Al caer la tarde, Kyo comprendió que permanecer pegada al cristal de su ventana, observando cómo las sombras de los pinos se alargaban como dedos negros sobre el campamento enemigo, no iba a hacer que el tiempo avanzara más despacio. Se obligó a bajar las escaleras y deambuló por el salón, la cocina y el comedor con el paso errante de un fantasma. Sus dedos rozaron el borde de la mesa de roble y el lino de las cortinas, tratando de absorber la textura de su hogar por última vez.
El servicio y los centinelas se movían con una urgencia febril; el sonido de las bandejas de plata chocando y el roce apresurado de las botas contra el suelo creaban una sinfonía disonante. Era una energía frenética que gritaba una sola verdad: los visitantes eran poderosos, el compromiso era ineludible y su partida, ahora sí, era una realidad física.
Trató de aferrarse al único pensamiento positivo que se le podía ocurrir: hoy, su madre no la obligaría a abrir aquel pesado tomo de leyes y protocolos. Sin embargo, el alivio fue amargo. Sabía que nadie volvería a preocuparse por su educación académica. En el Norte, sus libros serían sustituidos por funciones que no requerían intelecto, sino sumisión. Intuyó con una claridad aterradora cuáles serían sus deberes en aquel clan de hielo... y el precio que pagaría su pueblo si su cuerpo fallaba en cumplirlos.
—Kyo, ven aquí un momento.
La voz de su padre, ronca y fatigada, la detuvo cuando pasaba frente al despacho. La puerta estaba entreabierta, dejando escapar una luz amarillenta junto con el aroma a cera y libros viejos. Malah y Rakla flanqueaban a Makhus, formando una muralla de rostros tensos.
—¿Qué pasa, papá? —preguntó ella, entrando con cautela.
—Tus hermanos y yo vamos a acompañarte al territorio del Norte —anunció Makhus, apretando los puños sobre el escritorio—. No queremos que... bueno, después de ver este despliegue... tantos Alfas norteños...
—Básicamente —intervino Malah, cruzándose de brazos y dejando escapar un suspiro—, vimos el campamento desde las murallas y nos cagamos de miedo. No hay forma de que permitamos que viajes sola rodeada de esos salvajes. Iré yo, irá Rakla y, si hace falta, medio batallón de escolta.
Por primera vez el nudo que atenazaba el estómago de Kyo se aflojó un poco. Una calidez genuina le recorrió el alma.
—¡Gracias! —exclamó, con la voz quebrada por la emoción, mientras se lanzaba a los brazos de su hermana.
—Escúchame bien —susurró Malah contra su oído, ignorando la presencia de su padre—. Puede que él te haya vendido, pero nosotros no vamos a soltarte tan fácilmente.
Malah clavó una mirada de puro reproche en Makhus. La hostilidad de los hermanos hacia el Líder era casi palpable, una vibración de rechazo que teñía el aire de amargura. Pero Kyo, al mirar a su padre, no encontró a un estratega frío, sino a un hombre desmoronándose. No podía odiarlo. Sentía su dolor como si fuera propio; emanaba de su esencia en oleadas pesadas. Su aroma a cedro, habitualmente reconfortante, se había vuelto punzante y agrio por el estrés.
Se apartó de Malah y, sin decir palabra, se hundió en el pecho de su padre, envolviéndose en ese aroma a madera y tierra que tanto conocía.
—Gracias, papá —murmuró contra su túnica.
—No me las des... por favor, no lo hagas —susurró él, hundiendo el rostro en el cabello cobrizo de su hija—. No merezco tu gratitud. He fallado como líder y como padre.
—Deja de torturarte. —Kyo se separó lo justo para besar su mejilla surcada por las arrugas prematuras—. Además... aún no sabemos qué tan malo será. Quizás haya algo de honor en ellos.
Makhus no respondió. Él sí lo sabía. Había visto la mirada gélida de Nasdhir y la sonrisa de Zabu; sabía que el honor no circulaba por las venas de los guerreros del Norte
—¿Y qué hay de mí? ¿Me quedo sin beso? —intervino Rakla, rompiendo la atmósfera pesada con una sonrisa forzada que no llegaba a sus ojos—. Yo también voy al "país del hielo", ¿lo recuerdas? Alguien tendrá que espantar a esos lobos si se acercan demasiado.
—¡No seas tonto! —rió Kyo, aunque sus ojos estaban húmedos. Le golpeó el hombro con cariño antes de que Rakla la atrapara en un abrazo de oso, uno de esos que casi le hacían crujir las costillas y que siempre la habían hecho sentir segura.
—Por cierto —le dijo él, bajando el tono mientras aún la sujetaba—. Mamá te ha estado buscando como loca por toda la planta alta. Si fuera tú, no la haría esperar; tiene esa mirada de "voy a organizar este banquete aunque me cueste la vida".
Kyo abrió mucho los ojos, recordando la intensidad de Sena cuando se trataba de protocolos y hospitalidad. Sin perder un segundo, se zafó del abrazo y desapareció por la puerta, sus pasos perdiéndose en el pasillo.
—La voy a echar tanto de menos —suspiró Malah, dejando caer los hombros mientras observaba el espacio vacío que Kyo había dejado—. Este castillo se va a volver muy silencioso cuando ella no esté.
—Primero, tenemos que parar en la floristería. Necesitamos magnolias para el centro de mesa. ¿Está bien? ¿Es demasiado obvio? Después de todo, es tu aroma... ¿Parecerá que estoy... vendiéndote?
Sena caminaba por el mercado con pasos erráticos, revisando su lista de pergamino una y otra vez. Su voz sonaba aguda, al borde del colapso nervioso, mientras olvidaba cosas y volvía sobre sus pasos, tropezando con los adoquines.
—Mamá, le estás dando demasiadas vueltas —murmuró Daro, oculto tras una montaña de bolsas y suministros, haciendo equilibrios para ver por dónde pisaba—. Y sí... sinceramente, parece que la estás ofreciendo en bandeja de plata.
—¡Tienes razón! —exclamó Sena, deteniéndose en seco—. ¡Nada de flores! ¡Es un insulto!
—Está bien, mamá. Respira —añadió Daro con cansancio—. Solo no elijas magnolias. Escoge cualquier otra cosa que no huela a Kyo.
Kyo caminaba unos pasos por detrás, sumida en un silencio contemplativo. Observaba cada puesto de fruta, el brillo de las telas al sol y cada rincón del mercado con una intensidad desesperada; quería grabar cada color y cada rostro en las paredes de su memoria antes de que el frío del Norte lo borrara todo.