Canescens: Sombras de una Traición

Capítulo 15: La muerte de la inocencia

—Kyo... —una voz lejana, envuelta en una bruma de sueño, comenzó a filtrarse en su conciencia. No era un llamado suave; era urgente y asustado—. Kyo, despierta. Necesito hablar contigo, ahora.

Kyo se revolvió sobre el diván, sintiendo que cada vértebra de su columna protestaba con rigidez. Su cabello estaba húmedo, pegado a sus sienes; la lluvia se había colado por la rendija entreabierta de la ventana del dormitorio de Kyo. Se había quedado dormida oteando el horizonte. La habitación estaba sumida en una negrura absoluta, solo interrumpida por el tamborileo incesante y furioso del agua contra el cristal y un zumbido rítmico, lejano pero constante, que no alcanzaba a identificar: ¿era el bosque?, ¿eran los gritos de la manada?

—¿Papá? ¿Fuiste tú quien cerró la ventana? —preguntó Kyo, frotándose los ojos con pesadez.

—Sí, pero escucha —Makhus estaba arrodillado junto a ella, su figura recortada contra la oscuridad como una estatua caída—. Esto es vital, Kyo.

Kyo soltó una risa ahogada y nerviosa, intentando disipar la neblina del sueño con una broma.

—Papá, eres demasiado mayor para estar arrodillado así en el suelo, te van a doler las rodillas mañana...

—¡No, Kyo, escúchame! ¡Despierta! —Él la sacudió por los hombros con una brusquedad que le hizo castañear los dientes, despejándole la mente de golpe—. Necesito toda tu atención. Mírame.

La gravedad en sus ojos le heló la sangre. Kyo sintió cómo su corazón pasaba de un ritmo pausado a un galope desbocado.

—¿Qué sucede papá? ¿Por qué estás así?

—Escucha con atención; puede que no tenga oportunidad de repetirlo. Todo va a salir bien, ¿de acuerdo? Tiene que salir bien... —musitó él, más para sí mismo que para ella, como si estuviera intentando convencer al destino de no cumplir con su sentencia—. Quiero que estés bien. Lo sabes, ¿verdad? Tienes que saber que no tuve otra opción. Nunca la tuve...

—Papá, me estás asustando. ¡Dime qué está pasando!

Un trueno colosal, cargado de una energía eléctrica que hizo vibrar el suelo del castillo, ahogó el sonido de la lluvia. El impacto fue tal que pareció partir la noche en dos; parecía proceder de dentro de sus propios muros. Segundos después, llegó un sonido que Kyo no olvidaría ni en sus sueños más profundos: un grito largo, desgarrador, una nota de agonía pura que se cortó en seco, dejando un vacío donde antes había vida.

—No, no... ¡NO! —rugió Makhus, poniéndose en pie con una fuerza sobrehumana. Tiró de Kyo, obligándola a levantarse.

—¡Papá, espera!

—¡Escúchame, Kyo! —Él hundió sus dedos en los hombros de su hija con tal desesperación que ella pudo sentir sus uñas hundiéndose en la tela de su ropa. Sus ojos, normalmente llenos de una autoridad inquebrantable, estaban inyectados en sangre y pánico—. Tienes que ponerte a salvo. ¡No pueden atraparte! ¿Me oyes? Si el clan cae esta noche, tú serás el trofeo que busquen. Tú, Frida, tu madre... cada Omega en esta aldea es una presa fácil.

Su voz era un raspado frenético, un susurro ronco que apenas lograba imponerse sobre el caos creciente en el exterior.

— Adéntrate en el bosque —prosiguió Makhus—. Ve al algo, busca a la Chamana. Su casa está oculta, pero conoces esos senderos mejor que nadie. ¡No mires atrás! ¡Pase lo que pase, no te detengas! ¡Prométemelo!

Kyo estaba paralizada, con la voz atrapada en un nudo de terror que le cerraba la garganta. Sus pulmones se negaban a procesar la realidad.

—¡Prométemelo, Kyo!

—Pero papá… no puedo dejaros…

—¡Kyo no hay tiempo!

—Yo... yo te lo prometo, papá —balbuceó, con las lágrimas brotando al fin.

—Cuando llegues, ella sabrá qué hacer. Ella te salvará —Makhus tomó una bocanada de aire temblorosa, mirando hacia la puerta como si pudiera ver el horror aproximándose—. Te lo juro por mi vida, estarás a salvo.

Él ya había visitado a la Chamana bajo el manto del crepúsculo, por precaución, suplicando por la supervivencia de su sangre en caso de que todo el plan se fuera un desastre. Tras la cena, su desconfianza hacia Shinda, Zabu, y todo el clan norteño no había hecho más que crecer. Y la profecía se había cumplido. Su clan estaba siendo masacrado frente a sus narices.

Makhus había vendido su alma a la chamana para asegurar que al menos ella sobreviviera. Pero Kyo debía ir sola; él tenía que alcanzar a Sena. Podía sentir el terror de su esposa vibrando a través de su vínculo, un eco de dolor que lo estaba destrozando por dentro.

—Tengo miedo —susurró ella, encogiéndose como una niña pequeña—. No quiero irme sin ti.

—Cuando yo me vaya, espera exactamente cinco minutos para que yo pueda despejar tu camino. Después, corre. Corre como nunca lo has hecho.

La envolvió en un último abrazo, un acto que a Kyo le resultó de eterna despedida. Makhus intensificó su aroma a cedro intentando transferirle, aunque fuera por un segundo, una parte de la valentía que ella aún no poseía. Luego, con la velocidad de un rayo, se desvaneció en el pasillo, dejando a Kyo sola en el silencio de la habitación a oscuras.

En una cabaña destartalada, cubierta de barro y oculta bajo un dosel de árboles tan antiguos que parecían sostener el cielo, la Chamana observó a la chica postrada en el catre. Se remangó las ropas de lino y preparó los ungüentos.

Las instrucciones de Makhus habían sido claras y sencillas: Mantén a mi esposa, a mi hermana y a mi hija a salvo. A cualquier precio.

La solución que la Chamana había encontrado al problema del Líder era tan peligrosa como radical, un ritual que bordeaba la magia prohibida de tiempos olvidados. Pero Makhus, acorralado por un destino que ya se sentía como una soga al cuello, había aceptado sin vacilar.

La mujer miró la forma inconsciente de Kyo. Sena y Frida aún no habían llegado, y en lo profundo de su corazón, alimentado por el humo de sus velas de hierbas, temía que nunca lo harían. Se centró en la chica.



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En el texto hay: omegaverse, enemiestolovers, slowburn

Editado: 22.06.2026

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