Canescens: Sombras de una Traición

Capítulo 16: El descenso de la Chamana

La Chamana cerró los ojos, hundiendo su conciencia en el océano inestable de la mente de Kyo. Al principio, solo encontró destellos borrosos, una danza de fragmentos cotidianos: el bullicio del mercado, el aroma a pan recién horneado, las caras sonrientes de los vecinos y un sol cálido que parecía pertenecer a otra vida. Luego, un rostro emergió entre la niebla: un chico de ojos castaños y olor a eucalipto. Basmu.

—No, no es esto lo que busco —susurró la Chamana. Su voz sonó como el crujir de hojas secas—. Esto es el pasado, la vida antes de la caída. Debo llegar al abismo.

Se sumergió más profundamente, forzando las compuertas de la memoria. Las imágenes se volvieron afiladas, dolorosamente vívidas. La anciana sintió que ya no observaba desde fuera, sino que veía a través de los ojos de Kyo. Un pasillo largo y opresivo se extendía ante ellas; al fondo, sombras colisionaban en una lucha violenta.

«Kyo avanzaba, movida por una necesidad visceral de encontrar a los suyos. Vio a Makhus, su padre, envuelto en una danza de acero. Vio a Sena, su madre, acorralada contra la pared, sumisa y temblorosa, con el horror dibujado por todo su rostro. Pero la tercera sombra era una pesadilla hecha realidad: un lobo masivo, de pelaje oscuro y ojos inyectados en sangre, con las fauces abiertas, dispuestas a desgarrar el rostro de su padre.

—¡Papá cuidado! —El grito de Kyo resonó en el pasillo, un eco cargado de una desesperación que aún vibraba en su mente.

El lobo se giró. Sus ojos, un rojo antinatural, se fijaron en la pequeña y vulnerable figura de Kyo. Ella estaba allí, descalza, vestida solo con su fino pijama, sin lugar donde esconderse. La bestia desvió su camino hacia Makhus para lanzarse contra ella. Pero, antes de que pudiera cerrar sus mandíbulas sobre el cuello de la chica, otro lobo se interpuso en su camino, clavando sus colmillos en el flanco del atacante. Era Rakla. Su hermano se lanzaba a una lucha mortal, sacrificando su propia seguridad para salvarla.

Kyo cerró los ojos. No soportaba ver esa escena.

La memoria se tiñó de negro. El miedo, denso como el alquitrán, había reclamado su conciencia.

Cuando la luz regresó, el escenario había cambiado. Kyo estaba sobre la espalda de su padre, cabalgando el caos. Se movían a través de callejones estrechos y sombríos. Su madre sollozaba a su lado, de la manos de Makhus, tropezando en cada paso, con el rostro desfigurado por el llanto.

—¡Mi niño! —gemía Sena—. ¡Mi cachorro... Rakla...!

El corazón de Kyo se desplomó en un abismo. "¿Mamá... Rakla... qué...?" No pudo terminar la pregunta. Solo pudo llorar, un llanto seco y ahogado. Lo comprendió al instante.

Rakla había perecido.

Continuaron corriendo mientras alcanzaban el linde de la plaza del mercado. Allí, el sonido de la lluvia era devorado por los gritos de una manada moribunda. La plaza se había convertido en un infierno viviente.

—¡Mantente cerca de mí! —le gritó Makhus a Sena, pero el caos los separaba con cada segundo.

A mitad de la plaza, Makhus tropezó. Cayeron al barro, un lodo espeso y frío que se sentía como una tumba.

—¡Makhus! —gritó Sena, intentando alcanzarlo.

Kyo miró hacia arriba desde el charco, con los ojos empañados por la lluvia y el horror. Una figura que no reconoció, un intruso con el emblema de los norteños hundió una espada en el pecho de su padre. Makhus se sacudió, sus pulmones fallando mientras el metal le robaba el aliento, pero el hombre no había terminado. Retorció la hoja en sus entrañas, disfrutando de la agonía, hasta que las manos de Makhus cayeron inertes. Su último aliento se desvaneció en el aire gélido, perdido en la tormenta.

—¡No! ¡Makhus! —Sena se lanzó sobre él, ciega de dolor, pero el asesino la atrapó antes de que pudiera tocarlo.

—Así que tú eres su zorra —dijo el hombre, con una voz que destilaba pura avaricia y lujuria. Agarró el rostro de Sena, aplastándola contra su cuerpo. El hombre apestaba a incienso, un olor pesado y asfixiante que Kyo asociaría para siempre con el fin del mundo. Luego, los ojos del asesino encontraron a Kyo, que observaba el cuerpo inerte de su padre.

—Vaya, vaya. Otra pequeña perra. ¡Mihail, ven aquí!

La voz tenía tal autoridad que el Omega interno de Kyo gimió, sometiéndose ante el miedo. Un segundo Alfa, Mihail, la arrancó del suelo, sujetándola con fuerza contra su pecho. Kyo luchó, pero él tiró de su pijama hacia abajo, exponiendo su cuello al aire helado. Él acercó su nariz, inhalando profundamente.

—Magnolias. Me gusta —siseó Mihail con una voz que le revolvió el estómago.

—Llévatela —ordenó el Alfa que apestaba a incienso, arrastrando a Sena consigo hacia la oscuridad—. Yo me quedo con esta.

—¡No! ¡Kyo! —gritó Sena mientras era arrastrada al caos.

—¡Mamá! —Kyo luchó con cada fibra de su ser, con sus gritos desgarrando su garganta, hasta que un golpe brutal silenció a su madre. Sena quedó flácida, siendo arrastrada hacia los rincones oscuros donde el combate era más sangriento.

—Qué lástima —susurró Mihail al oído de Kyo, una caricia húmeda y repugnante—. Quería que tu madre viera cómo te corrompía.

La forzó contra el barro. Kyo sintió el frío, la vergüenza y el peso aplastante del Alfa. Sus manos eran rudas, desesperadas por poseerla. Kyo cerró los ojos, resignándose al final. Sintió cómo él deshacía su cinturón. Una lágrima única, espesa y cargada de dolor, rodó por su mejilla. »

La Chamana, observando desde afuera, tembló violentamente. Casi se retira, incapaz de presenciarlo que estaba punto de ocurrir, pero entonces, el recuerdo dio un giro.

«Kanna descargó la barra de hierro con una fuerza salvaje sobre la nuca de Mihail, dejándolo inerte, antes de apartarlo de un empujón.

—¡Toma mi mano! —rugió la Alfa, para después sacar a Kyo del barro, con la ropa hecha jirones, su inocencia apenas intacta.

—¿Kanna...? —susurró Kyo, sin poder creer que su amiga estuviera allí.



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En el texto hay: omegaverse, enemiestolovers, slowburn

Editado: 27.07.2026

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