Canescens: Sombras de una Traición

Capítulo 10: Entre el buitre y la tormenta

Kyo recordó el primer levantamiento que había sufrido su clan.

No era exactamente el primero; el Tratado tenía medio siglo de antigüedad y los primeros años habían sido una carnicería constante de rebeliones. Tampoco lo recordaba a la perfección; su madre se había encargado de rellenar los huecos de su memoria años más tarde. Sena quería que su hija estuviera preparada; quería que conociera el rostro de la crueldad.

Kyo solo tenía seis años en ese entonces. Y durante los seis primeros años de su joven vida, el Clan del Sur había vivido en una burbuja de paz aparente. Había habido ataques esporádicos en el bosque, pero siempre lejos de los tiernos oídos de Kyo.

Sin embargo, cuando algo destinado a explotar permanece en un estado de falsa calma durante demasiado tiempo, al explotar, arrasa con todo a su paso.

Aquel levantamiento que Kyo a penas recordaba había sido casi tan violento como los primeros del inicio del Tratado. En esos inicios un joven Makhus, de tan solo dieciocho años, había mantenido al clan unido. Pero con los años, los Alfas que se oponían al Tratado no dejaban de aumentar. Makhus no entendía por qué aquellos rebeldes querían maltratar a los Omegas como hacían los otros clanes. Eran sus familiares, hermanos, amigos y amantes. Makhus nunca pudo entender la raíz de tanta malicia. Quizás era una podredumbre que se alimentaba del alma misma.

Y aquello escapaba a su control.

Aquellas revueltas siempre eran iguales: movimientos forjados en el corazón de la aldea. Sangrientos y coordinados.

Kyo vio de nuevo a su "yo" más joven, escondida entre las faldas de su madre mientras corrían por las calles. Su pequeña mano estaba sudada, agarrando desesperadamente la de Sena, mientras Daro no dejaba de llorar en los brazos de su madre, un faro que delataba su posición. Eran las Omegas del Líder. Someterlos era la clave para destruir a Makhus y su Tratado.

Habían encontrado refugio en la casa de Vadel, el panadero. Kyo recordaba a una Kanna de diez años contando historias a los cachorros aterrorizados, calmándolos con su aroma a cacao mientras los gritos de los moribundos se filtraban por las rendijas de las ventanas.

Kyo se aferró a ese recuerdo a lo largo de toda la cena. Jugueteó con su tenedor y clavó la vista en su plato, sin mucho apetito. Pensar en la bondad de Kanna la ayudaba a mantener la compostura ante la presencia de los dos Alfas del Norte. Amaba a su manada. Era pequeña, pero era valiosa.

—¡Zabu es un guerrero excelente! —El viejo líder, Shinda, agitó su copa de vino, jactándose a voz en grito—. ¡En cada guerra, él es el primero en cargar y el último en quedar en pie! ¡Mil hombres! ¡Mil lobos! ¡Y mi hijo los mató a todos! —Se frotó la barbilla—. Bueno... quizá ese otro mocoso insolente sea un poco mejor que él... ¡pero él no será Líder! —Shinda soltó una carcajada ante su propio chiste.

Kyo desvió la mirada un segundo hacia el "mocoso insolente" al que Shinda se refería, sentado justo frente al jefe Nashdir. Esperaba encontrar otra mirada hambrienta, otro par de ojos amarillos cargados de juicio o deseo, pero se encontró con algo distinto. Aquel muchacho parecía extrañamente ajeno a la tensión que asfixiaba el comedor. No la miraba a ella; ni siquiera parecía registrar su presencia como el "trofeo" de la noche. Tenía la vista perdida en los detalles de la sala, recorriendo las vigas de madera y las sombras de las esquinas con una curiosidad analítica, casi distante. Había una quietud en su postura que contrastaba con la agresividad de Zabu; una calma que, en lugar de asustar, intrigaba a Kyo.

Volvió su atención al Líder del Clan del Norte.

Para Kyo, Shinda parecía un loco; salvaje, medio demente y borracho. Zabu, sentado a su lado, intentó quitarle el vino repetidamente. Sin embargo, Kyo podía sentir que la atención del Alfa permanecía fija en ella. Bajó la cabeza, usando su larga y rizada melena para escudar su cuello y su miedo. Evitaba sus ojos. Si le miraba directamente, vería sus intenciones... y sabía que eran inmundas.

Ni siquiera le habían preguntado su nombre. Para ellos, era un objeto. Un recipiente para los futuros cachorros de Zabu.

Se estremeció ante la imagen de su contacto. Sena, al notar el temblor de su hija, alargó la mano por debajo de la mesa para apretar la suya. Movió algunos champiñones de su propio plato al de Kyo, un pequeño gesto de consuelo.

—¡Más vino! —rugió Shinda.

Actuaba como si estuviera en su propia casa, y la rabia de los hermanos estaba llegando a un punto crítico. Rakla no había bajado la guardia ni un segundo. Sentía que las riendas del pacto se le escapaban con cada gota que ese loco bebía.

—Padre —advirtió Zabu—. Será mejor que dejes de beber.

Los ojos de Zabu pasaron de Kyo a Shinda, una orden silenciosa y afilada. Pero Shinda lo ignoró.

—¡Más vino para él también! —Sacudió la copa de nuevo, derramando un poco sobre la mesa.

La paciencia de Rakla se agotaba casi tan rápido como el vino.

Frida apareció por las puertas del comedor, cargando una jarra fresca. Esta cena era un trampantojo, y era mejor que Frida pareciera una sirvienta común. El hecho de que la hermana de Makhus —una Omega anciana sin Alfa, sin dueño— viviera libremente bajo su techo era algo que los Alfas norteños nunca podrían comprender. Sus mentes cerradas no estaban preparadas para tal libertad. Ocultar su estatus era la única forma de protegerla y cerrar el trato sin posibles altercados.

—Shinda, debemos hablar de nuestro pacto —insistió Makhus.

Estaba agotado. Su confianza en este trato flaqueaba mientras veía a Shinda aullar idioteces y Zabu permanecía en un silencio hambriento, reclamando a Kyo con la mirada. Sin embargo... Makhus había visto el Norte con sus propios ojos. Había caminado por sus calles. La gente allí quería un cambio. Algunos Alfas incluso se lo habían susurrado. Quizás los líderes lo ignoraban, pero había una chispa de esperanza.



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En el texto hay: omegaverse, enemiestolovers, slowburn

Editado: 13.06.2026

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