Caníbal

CANIBAL

Nos conocimos en Navidad, el invierno de mis 23. Cuando mis penas llegaban como cenizas en mis pestañas, cuando los pájaros devoraban con urgencia a las mariposas de mi estómago.

Con ella tuve la oportunidad de ver el amor que no creí recibir de amores eternos.

A mis 17, naufragué en promesas ingenuas de un amor adolescente. Era pelinegra, de apariencia pulcra y aroma a lirios, ¿cuándo supe que eran los lirios?

Como salvajes. Nos lanzamos seguros a los horrores de las primeras veces. Atacando en la oscuridad del futuro incierto.

Quedamos marcados el uno por el otro. Metiendo más miedo del que necesitan dos novatos. Heridos, pero amando. Cuando ninguno de los dos pudo continuar, nos prometimos volver, ilusionados, caminamos a paraísos distintos, de los cuales no hubo regreso.

Creyéndome sabio a los 19, busqué a la rubia. La perseguí y pensé en ganar, pero la espléndida rubia, de postura altiva y tacones negros no caminaba conmigo.

Dormí dulces pesadillas en sus brazos controladores. ¿Quién sabría que mentía? Esa alma de pirita me mentía.

La historia no era de los dos, era Ella… y tal vez yo. Nunca fuimos nosotros dos.

Tremenda rubia, solo me alimentaba de su carmín sintético: bello, brillante, superficial

Un año después me encerré con mis temores. Creí protegerme de los demás, como lo demás. Pero al corazón amable que me acompañaba, las mentiras le sabían a estacas.

Su rostro, no lo recuerdo; su nombre, no creo poder mencionarlo. Solo puedo decir que confundí con garras, las manos que buscaban mostrarme seguridad.

Reabrí las cicatrices de su estómago, las mismas que quiso proteger con sus garras sin intentar herirme.

Cuando terminé el ataque, intenté lavar sus entrañas, pero no estaban. Yo ya las había devorado. No podía salvarla, pero podría dejar de roer. Parar ahí por piedad… o no, era delicioso. La salvé de su noble corazón

El arrepentimiento llego a los 22. Me encontré con la belleza de la cuadra. Una muñeca de risos oscuros, labios cariñosos y piel brillante, apetecibles a mi cuerpo sucio.

En ella busqué castigo sin comprensión, quería mis propios actos devueltos en mi cuerpo. Le conté de la sangre seca que cubría mi piel, le conté de las manos que no dejaron marcas y de los recuerdos pasados.

Esa mujer, me miró con algo que todavía no entiendo, pero no me ataco. Esa mujer no lavó mi cuerpo, ni lo daño. Ella durmió a mi lado, me abrazó dos noches y al tercero se fue dejándome sopa caliente.

Cumpliendo 23 volví a la víctima de mi amor caníbal. La vi recogiendo sus retazos. Me había ido por siglos, pero ella apenas tenía vendas. Intenté cubrirla, ya esperando los golpes de sus huesos huecos. Sin embargo, en vez de espadas encontré una mirada, la suya, llena de un amor imposible de renacer, pero no, no era hacia mí. Aunque yo ya no era el animal de hace dos años, el tiempo pasó y con este, ella y el hombre a su lado crearon el prado de flores que yo no planté. Me recordó que la dejé caer, que decidí comer de ella y que me fui entre promesas.

En el regreso a casa, me di cuenta de que llegué tarde, quise cuidar a quien ahora ya tenía compañía, maldije mi ingenuidad, me odié por creer en posibilidades y deseé morir de hambre.

Ni un ángel libra a quien ya causó dolor. No perdona a quien no busca cambiar y crucifica a quienes no lo hacen.

Me enterré entre la nieve, esperando a que el frío congelara cada pensamiento, esperando a que mi cuerpo alimentara a quien tiene hambre. A la fiera que quiera mis huesos, para mi sorpresa la fiera no era un animal, nunca lo fue.

La fiera tenía cicatrices como yo, me obligó a verla, a verme a mí. No esperó a educarme, pero no se fue. Me levanté y caminé con ella, a su lado, como dos iguales.



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En el texto hay: sangre amor confuso, relación amor

Editado: 25.02.2026

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