillos, raspándolos contra el cuello de ella, mientras sus manos vagaban por sus muslos expuestos. Kyo se removió, repentinamente nerviosa. No quería seguir.
—Basmu... —susurró.
Pero escuchar su nombre solo alimentó el deseo de él. Le sujetó las muñecas por encima de la cabeza y empezó a morderle la clavícula. Estaba más allá de la razón, listo para marcarla. Un temblor recorrió el cuerpo de Kyo. No estaba lista.
—Basmu, para —insistió. Pero él estaba cegado, sus manos llegando más lejos.
—¡Basmu! ¡BASMU! —gritó finalmente cuando él alcanzó el final de sus muslos, con la intención de ir mucho más allá.
Con un empujón repentino, pillándolo desprevenido, ella se liberó. Se deslizó y retrocedió gateando. Basmu la observó, sofocado y desnudo, dándose cuenta de que la había asustado. Pero lo que Kyo vio en su rostro fue pura confusión. Basmu no entendía por qué ella no se limitaba a someterse. Llevaban un mes escapándose, besándose en cada rincón del bosque... seguramente ella deseaba la marca tanto como él.
—Me has provocado, Kyo —dijo él. Su pecho subía y bajaba con fuerza, sus ojos aún teñidos de rojo.
—¿Qué? Yo... yo no... —tartamudeó ella—. Basmu...
Hizo amago de acercarse a él, pero él no la dejó. Apartó su mano de un golpe, se transformó de nuevo en lobo y desapareció entre los pinos.
Kyo llevaba horas perdida en sus pensamientos, anclada a la ventana de su dormitorio. Sus ojos escaneaban el campamento del Clan del Norte. Era extenso, demasiado para su gusto.
Numerosos Alfas norteños habían irrumpido por las puertas de la aldea al amanecer. Ahora estaban apostados en la linde del bosque, como perros de caza esperando a su presa. Somnolientos y agitados, Makhus y Rakla habían bajado a recibirlos, advirtiendo que el pacto no incluía a tantos Alfas dentro de la aldea. Les habían permitido acampar cerca del bosque en su lugar.
Kyo no había pegado ojo desde entonces. Aunque ya pasaba del mediodía, no podía dejar de mirarlos desde lejos, sumergida en recuerdos que afloraban sin orden. Sabía perfectamente porqué su mente estaba estancada en aquel momento con Basmu. Estaba a punto de ser emparejada con un Alfa y aquel recuerdo era la prueba viviente de que su Omega interior lo había suplicado una vez. Lo había deseado con toda su alma, aunque no hubiera estado preparada.
Fue su primer amor... y no había terminado bien. Recordaba como ese día corrió a casa con el corazón roto, pero con la firme decisión de arreglar las cosas con Basmu. A pedirle perdón; a mantenerlo a su lado. Su corazón inexperto lo amaba de verdad.
Pero entonces ocurrió: días después, Basmu se unió a los rebeldes. Se sublevó junto a ellos en un intento frustrado de desestabilizar la paz del Caln sureño... y fueron desterrados por el Líder Makhus. Nunca volvió a verlo.