Una vez que Frida abandonó la estancia, el silencio se ciñó sobre Kyo con una presión insoportable. Kyo regresó a su puesto junto al alféizar, retomando su tarea de vigilar el campamento enemigo. Los ojos comenzaban a picarle, irritados por el cansancio y el llanto contenido, y mientras procesaba cada palabra de la cruda historia de su tía, sintió cómo las paredes de su habitación comenzaban a estrecharse, cerrándose sobre ella como las mandíbulas de una trampa.
Se estaba asfixiando. El aire de su habitación estaba viciado por el miedo y el aroma de las velas que se consumían. Abrió aún más la ventana y sacó la cabeza con la desesperación de una posesa, inhalando y exhalando con violencia. Necesitaba aire, mucho más aire, una bocanada pura que limpiara el rastro metálico de los norteños de su sistema, pero el oxígeno se negaba a llenar sus pulmones demandantes. El cielo oscuro comenzó a dar vueltas sobre su cabeza en un torbellino de sombras y su vista se desenfocó.
Tenía que salir de allí. Inmediatamente.
—¿A dónde vas? —Malah la interceptó cuando pasó como un rayo frente a ella en el pasillo, rozando ya casi la pesada puerta principal del castillo.
—No voy a huir —soltó Kyo sin detenerse, con una voz cortante que no admitía réplicas. Con el pijama aún puesto, se calzó las botas de piel con movimientos torpes bajo la atenta mirada de su hermana.
—No sé si es seguro que salgas ahora... —comenzó a decir Malah, pero antes de que pudiese terminar la frase, la Omega ya se había desvanecido en la penumbra de la noche.
Kyo corrió por las calles empedradas del pueblo, una sombra fugaz que solo se cruzó con una pareja apresurada y un par de Omegas que regresaban a sus hogares. No frenó su carrera hasta que alcanzó los límites de la aldea. Sabía que no podía tomar el camino de siempre; el sendero principal hacia el bosque estaba infestado de norteños. Su campamento era una herida abierta en la planicie, extendiéndose desde la entrada del pueblo hasta perderse en las entrañas de la arboleda. Lo último que deseaba era tropezarse con la arrogancia de aquellos Alfas extranjeros. Quién sabe lo que eran capaces de hacerle esos salvajes escondidos entre las sombras, lejos de la protección del castillo.
Meditó sus opciones un par de segundos, con el corazón martilleando en sus oídos. Giró sobre sus talones y trazó mentalmente un nuevo recorrido, una ruta olvidada que solo ella conocía. No le tomó demasiado encontrarla; llevaba más de media vida escabulléndose entre aquellos pinos, conociendo cada raíz y cada recodo como si fueran parte de su propio cuerpo.
Anduvo un buen rato pegada a las últimas casas, aprovechando la oscuridad densa que allí reinaba, y una vez se alejó lo suficiente de aquella marea de antorchas que constituía el campamento, corrió con todas sus fuerzas. Atravesó la pequeña planicie que separaba el pueblo de la espesura y cuando alcanzó la linde del bosque se adentró en él con la agilidad de una criatura que regresa a su elemento.
Aun con todas las precauciones, una voz en su nuca le recordaba que estaba jugando con su suerte. Se desnudó entre las sombras proyectadas por los árboles milenarios, ocultando su ropa en el hueco protector de un tronco, y permitió que el cambio comenzara. En un instante, la joven desapareció para dar paso a una loba gris de pelaje espeso. Comenzó a correr, más y más rápido, sintiendo cómo la asfixia del castillo y el olor a sangre que emanaba Zabu se desprendía de su cuerpo como una carcasa vieja y podrida. En su lugar, emergió la libertad: la sensación del barro fresco entre sus garras, el olor a pino y lluvia, y el viento agitando su pelaje con una caricia salvaje.
Llegó a un riachuelo que serpenteaba entre las rocas. Era una noche sin Luna, un velo de negrura absoluta que lo cubría todo, pero por un breve instante, las nubes se rasgaron y una luz pálida y esquiva bañó el agua. Bebió de la corriente fresca y remojó sus patas para limpiarlas del lodo del camino. Después, buscó refugio bajo la copa protectora de uno de los pinos más altos. Tras un par de vueltas sobre sí misma, buscando el acomodo perfecto, se dejó caer sobre su estómago.
Su Omega interno, antes oprimido, le agradecía aquella escapada con un ronroneo de alivio. Estaba a punto de dejarse vencer por el sueño cuando un crujido seco rompió la armonía del bosque. El sonido la puso alerta al instante. Se incorporó de un salto, reculando con los músculos en tensión y adoptando una posición de ataque. Barrió con la mirada cada tronco y cada rama, buscando la fuente de aquella perturbación e intentó convencerse de que debía de haber sido una liebre o alguna lagartija asustadiza. Sin embargo, con cerca de cincuenta guerreros norteños acechando sus tierras, ya no se fiaba ni de su propia sombra.
Iba a abandonar la búsqueda al ver que el ruido no se repetía, cuando sus ojos chocaron frontalmente con un par de esferas grises. Dos ojos de acero que la observaban, cautos y depredadores, desde el corazón de unos arbustos espesos junto al riachuelo. Su mente analizó la situación a un ritmo frenético, casi suicida, mientras el corazón le latía con una fuerza tal que parecía querer escapar de su tibia piel. Las opciones se atropellaban en su cabeza. Sí, era una loba rápida; si corría, dudaba que aquel intruso pudiese alcanzarla. Pero desconocía las habilidades de aquel extraño.
Kyo le lanzó un gruñido sordo, una advertencia vibrante para que se mostrara. Decidió mantener un acercamiento cauteloso: si huía y él resultaba ser más veloz, terminaría muerta por la espalda.
Entonces, el Alfa salió de la oscuridad. En mitad de aquella noche privada de luna, un relámpago lejano hizo que su pelaje negro centelleara. Era enorme, una montaña de músculo y sombras, una visión fuerte y poderosa. Comenzó a acercarse a Kyo con paso lento, con los ojos clavados en los suyos, sin parpadear.
Su Omega interno se sacudió de puro terror. No era Zabu, pues no olía a metal, ni tampoco era el decrépito Shinda, que seguramente yacía ebrio. Pero Kyo presintió que este lobo era mil veces más peligroso que ellos. Volvió a retroceder, manteniendo la distancia al mismo ritmo que él avanzaba, hasta que su lomo dio contra el tronco rugoso del pino tras ella. Supo que, si quería seguir rehuyéndole, tendría que darle la espalda y arriesgarlo todo. No lo hizo. No pudo.