Canescens: Sombras de una Traición

Capítulo 22: Barro y magnolia

Uri guio a Kyo por el campamento con un agarre de hierro; sus dedos, fuertes y agarrotados, se hundían en su antebrazo como grilletes. Kyo no sabía quién era aquel Alfa, pero a juzgar por la autoridad con la que había irrumpido en la prueba y la insolencia con la que se había dirigido al Jefe Nasdhir, debía de ser alguien con un poder peligroso. Casi la arrastraba, obligándola a dar trompicones sobre el suelo irregular, donde el barro se mezclaba con los restos de un campamento que olía a carne quemada y miedo.

Sin previo aviso, él la empujó al interior de una tienda. El lugar estaba sumido en una penumbra absoluta y Kyo, privada ahora de su visión lobuna, chocó con la espalda del chico cuando este se detuvo en seco.

Uri se giró hacia ella con una fluidez depredadora. Kyo no podía ver con claridad la distancia que los separaba, pero percibía la amenaza en el aire viciado de la tienda: un aroma a tierra mojada, a sudor y a una masculinidad avasalladora que le revolvió el estómago.

—Siendo un Alfa desertor, no te beneficia tener tanto orgullo —la voz de él atravesó el silencio de la tineda, fría y cortante—. Hay poco de lo que enorgullecerse cuando traicionas a los tuyos.

Kyo entrecerró los ojos, forzando su vista, y por fin se encontró con los de él: oscuros y lacerantes, atravesándola como si intentara diseccionarla. Sintió su mirada recorrer cada centímetro de su rostro, indagando, escaneando cada poro de su piel como si buscara alguna flaqueza, una fisura en su máscara de Alfa. Bajó por su cuello embarrado, por la camisa holgada que apenas ocultaba su complexión más menuda, hasta detenerse en el antebrazo, donde aún la sostenía. Pareció tomar conciencia de la presión que ejercía, apretándola con demasiada fuerza, y entonces la soltó tan bruscamente que parecía como si se hubiera quemado.

—¿Sabes quién es ese hombre? —preguntó el muchacho, dando un paso atrás, tomando distancia de ella—. Es el Jefe Nasdhir.

Kyo tembló al oír de nuevo el nombre del Alfa. Recordó entonces que ya había escuchado aquel nombre, no solo hace unos minutos en el interior de la otra tienda, sino horas atrás. Recordó el sonido de su voz durante aquella cena fatídica, la misma en la que él había compartido mesa con su familia, bebido de su vino y comido de las reses de su padre.

La náusea le subió por la garganta al ver, en un destello insoportable, los rostros de sus padres y hermanos, ahora reducidos a un recuerdo que le quemaba el pecho.

—Ganador de cientos de batallas —prosiguió Uri, enarcando una ceja al notar el creciente temblor de la joven—. Comandante de más diez mil lobos y, sobre todo, uno de los hombres que ha reducido tus tierras a cenizas.

Kyo dejó escapar un gemido débil, sentía que no podría aguantar mucho más. Le faltaba el aire y parecía que la tienda se le caería encima. No entendía muy bien a qué jugaba aquel muchacho. La había sacado de las garras de Nasdhir, pero ahora le parecía casi tan sádico como él.

Entonces Uri comenzó a moverse con parsimonia por la estancia, encendiendo varias antorchas con un movimiento seco de muñeca. La luz comenzó a danzar sobre las paredes de piel curtida, revelando un espacio espartano pero imponente: un par de camastros cubiertos con pieles de lobo negro, una mesa de madera toscamente labrada que ocupaba el centro, llena de planos estratégicos, y dos sillas desgastadas. El resto eran armas apiladas —hachas, espadas, dagas— y mapas tachados con tinta negra que indicaban las rutas de los clanes supervivientes.

—O te busco una tarea rápido, o no serás a la única que mate —sentenció el joven, guardando un puñal en su cinto.

Kyo permaneció inmóvil, paralizada por el miedo. Sabía que, ante los ojos del resto, ya no era una Omega; su disfraz de "Alfa roto" era su única armadura. Pero viendo el sadismo que rezumaba aquel clan, ni siquiera así se sentía segura. Recordó las miradas de desprecio en la tienda del Jefe Nasdhir y las depravadas del resto de lobos. Solo esperaba una cosa: no encontrarse con Zabu. Al menos, no hasta tener un cuchillo entre las manos y el valor suficiente para clavárselo en la garganta hasta silenciarle para siempre.

—Ven conmigo —ordenó él, señalando la mesa central—. Limpia mis espadas.

Kyo se acercó, con cautela. Al bajar la vista sobre el metal, el estómago se le revolvió: las hojas estaban manchadas con sangre reseca, un rastro escarlata que pertenecía a su manada, a los lobos sureños. El frío del acero parecía emanar una energía oscura, el último aliento de aquellos a quienes habían arrebatado la vida.

—Y tú… —Kyo apenas encontró su voz, se le hacía extraño romper el silencio—. ¿Quién eres?

—¿Yo? —Él soltó una carcajada seca—. El mejor guerrero del Norte, el lobo negro de la Tundra, al servicio de Zabu y mano derecha de Nasdhir. Y su primogénito.

Qué fanfarrón, pensó Kyo, conteniendo el asco que le provocaba su arrogancia.

La mirada de Uri cambió por un instante, oscureciéndose, una sombra de algo indescifrable cruzó sus facciones, pero ella no lo notó, demasiado concentrada en el rastro de sangre sobre el acero. Él le tendió un trapo de lino grueso y ella comenzó la tarea, apretando los párpados para reunir fuerzas y no colapsar. Uri rodeó la mesa y se situó justo detrás de ella. Kyo se tensó al instante; el hecho de no poder ubicarlo, de no saber qué tan cerca estaba su cuerpo, disparaba sus instintos de presa.

Uri la observaba desde atrás, notando lo pequeña que se veía frente a sus armas, una Alfa que apenas llegaba a la altura de sus hombros. Metió la mano en su bolsillo, apretando el trozo de tela que había encontrado horas atrás en medio de la masacre, impregnado de barro y magnolia.

—Y ahora —dijo él, rompiendo el silencio nuevamente, con una voz que era más un susurro que una orden—, soy tu captor.

—¿Mi captor? —repitió ella, con un hilo de voz.

—Tu amo.

—¿Mi…?

—Bueno, o puedes verme como tu tutor, si eso te asusta menos —rio de forma enigmática, aún a sus espaldas. El sonido recorrió la columna de Kyo, vertebra por vertebra, erizándole el vello de la nuca. Notaba cómo se movía tras ella, como un animal, con una gracia depredadora—. Además, dijiste que querías pelear. Pero para ser una guerrera debes demostrarme primero tu lealtad y que no vas a rajar mi cuello mientras duermo. Quizás entonces te instruya en el arte de la guerra.



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En el texto hay: omegaverse, enemiestolovers, slowburn

Editado: 19.08.2026

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