El aroma del Sur se estaba extinguiendo.
Para los sureños, sus tierras siempre habían sido un santuario; para Uri, un hombre del Norte nacido entre el permafrost y el acero, no era ya más que un cementerio. El aire, que horas antes rebosaba el aroma dulce y embriagador de los pinos colindantes, la lluvia y las flores trémulas de sus praderas, se había transmutado en una niebla asfixiante de hierro y sangre.
Uri se movía por la plaza del mercado como un espectro entre las sombras, con sus espadas gemelas dejando un rastro oscuro y rítmico sobre el barro. No había participado en el "deporte" de aquella masacre. Mientras los hombres de Zabu aullaban con una alegría primitiva, tallando sus nombres en la carne fresca de los moribundos, él se movía con precisión quirúrgica. Había sido una sombra en la noche, silenciando a los guardias antes de que pudieran siquiera respirar, mucho menos gritar. La eficiencia de la muerte era su único credo; la crueldad que estaba presenciando aquella noche le resultaba un desperdicio de energía.
Regocijarse en la muerte y la masacre le parecía un simple acto de cobardía.
Pero al llegar al centro de la plaza, su paso vaciló. La masacre dejó de ser un mapa estratégico en su cabeza para convertirse en una realidad visceral y desgarradora.
Lo vio primero a él: Makhus. El hombre que, apenas unas horas antes, había hablado de paz, yacía extendido en un charco formado por su propia sangre. Sus ojos estaban abiertos, fijos en el cielo negro, como si le preguntara a las estrellas en qué había fallado, por qué los dioses le habían dado la espalda a los inocentes.
Uri se arrodilló por un instante, rastreando con la mirada la herida en el pecho del Líder del Sur. Tenía dos estocadas: una certera y limpia en el corazón, y otra regocijante en el estómago, infligida por puro placer.
—Trabajo de mi padre —susurró, con una náusea fría revolviéndole las entrañas—. O quizás de Mihail—. ¿Dónde estará ella? —siseó al viento, con una voz apenas audible sobre los gritos de horror y llantos.
Comenzó a moverse con mayor rapidez, con el corazón martilleando un ritmo frenético e irregular contra sus costillas. Apartó a un grupo de Alfas norteños que arrastraban a una Omega hacia los barracones, sus gritos amortiguados por un trapo sucio. Pero Uri les hizo caso omiso: su enfoque se había estrechado hasta un único punto.
—La chica —rugió, atrapando al soldado más cercano por la garganta y estampándolo contra un poste carbonizado—. La hija del líder ¿Dónde está?
El soldado, embriagado por la sed de sangre y la inminente victoria, resopló señalando con mano temblorosa el sendero del bosque.
—Mihail... la tenía... pero una maldita Alfa interfirió. Lo último que vi fue a la chica corriendo hacia los árboles.
Uri soltó al hombre y esprintó. Alcanzó el lugar donde Mihail se hallaba desvanecido, con sangre fresca deslizándose por su nuca y las manos apretando un trozo de tela rasgada. Uri se agachó y acarició el tejido desgarrado: era de algodón azul, manchado de barro y hojas. Lo recogió y, durante un segundo, enmudeció por completo. Incluso a través del olor a sangre y sudor que Mihail había impregnado en él, un aroma débil, desafiante y desesperadamente dulce a magnolia permanecía allí. Era ella. El aroma inconfundible de la loba que había visto horas antes junto al riachuelo.
—¡Uri!
El guerrero se giró al oír su nombre ser bramado entre aquel ruido moribundo. Zabu se acercaba con el rostro salpicado por la sangre de sus víctimas y una amplia sonrisa depredadora estirando sus labios.
—El viejo ha muerto. El Sur es nuestro —anunció Zabu—. ¿Has encontrado ya mi premio? La quiero en mi tienda antes de que salga el sol.
Uri apretó la mandíbula y ocultó el trozo de tela en su bolsillo. Miró hacia el bosque, el oscuro y profundo laberinto donde Kyo se había desvanecido. Sabía que la capacidad de rastreo de Zabu era legendaria; aquel hombre podía oler el miedo a una milla de distancia. Si Zabu captaba el más mínimo indicio de aquella magnolia, la cazaría como a un sabueso, y la joven Omega no vería otro amanecer.
—La encontraré —respondió Uri con una voz grave que hizo que Zabu parpadeara, sorprendido—. Pero iré solo. Tu presencia solo hará que se adentre más en la espesura. Está aterrorizada. Si cargas contra ella, arruinarás la caza.
Zabu soltó una carcajada, un sonido húmedo y oscuro como una hoja lacerando tejido blando.
—Bien. Pero no me hagas esperar. Quiero ver yo mismo cómo se apaga la luz en esos ojos verdes.
Uri no esperó otra palabra. Giró sobre sus talones y corrió hacia la línea de árboles. En cuanto las sombras de los pinos lo tragaron, dejó de buscar huellas como un hombre. Sus huesos crujieron y se remodelaron mientras su ropa se rasgaba. En un latido, el lobo negro surgió, atravesando la penumbra con sus ojos grisáceos.
Captó su olor inmediatamente: magnolia mezclada con el rastro agudo y ácido del terror. Pero también captó el olor de Zabu. Aquel idiota no lo había escuchado; ya estaba flanqueándole, impulsado por una sed de sangre enloquecida, cerrando el círculo desde el este.
Uri empujó sus músculos hasta el límite, sus patas atronando contra la tierra húmeda. Debía llegar primero. Debía evitar que Zabu pusiera una mano encima de la joven.
Entonces la vio. Una pequeña figura temblorosa apoyada contra un pino macizo, escudriñando la oscuridad, ciega ante el peligro que se le echaba encima.
Uri no dudó. Corrió hacia ella para espantarla, para forzarla a huir antes de que Zabu apareciera. Al notar su presencia, ella se tensó y giró la cabeza. En aquel breve instante, el mundo se detuvo. En medio de la oscuridad del bosque, sus miradas se cruzaron: los ojos grises del lobo chocaron con la mirada aterrorizada de la chica. Fue un instante eléctrico, un reconocimiento súbito que quedó suspendido en el aire.
Ella, al ver al lobo, reaccionó por puro instinto. Tomó su forma de loba plateada y, tras dedicarle una última mirada, desapareció entre las sombras antes de que Zabu pudiera siquiera olerla.