Al amanecer, los primeros rayos de luz gris se filtraron a través de las grietas de la cabaña. Kyo abrió los ojos, sintiéndolos pesados e hinchados. Su visión era borrosa; le costaba identificar donde se encontraba. Estaba acostada sobre algo duro: una tabla de madera que se le clavaba dolorosamente en cada una de sus vértebras con cada respiración superficial.
Y estaba desnuda.
Kyo se incorporó de golpe, un latigazo de pánico anestesió el dolor agudo que amenazaba con quebrarle las costillas. ¿Dónde estaba? ¿La habían atrapado los norteños después de todo? Su memoria estaba echa añicos; solo recordaba desplomarse en el barro frente a la puerta de la Chamana. Una ola de vergüenza la inundó al darse cuenta de su desnudez, y buscó frenéticamente alrededor algo con qué cubrirse. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por las llamas parpadeantes y agónicas de unas pocas velas, lo que hacía casi imposible orientarse.
El olor espeso y pesado a humedad y hierbas viejas hizo que su Omega interior se erizara con inquietud. Intentó balancear las piernas al borde de la tabla para ponerse en pie, pero sus rodillas cedieron de inmediato. Cayó de bruces sobre el suelo frío.
—¡No tan rápido, niña! —exclamó la Chamana, apresurándose a su lado. La mujer era tan pequeña y robusta que apenas podía soportar el peso de Kyo mientras la ayudaba a incorporarse—. Los sedantes aún no han salido de tu sistema. ¡No seas tan impaciente!
—¿Sedantes? —murmuró Kyo, con la voz sonando como hojas secas—. ¿Me has drogado?
—Oh, no te preocupes. Te sedé porque tu cuerpo comenzó a convulsionar mientras dormías; parecía que ni siquiera tu propia mente te permitía descansar.
—Qué... —Kyo se detuvo. Comenzaba a recordar por qué estaba allí. La promesa a su padre. Pero las últimas horas de la noche se habían esfumado de su mente—. ¿Qué me has hecho? Y... ¿dónde está mi ropa?
Un leve rubor subió por las mejillas de Kyo mientras intentaba cubrirse torpemente los pechos con los brazos, sentándose de nuevo en el catre.
—¿Cómo si no iba a hacer mi trabajo? —La Chamana le dio la espalda por un momento, hurgando en unos frascos, y cuando se giró de nuevo, le tendió un cuenco—. Esto es un caldo. Te hará sentir mejor.
—¿Qué tiene? —Kyo dudó, entornando los ojos hacia el contenido dudoso y turbio. Estaba demasiado oscuro para saber si era medicina o veneno.
—¡Solo bébelo niña! No estás en posición de ser exigente —ladró la Chamana, seguida por una risa repentina y estruendosa que resonó dolorosamente en los oídos de Kyo.
Kyo no encontró nada gracioso en la situación. Hizo una mueca al dar un sorbo al líquido amargo, y la Chamana rió de nuevo.
—Ahora bien, imagino que tienes muchas preguntas. Quizás no todas tengan respuesta, pero empezaré por la más obvia. Olfatea un poco el aire.
Kyo la miró con expresión atónita. Esa mujer robusta empezaba a ponerla de los nervios; la situación entera se sentía absurda. ¿Olfatear el aire? ¡Quería saber por qué estaba desnuda! Quería saber de su manada... ¿dónde estaban? Su familia... Los recuerdos de la noche comenzaron a amontonarse en su mente de nuevo, pulsando tan violentamente en sus sienes que sintió que su cabeza podría estallar.
Presionó sus manos contra su cabeza, intentando bloquear las imágenes horripilantes de la plaza del mercado.
—Para, niña —susurró la mujer, colocando sus manos sobre las de Kyo para evitar que se hiciera daño—. Poco a poco te acostumbrarás a que el trauma se pasee por tu mente. Ahora esos recuerdos son parte de ti, y debes aprender a vivir con ellos si deseas sobrevivir. —Acarició la mejilla de Kyo con un toque maternal, calmando su ansiedad—. Ahora, haz lo que te digo. ¿Qué hueles?
Kyo no entendía la insistencia de la mujer, pero le faltaban fuerzas para discutir. Relajó los dedos e inhaló profundamente. Olía a humedad, a tierra mojada, a un olor químico penetrante que no podía identificar, al aroma de hierbas desconocidas... al hedor del caldo. Y al aroma antiguo y polvoriento de la propia Chamana.
Y eso era todo. No olía nada más.
—Exacto. ¡Eso es lo que quería lograr! ¡Desapareció! —La Chamana rió de nuevo como una posesa, casi ahogándose con su propia lengua—. ¡La magnolia se ha ido!
—Se ha… ¿Se ha ido? —susurró Kyo. Antes de que pudiera procesar las palabras, comenzó a olfatearse frenéticamente: los brazos, las axilas, las manos. No dejó ni una pulgada de piel sin olfatear hasta que, horrorizada, lo confirmó: no quedaba ni rastro de magnolia. En su lugar, ella misma desprendía un olor extraño a hierbas y ese olor penetrante... ¿era lejía?
Miró a la Chamana con los ojos muy abiertos por el shock.
—En efecto —afirmó la mujer—. Pero no creas que es tan fácil descartar el aroma innato. Para nada. Incluso si sigues tomando los supresores, intentará regresar. ¡Oh, regresará! Pero será tenue, casi imperceptible. No te preocupes. Ningún Alfa podrá rastrearlo a menos que... bueno, a menos que presione su nariz directamente contra tu piel. ¡Y ningún Alfa quiere meter su hocico en el cuello de otro Alfa!
Kyo continuó mirando a la anciana con expresión de total consternación.
—Oh. Cierto. Por dentro sigues siendo una Omega. Pero no te preocupes, por fuera ya no. Ahora estás a salvo. Creo... —La Chamana se frotó la barbilla pensativa.
—¿Qué me has hecho? —jadeó Kyo, sintiendo como si la habitación se hubiera queda sin aire de golpe.
—¡Salvé tu vida, por supuesto! ¡Tal como pidió tu padre! —Otro estallido de risa fue la única respuesta a la confusión de la chica. Los nervios de Kyo estaban a punto de romperse; el cacareo constante de la mujer se estaba volviendo insoportable.
—¡Oh, vamos! No pongas esa cara —continuó la Chamana—. He pasado muchos años haciendo poco más que preparar té para resfriados y vacunas contra la rabia. Tedioso y aburrido. Déjame disfrutar ahora un poco. Dime algo más... ¿qué sientes? ¿Sientes algún escozor?