Cánida

Lo que persiste en el silencio

La sala de espera del Centro Veterinario San Telmo olía a desinfectante de pino industrial y a ese runrún de perro cagado de miedo que no necesita ladrar para dejar claro que aquí nadie está por gusto. La luz blanca de los fluorescentes caía a plomo, prometiendo limpieza y entregando dolor de cabeza. Martes por la mañana, hora chunga: ni un alma esperando, solo el eco de las patas y el tecleo de la recepcionista, que tecleaba como si le fuera la vida en ello pero sin hacer nada útil.

Marta se dejó caer en una de esas sillas de plástico gris que parecen diseñadas para fastidiar la espalda. Luna, a su lado, se acomodó con esa dignidad de galgo que ni aunque la vida se le venga encima pierde la pose. Tranquila, sí, pero con las orejas en modo radar, por si a alguien se le ocurría abrir una bolsa de chuches a cien metros.

La recepcionista aporreaba el teclado con el entusiasmo de quien cobra por horas y odia cada uno de los sesenta minutos. De vez en cuando lanzaba a Marta una mirada de escáner, calibrando si tenía delante a una clienta de las que leen la letra pequeña o a una que firma para irse antes. El ambiente olía a desconfianza, y no era culpa del perro.

De la consulta salió una mujer arrastrando otra galga, esta más grande y con cara de "sácame de aquí o muerdo a alguien". La dueña ni miró a nadie, tiró para la puerta con la urgencia del que huye de una inspección de Hacienda. La galga iba tiesa, paso entrecortado, como si el suelo fuera lava. Marta sintió ese cosquilleo en el estómago, el radar de siempre. Claro, el pobre animal tiene la culpa. Aquí el único que está tranquilo es el que emite la factura.

—¿Luna? —llamó la recepcionista, esta vez mirándola como si le debiera dinero.

Marta se levantó, Luna detrás, sin rechistar. Cruzaron el pasillo hasta la consulta, donde les esperaba la Dra. Vega: cuarenta y tantos, bata blanca planchada con láser y una sonrisa de las que vienen en el manual de "Atención al Cliente", página doce. El tipo de profesional que te hace sentir que eres el paciente número diecisiete del día, no una persona.

—Buenos días —dijo la doctora sin apartar los ojos de la pantalla. Tecleó, click, ni un saludo decente—. Adopción hace dos años. Todo correcto en el historial. ¿Algún problema reciente?

—No, ninguno —respondió Marta—. Está perfecta.

La doctora levantó la vista, asintió, pero la miró como si estuviera calculando el IVA mentalmente. Dos, tres segundos de escáner. Marta sostuvo la mirada. Aquí no aparta los ojos ni Dios.

—Protocolo estándar —soltó la doctora, rompiendo el silencio—. Voy a llevarla a la sala contigua para completar la revisión.

Antes de que Marta pudiera abrir la boca, apareció una auxiliar joven y se llevó a Luna con un gesto de "esto lo hago todos los días y no me pagan suficiente". Luna fue sin rechistar. Confiada. Giró la cabeza una vez para mirar a Marta, como comprobando que seguía ahí, y luego desapareció tras la puerta. Demasiado confiada, pensó Marta, y se quedó sola mirando la puerta cerrada como si fuera a pasar algo.

—¿Cuánto suele tardar? —preguntó Marta.

—Diez minutos, quince como mucho —respondió la doctora sin girarse—. Es una revisión completa. Análisis rápido, ecografía abdominal, auscultación cardíaca.

—Vaya. Completo sí que es.

—Programa solidario —dijo la doctora con tono de "no me pagan por explicar más"—. Aprovechamos para hacer chequeo exhaustivo. Ahora, si me disculpa, voy a supervisar el inicio de la ecografía. Espere aquí.

Dicho eso, salió por la misma puerta por la que se habían llevado a Luna, dejando a Marta sola en la consulta. El espacio era tan blanco e impersonal que parecía una maqueta. La limpieza era exagerada, casi de quirófano de película de ciencia ficción. Sacó el móvil y, con afán de dejar constancia de la pulcritud y la limpieza de las instalaciones y comentarlo más tarde con Máximo, hizo algunas fotos rápidas al mobiliario, al armario metálico, a la mesa. A ver qué te parece este nivel de pulcritud, pensó.

Desde la sala contigua llegó un zumbido mecánico, de esos que suenan a "esto va a costar dinero", pero aquí era gratis. Después, silencio.

Marta miró el reloj. Ocho minutos. La puerta se abrió y Luna volvió. Caminaba más lenta, con ese paso de quien se ha echado una siesta de las que te dejan tonto. Parpadeaba como si la luz le molestara. Se acercó a Marta y se sentó, pero tardó un segundo más de lo normal en acomodarse.

Marta le acarició la cabeza, pasó la mano por el lomo. Luna movió la cola, pero sin ganas. Como si le hubieran bajado las pilas.

—¿Le habéis dado algo? —preguntó Marta, mirando a la doctora con cara de "no me tomes por tonta"—. Está como atontada.

La Dra. Vega guardó algo en un cajón antes de responder.

—Sedación muy suave para la ecografía. Es protocolo cuando el animal se pone nervioso. Nada preocupante, se le pasará en una hora.

Marta asintió, pero la respuesta no colaba. Luna nunca se ponía nerviosa en el veterinario. Nunca.

—Todo perfecto —añadió la doctora con la misma sonrisa de antes—. Vuelvan si notan algo inusual.

Marta no dijo nada. Pasó por recepción —bueno, firmó un papel que decía "revisión solidaria gratuita, convenio protectora"—, salió con Luna hacia el coche aparcado a cincuenta metros. El aire de agosto era denso, pegajoso, pero al menos no olía a desinfectante.

Ya en el coche, Luna se tumbó en el asiento trasero y cerró los ojos como si le hubieran dado el día libre. Ni miró por la ventanilla, cosa que siempre hacía. Marta arrancó, ajustó el retrovisor para vigilarla, y condujo en silencio.

El semáforo de la esquina cambió a verde. Marta aceleró, dejando atrás el Centro Veterinario San Telmo con su asepsia de hospital y su zumbido mecánico de fondo. Luna seguía dormida en el asiento trasero, respirando con ese ritmo pausado que Marta conocía de memoria. Pero el olor a desinfectante se le había pegado a la ropa, y no se lo iba a quitar con una ducha.




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