Continuaron comiendo y bebiendo, discutiendo un pacto que parecía perder fuerza con cada minuto que pasaba. Pero, de nuevo, Makhus sabía que no tenía otra alternativa: su clan caería sin remedio la próxima vez que fueran atacados.
—Los Alfas rebeldes que desterramos la última vez están empezando a unirse —informó Makhus a Zabu. Shinda no había vuelto a pronunciar palabra desde que su hijo lo había golpeado.
—Soy consciente de ello —respondió Zabu con frialdad.
—Es más que eso, Zabu. Solíamos luchar contra otros clanes una vez al año. ¡Hace un par de décadas fue contra el tuyo! —bromeó Makhus, intentando aligerar el ambiente cargado de la sala. El norteño permaneció impasible—. Aun así —continuó Makhus—, el problema ha sido interno durante demasiados años. Tenemos que expulsar a más y más rebeldes que no aceptan el Tratado. A este ritmo, llegaremos a un punto de no retorno…
Zabu escuchaba con atención, analizando la situación en un silencio gélido y sin ofrecer opinión alguna. Podía oler la desesperación emanando de Makhus como un rastro rancio; Zabu era consciente de que aquel hombre haría cualquier cosa para mantener su "paz", incluso vender a su propia hija. Pero el poder y la seguridad rara vez se daban la mano. El Alfa.
Cuando terminó la comida, Zabu estrechó la mano de Makhus. El trato estaba cerrado; partirían de regreso al Norte con la chica al amanecer. Con una última mirada depredadora a la joven Kyo, Zabu arrastró a Shinda hacia fuera, quien seguía tropezando y lanzando miradas obscenas a Frida. La anciana Omega había permanecido en silencio, con la compostura intacta, ignorando a la bestia con una dignidad férrea. Solo cuando la gran puerta de roble se cerró de golpe, se permitió suspirar.
Kyo no esperó. Corrió a su habitación, aterrorizada, sintiendo que las paredes del castillo se cerraban sobre ella. Rakla hizo el amago de seguirla, con la necesidad de proteger a su hermana vibrando en su sangre de Alfa, pero Makhus lo detuvo con un brazo firme.
—Dale espacio, Rakla. Ya no es una cachorra. Va a ser la Omega del líder más fuerte de Tántadus. Debe encontrar su propia fuerza.
—Bien —los ojos de Rakla se oscurecieron con una mezcla de furia y resignación—. Pero haz tu parte y ve a hablar con el Chamán.
En su habitación, Kyo se arrancó el vestido con manos temblorosas, rasgando las costuras laterales en su prisa desesperada. No le importaba; no se llevaría esa prenda consigo. La hacía sentir expuesta, vulnerable, como una pieza de caza exhibida en un banquete. Se puso el pijama, deseando solo dormir. Dormir hasta que su padre la despertara y le dijera que todo había sido una pesadilla, que no se iría a ninguna parte.
Pero esa era una mentira que no podía permitirse creer. Se apoyó en el alféizar de la ventana. Pronto llovería; las nubes oscuras y pesadas lo prometían. Miró el vasto bosque que rodeaba su hogar. Le encantaba correr allí como una loba plateada, regresando empapada mientras su madre gritaba: "¡Secaos antes de entrar, chuchos!". Sonrió levemente ante el recuerdo, pero la vista del campamento del Norte en la distancia mató su alegría. Odiaba el olor de Zabu. Era fuerte, metálico. Olía a sangre vieja. No estaba segura de poder acostumbrarse nunca a él.
El aroma a tierra mojada empezó a filtrarse por la ventana, relajando un poco sus tensos músculos.
—Pequeña Kyo —murmuró Sena desde la puerta, seguida de Malah.
—Kyo —susurró Malah con voz quebrada—, ¿hay algo que podamos hacer? ¿Quieres dormir en mi habitación esta noche?
—No… prefiero quedarme aquí. —respondió la joven—. No sé cuándo volveré a dormir sola…
Sus palabras estaban cargadas de una realidad aplastante. Malah lo comprendió. Su hermana no pasaría otra noche sin la compañía de su Alfa... y no quería ponerle nombre a lo que ese Alfa le haría una vez cruzaran la frontera.
—Quiero estar sola —añadió Kyo. Sena sintió que se le rompía el corazón. Su hija parecía tan pequeña bajo la luz de las velas. Tan rota. Su luz se estaba apagando.
—Dejadme hablar con ella —interrumpió Frida, entrando en la habitación mientras las demás se marchaban en silencio. Se sentó en el diván frente a la chica—. ¿Te he contado alguna vez la historia de cómo perdí a mi Alfa?
—Tía, no estoy de humor para historias que ya he…
—Esta no la has oído —cortó Frida secamente. Kyo la miró por encima del hombro—. Fue durante la guerra antes del Tratado. No se firmó por arte de magia, Kyo. Se firmó con sangre. Y esa guerra se llevó a mi Alfa.
—Lo siento… —comenzó a decir Kyo.
—No he dicho que fuera una historia de amor —Frida levantó una mano, deteniendo la compasión de su sobrina—. Él era mi dueño, mi Alfa y mi maldición. Tu abuelo me entregó a él a cambio de lealtad y riqueza. Me vendió.
Kyo bajó la cabeza. Era lo último que quería oír en su última noche de libertad.
—Cada noche él… él me buscaba. Quería Alfas. Un primogénito que le hicieran sentirse orgulloso. Pero yo no podía cumplir sus deseos. Nuestros cachorros siempre morían al nacer. —Frida tragó saliva con dificultad. Recordando las palabras que su Alfa le soltaba con asco después de cada aborto: “Eres una Omega inútil! ¡Ni siquiera sirves para aquello para lo que naciste!".
Kyo se sentó junto a su tía en el diván, buscando su cercanía.
—Pero no estaba sola. —prosiguió Frida—. Tu padre siempre estaba conmigo. Él solo tenía diecisiete años. No podía luchar contra mi Alfa en ese entonces, pero venía cada mañana después de que ese salvaje se fuera. Me traía té verde. Curaba mis heridas y preparaba baños calientes. Él fue mi ángel.
Una lágrima solitaria escapó del ojo de Frida, que ni si quiera se molestó en limpiarla.
—Un año después, durante la guerra, tu padre lo mató con sus propias manos. Me liberó. Me acogió, sin importarle los rumores sobre una Omega con un vínculo roto.
—¿Dolió? —susurró Kyo en un hilo de voz—. El vínculo roto.