Uri no bebió el vino del Sur. Mientras Shinda se ahogaba en su propia glotonería y Zabu proyectaba su hambre sobre la muchacha como un animal rabioso, Uri permanecía inmóvil, sentado frente a Nashdir. Mantenía una postura de quietud absoluta, una técnica que había perfeccionado en las tundras del Norte para volverse invisible a pesar de estar a plena vista. En su hogar, moverse demasiado era una invitación a que el frío te encontrara; aquí, era una forma de observación superior.
Para el resto de la mesa, él era solo el "mocoso insolente", un soldado eficiente pero silencioso, una sombra secundaria en todo el despliegue del pacto entre el Sur y el Norte. Nadie sospechaba que, tras su mirada aparentemente perdida en las vigas talladas del techo, estaba procesando cada detalle estructural del salón con la frialdad de un ingeniero de asedio. Calculó la resistencia de las vigas de roble, midió con la vista la distancia entre las mesas y las salidas de emergencia, y memorizó el ritmo exacto con el que los guardias del Sur cambiaban de posición en las grandes puertas. Su mente era un mapa de guerra.
Idiotas, pensó Uri, su mano derecha descansando con una familiaridad letal cerca de la empuñadura de su espada, oculta bajo la mesa. Todos ellos.
Shinda era una vieja reliquia norteña; un lobo cuyos dientes se habían vuelto amarillos por sus excesos y cuya mente se había reblandecido con el alcohol. Zabu, por otro lado, era un buitre; un carroñero que esperaba que el viejo muriera para poder picotear los huesos de ambos reinos. Ninguno de ellos entendía el verdadero coste de lo que estaban a punto de hacer. No buscaban una alianza, buscaban una matanza. La aniquilación total y absoluta de sus anfitriones.
Uri deslizó su mirada fríamente hacia Rakla, el hermano mayor de Kyo. Notó cómo el joven Alfa mantenía la mano cerca de su cinturón, sus hombros tensos como cuerdas de arco a punto de romperse. Había una nobleza desesperada en él que Uri encontraba patética y fascinante a partes iguales. Rakla será el primer problema, anotó Uri mentalmente. Tiene los ojos de un hombre que morirá antes de rendirse. Sería mejor eliminarlo antes de que organice una resistencia en los pasillos superiores.
Entonces su mirada se desvió sin quererlo hacia el centro de la mesa. Hacia ella.
Kyo era más pequeña de lo que había imaginado por los informes de los espías. En el Norte, las Omegas solían ser pálidas y marchitas, como flores de invierno sobreviviendo en la tundra. Pero Kyo... ella tenía un fuego latente en sus ojos verdes, incluso a pesar de estar enterrado bajo capas de puro terror. Parecía una criatura esculpida por el dios Sol, una anomalía en esa sala cargada de conspiraciones y desconfianza.
Y entonces le llegó. Por encima del hedor a vino fermentado, a la carne asada y al sudor rancio de Shinda, un aroma atravesó el aire del comedor como un relámpago que parte la noche. Magnolia. Dulce, floral y asombrosamente cálida.
Uri sintió un tirón violento en su pecho, una punzada desconocida que le cortó la respiración por un milisegundo. Sus instintos de Alfa, aquellos que él mantenía bajo un control de hierro, rugieron en silencio tras su máscara de indiferencia. Aquella muchacha no era solo el "recipiente" que Shinda describía con tanta vulgaridad. Provocaba algo que hacía vibrar su sangre de una forma que ninguna batalla había logrado jamás.
Vio la mano de Kyo temblar mientras agarraba el tenedor y cómo Sena, su madre, intentaba consolarla con un gesto simple. Aquella fugaz y tierna imagen, que contrastaba con la masacre que él mismo había planeado para esa noche, hizo que el estómago de Uri se retorciera en náuseas. Iban a destruir aquello.
Un trueno sacudió los cimientos del castillo y él aprovechó el estruendo para levantarse de la mesa sin pedir permiso. Nadie lo cuestionó. Salió al patio, dejando que la lluvia golpeara su armadura de cuero. Una sombra se desprendió de la pared de piedra. Era uno de sus exploradores de élite.
—Informe —ordenó Uri, recuperando su voz de hielo.
—El perímetro está despejado —susurró el explorador—. Los guardias del Sur han bajado la rotación al mínimo. La mayoría están en los barracones, brindando por la paz.
—Idiotas —masculló Uri—. ¿Y la señal?
—Lista. A medianoche, silencio primero. Luego abriremos la puerta este.
Uri miró hacia arriba. El cielo era una boca negra que lo tragaba todo. No había rastro de la luna; ni un solo hilo de plata rompía la negrura absoluta del firmamento. La Noche sin Luna, el presagio del fin del clan sureño, estaba sobre ellos. En pocas horas, el aroma cálido que emanaba de la aldea sería reemplazado por el olor metálico de la sangre. Lideraría la primera oleada. Su batallón mataría a los hermanos de la chica y entregaría el castillo a un monstruo como Zabu. Pensó en los ojos verdes de Kyo. Pensó en cómo ella lo había mirado por un segundo, aunque él procuró no cruzar su mirada.
—¿Uri? —insistió el explorador—. Los hombres esperan tu palabra final.
Uri no volvió la vista hacia el comedor. No podía permitírselo. Si veía a la chica una vez más, podría recordar que tenía un corazón. Y esta noche, un corazón era lo único que podría conseguir que lo mataran.
—Diles que esperen a la señal —ordenó Uri—. Nos movemos pasada la medianoche. Sin supervivientes, excepto la chica. A ella la quiero intacta. Si alguien le pone un dedo encima antes de que yo lo autorice, su cabeza rodará antes que la del Rey del Sur.
El explorador desapareció. Uri se alejó del castillo, de la aldea y más tarde de las luces del campamento, adentrándose en la espesura del bosque que bordeaba la zona. Sintió una presión insoportable bajo la piel, un hormigueo eléctrico. Su lobo estaba inquieto, asfixiado por la ropa y la hipocresía de la cena. Con un movimiento fluido, Uri se despojó de sus protecciones en el hueco de un árbol milenario y dejó que el cambio se apoderara de él. Sus huesos crujieron, su columna se arqueó y, en un instante, un enorme lobo de pelaje oscuro como el humo y ojos de acero emergió de las sombras.