Canescens: Sombras de una Traición

Capítulo 21: La prueba de la crueldad

—Calculo más de una veintena de prisioneros Alfa y casi el doble de Omegas —anunció Nasdhir a sus guerreros más fuertes, reunidos en una de las enormes tiendas de mando que se alzaban justo fuera de las puertas de la aldea—. La mitad de nosotros marcharemos antes de que la Luna alcance su punto álgido junto a Shinda al norte. Nos llevaremos a los prisioneros Omega. El resto permaneceréis aquí con Zabu y mi hijo, os encargareis de los Alfas. Os moveréis mañana a primera hora.

El ambiente dentro de la tienda era denso, cargado con el hedor a sudor rancio, cuero húmedo y la sangre que aún impregnaba las ropas de los hombres. El aire vibraba con las feromonas de más de treinta Alfas que acababan de saciarse con el saqueo de todo un clan.

De repente, las solapas de la tienda fueron apartadas violentamente, y un guerrero irrumpió arrastrando lo que parecía un manojo de huesos escuálido y tembloroso.

—Jefe Nasdhir, este pequeño despojo desertor dice que quiere unirse a nosotros.

Nasdhir fijó sus ojos fríos en la Alfa, escaneándola de pies a cabeza con la parsimonia de un depredador que analiza a una presa herida. Notó cómo ella se estremecía bajo su mirada, su ropa demasiado grande y desgastada parecía robada, colgando de su complexión menuda.

—¿Es así? —siseó la pregunta, un sonido que erizó los vellos de la nuca de todos los presentes—. ¿Y qué ganamos nosotros con eso?

—Un par de manos extra para pelear —propuso la joven. Su voz, aunque intentó darle un tono grave y rasposo, traicionó una debilidad que envió una oleada de placer sádico a través de Nasdhir.

El Jefe decidió entonces dar a sus hombres algo con lo que entretenerse mientras esperaban la hora de partir. Sabía que un campamento aburrido era un campamento peligroso, y aquel "despojo" era la distracción perfecta.

—¿Crees que necesitamos tus "pequeñas manos"? —escupió cada palabra con un desdén arrogante que hizo que varios guerreros rieran—. Acabamos de masacrar a todo un clan. El tuyo. Todo lo que dices suena al arrastre desesperado de un perro tratando de sobrevivir.

Nasdhir rodeó la mesa de mando al fondo de la tienda y se apoyó contra ella. Se movía como un lobo al acecho: lento, alerta y mortal. Un brillo juguetón bailaba en sus ojos, pero era un brillo desprovisto de toda compasión.

—Por otra parte, ¿quién soy yo para juzgar? Tan solo soy el jefe de esta manada de asesinos —lanzó una carcajada fría y sarcástica—. Bien. Te daré la oportunidad de demostrar que mereces un lugar en este clan.

Ante una señal imperativa del Jefe Nasdhir, un Alfa salió de la tienda. Se hizo un silencio pesado, roto solo por el crepitar de una antorcha cercana. Minutos después, las solapas se abrieron de nuevo. El Alfa regresó, pero esta vez arrastraba a un joven que temblaba de puro terror, encogiéndose bajo el agarre brutal de su captor.

Era un Omega. Demacrado, de una palidez mortal, con mechones de cabello rubio sucio pegados a la frente. Sudaba profusamente; quizás por el esfuerzo, quizás por la fiebre, o simplemente por un miedo puro y absoluto. Lo arrojaron al suelo frente a la chica. Al ver el delgado y frágil del joven, Kyo sintió una punzada de horror que casi la hace perder la compostura.

El Jefe Nasdhir descubrió al ver la reacción de la joven que esto iba a ser más entretenido de lo que había planeado. Con una sonrisa socarrona grabada en sus facciones afiladas, caminó hacia ellos y se situó detrás del Omega. El muchacho se sacudió violentamente ante la sola sensación de la imponente presencia del Alfa a sus espaldas. Entonces Nasdhir le propinó una patada brutal entre los omóplatos, enviándolo a estrellarse de bruces contra la tierra húmeda del suelo de la tienda. El chico dejó escapar un sollozo bajo y ahogado, como si tuviera miedo incluso de ser escuchado. Kyo sintió que las lágrimas amenazaban con escaparse de sus ojos ante tal violencia y sumisión, pero apretó los puños bajo las mangas de su camisa hasta que los nudillos le quedaron blancos y sus uñas se clavaron en sus palmas, obligándose a mantener la frialdad.

Nasdhir regresó a la mesa de mando del fondo y tomó asiento, listo para el espectáculo.

—¿Bueno? ¿A qué esperas? —cuestionó el Jefe Nasdhir. Y Usando su Comando Alfa, una voz cargada con un poder antiguo y dominador que obligaba al los Alfas de menor rango a la sumisión, bramó—: Viólalo.

El aire abandonó los pulmones de Kyo. Sintió que estaba a punto de desmayarse allí mismo, rodeada por la élite de sus verdugos. Estaba en un aprieto mucho peor que el chico que gemía en el suelo. Estaba a un paso de ser expuesta como una farsa.

No sabía qué hacer. El Jefe había usado el Comando para someterla, pero era físicamente imposible para ella obedecer ese acto específico. Su Omega interior, confundido y aterrorizado, gritaba de miedo en su escondite. Si Kyo hubiera sido un Alfa real, independientemente de su moralidad, se habría visto obligada a cumplir aquella orden por el peso insoportable de la jerarquía. Habría tenido que tocar a ese chico indefenso frente a todos aquellos depravados.

Pero su mayor problema era que no era un Alfa en absoluto; todo aquello era un truco, y ese hecho quedaba cada vez más al descubierto conforme pasaban los minutos. No podía, no podía hacer lo que aquel horrible hombre le pedía. Estaba sola y atrapada en la boca de la bestia.

¿Qué harían mis hermanos?, pensó desesperadamente.

Mientras los segundos pasaban, la sonrisa burlona del Jefe se ensanchaba.

—Soy un desertor... —comenzó ella, luchando contra la fuerza interna irracional que le exigía obediencia—. Me rindo y me pongo a su servicio.

Jadeó, sintiendo cómo el dolor físico de resistirse al Comando Alfa le punzaba dentro del pecho.

—Pero sobre todo... soy un Alfa —se obligó a ponerse erguida, buscando fuerza en el movimiento—. No me humillaré. Deseo unirme a su clan con orgullo e integridad.



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En el texto hay: omegaverse, enemiestolovers, slowburn

Editado: 19.08.2026

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