La Chamana se desvaneció en las oscuras profundidades de la estancia, un espacio tan vasto y caótico que la vacilante luz de las velas no lograba alcanzar sus rincones más lejanos. Cuando finalmente emergió, traía consigo un montón de tela. Vistió a Kyo con una camisa blanca —suave, holgada y que resaltaba sobre su piel amoratada— y un par de pantalones resistentes y cómodos. A los pies de Kyo, dejó caer un par de botas de cuero desgastado que se acordonaban hasta las pantorrillas.
—Supongo que no esperas que te las ate yo también —gruñó la Chamana, aunque sus ojos eran más suaves que sus palabras—. Mi tarea termina aquí. Ahora solo me queda esperar a tu madre y a tu tía, pero aún no han aparecido...
Kyo desvió la mirada. No sabía nada del destino de Frida, pero estaba segura de que su madre no cruzaría esa puerta. Aquel Alfa —el de los ojos crueles y olor a incienso— se la había llevado. Kyo cerró los ojos, rezándole a los dioses de Tántadus para que su madre y su tía siguieran respirando.
El peso de su pérdida la oprimía. ¿Quién más quedaba? Su corazón dolía con un pinchazo físico ante el pensamiento de su familia. Su mente seguía regresando a la plaza del mercado, a la imagen de su padre yaciendo inmóvil sobre los mismos adoquines por los que tantas veces había caminado.
—Oh, sobre eso. Quizás pueda hacer una cosa más por ti.
La Chamana se acercó y tomó la mano derecha de Kyo, girando la palma hacia arriba.
—Esta es la línea de la familia —murmuró la anciana, trazando un pliegue profundo con el pulgar. Comenzó a presionar, con el ceño fruncido en concentración—. Bien... ¿eran siete en total? Solo puedo sentir tres pulsos vivos en tu linaje, además de ti. Solo tres supervivientes. No puedo decirte dónde están, solo que siguen vivos en algún lugar.
Kyo retiró la mano violentamente, cerrándola en un puño como si pudiera atrapar físicamente aquellas tres vidas y ponerlas a salvo. ¿Solo tres? No podía ser. Solo había visto caer a su padre. Y bueno Rakla… Rakla había perdido su lucha contra aquel lobo salvaje. Pero... ¿Qué había pasado con Malah? Su madre, su tía... su pequeño Daro. Era imposible. Su familia era fuerte; debieron haber tenido tiempo de esconderse.
Yo estoy viva, pensó, mientras una bilis amarga le subía por la garganta. ¿Por qué yo y no ellos? ¿Cómo puede ser esto justo?
—La muerte no discrimina, niña —dijo la Chamana, acariciando levemente el rostro de Kyo mientras este se contraía en un duelo absoluto—. Ella no elige a sus víctimas; son las víctimas quienes van hacia ella. Y tú... tú has esquivado su sombra.
Los ojos de Kyo se desbordaron. Las lágrimas que había estado conteniendo desde el primer grito en la plaza finalmente rompieron su dique.
Kyo debía ser fuerte —más fuerte que cualquier Alfa— si quería sobrevivir a la mentira que estaba a punto de vivir. La Chamana atrajo a Kyo hacia un abrazo breve y firme, dejando que la chica soltara su dolor entre sollozos. Aún quedaba tiempo. Tiempo para llorar antes de que el mundo exigiera que se convirtiera en piedra.
Cuando los sollozos finalmente cesaron, Kyo se secó la sal de las mejillas con las mangas de su nueva camisa. La Chamana la guio hacia la puerta.
—Y ahora, Kyo... tu camino depende solo de ti.
Era la primera vez que la mujer usaba su nombre desde que despertó. Intentaba infundirle algo de templanza antes de ser arrojada a la intemperie.
—Gracias —respondió Kyo, con la voz seca y hueca.
No era exactamente gratitud lo que le oprimía el pecho, pero el abrazo desinteresado de la Chamana le había proporcionado un ancla momentánea. Salió de la cabaña y descubrió que la lluvia finalmente había cesado, aunque el olor a tierra mojada y descomposición aún flotaba en el aire. El sol había pasado su cenit, comenzando su lento descenso desde el punto más alto del cielo.
—¡Ah! ¡Por cierto! —llamó la Chamana antes de que Kyo pudiera alejarse—. No te has dado cuenta, pero te he cortado el pelo. Puedes agradecérmelo luego.
Con eso, la puerta se cerró con un chirrido, dejando a Kyo sola en el silencio del bosque. Llevó una mano a su cabeza, con los dedos temblando. Los largos y salvajes rizos que se había pasado la vida cuidando habían desaparecido. Su cabello estaba ahora corto, desigual, apenas lo suficiente para que sus dedos se engancharan en los mechones rebeldes. Sintió el impulso de llorar de nuevo. Era algo superficial, pero perder su larga y rizada melena era simplemente la confirmación final: la Kyo que ella había sido, estaba muerta.
Escaneó su entorno, con la mano aun frotando la parte posterior de su cabeza trasquilada. Mientras miraba hacia los árboles, un recuerdo brilló: los ojos ámbar de Zabu durante la cena, observándola con el hambre meticulosa de un depredador.
De repente, su tristeza fue eclipsada por una furia fría y afilada. Aquel Alfa y su despreciable y borracho padre le habían robado todo. Habían aniquilado a su manada, a su familia y a su propia alma sin pensarlo dos veces.
Una decisión cristalizó en su mente, flotando sobre el mar de bilis y rabia. Para encontrar esos tres pulsos supervivientes, no podía ser una víctima. Ser una Alfa ya no era solo un disfraz; era una necesidad. Sabía a dónde tenía que ir. Si intentaba entrar en el campamento del Norte como una Omega, no duraría dos pasos sin ser violada o humillada. Pero como una Alfa... eso era otra historia.
Consciente de que ya no podía tomar su forma de loba para cruzar el bosque, Kyo comenzó a caminar. Cada paso estaba alimentado por el fuego que bombeaba a través de sus venas.
La Chamana la observó desde una ventana pequeña y sucia hasta que el blanco de su camisa desapareció entre el verde.
—Niña —susurró para la habitación vacía—. Espero que seas fuerte. Porque no tienes idea del infierno al que estás a punto de entrar...