Cánida

La pieza suelta

Después del café tocaba paseo largo, de los de sábado. En la calle, el olor a pan recién hecho de la panadería se daba de hostias con el de café quemado del bar de siempre. Un clásico. Se repartieron las correas sin hablar, pura memoria muscular. Marta le pasó la de Luna.

—Te toca el radar fino.

—Faltaría más —respondió él, y se agachó para ajustarle el arnés con ese cuidado de los que ya no necesitan manual de instrucciones—. A ver, señora agente, todo en orden.

En el parque, la hierba mojada por los aspersores olía a barro y a césped recién cortado.

—¿Ordenaste los tuppers? —preguntó Marta—. El armario parece la matanza de Texas, pero en plástico.

—Está en la lista —contestó Máximo—. Justo después de ‘resolver el hambre en el mundo’ y ‘aprender a doblar las sábanas bajeras’.
Ambas con la misma probabilidad de éxito: cero. Ella soltó una risita y le arregló el cuello de la camiseta. Él le pasó la mano por la espalda, un gesto de esos que no anuncian nada y lo calman todo.

La vuelta a casa fue el ritual de siempre. Los perros se bebieron medio cuenco de agua cada uno y se desplomaron en el sofá como si hubieran corrido una maratón. Cero dramas. Máximo puso una lavadora mientras Marta recogía las tazas del desayuno. Luego se quedaron apoyados en la encimera de la cocina, mirando por la ventana, en ese silencio cómodo de los que ya se lo han dicho todo por hoy y no necesitan añadirle subtítulos a la mañana.

La tarde transcurrió sin sobresaltos. Marta preparó la cena mientras él ordenaba fotos en el portátil y recogía un poco el salón; Luna iba de un lado a otro del piso, como si buscara algo que no estaba, pero era su rutina de siempre. Normalidad pura y dura.

El paseo de última hora fue breve. Luna tiraba de la correa con la impaciencia habitual de la última salida del día, mientras Ciro olfateaba cada esquina como si el barrio necesitara su visto bueno antes de irse a dormir. De vuelta en casa, se apalancaron en el sofá a ver uno de esos documentales de crímenes reales que estaban de moda.

—Si alguna vez desaparezco, no dejes que me busquen estos —dijo Marta, señalando con la barbilla a los dos detectives de la tele, que parecían más perdidos que un pulpo en un garaje—. Llama a Mamen, que es más espabilada y ya me ha sacado de un par de marrones con perros y gente chunga.

Máximo soltó una carcajada.

—Anotado. Le compro un chaleco del CSI.

El resto del día transcurrió sin más incidentes. Por la noche, mientras recogían la cocina, Máximo le pasó un trapo a una mancha de la encimera que llevaba allí dos días.

—Oye, esto no sale —dijo, frotando con ganas.

—Eso es que no usas la técnica adecuada —respondió ella, quitándole el trapo con un gesto teatral— Requiere la presión justa y un movimiento envolvente. Es todo arte.

Máximo soltó una carcajada mientras la veía frotar exactamente igual que él.

—Lo que tú digas, artista.

La mancha, por supuesto, no salió.

Se metió en la cama antes que nadie, por si colaba. Ingenuidad. El cerebro tenía planes: repasar la montaña de tuppers sin tapa, la mancha que ni con baile ritual salía y la estadística absurda de calcetines viudos. Así, en bucle, lo de siempre: minucias sin importancia, insomnio con solera. Se giró otra vez, convencida de que la próxima postura sería la buena. Spoiler: aún quedaba rato de pelea.

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El lunes no perdonó: sol a medio gas y ganas de volver a la rutina, cero. Marta salió del portal con paso mecánico y las dos flexis, repasando mentalmente la lista de la compra que nunca recordaba entera. Luna, a su izquierda, olisqueaba las baldosas como si leyera titulares invisibles en braille oloroso; Ciro, a la derecha, trotaba con ese aire de guardia jurado con resaca, marcando cada árbol como si fuera un sello de aduanas.

Tomaron la calle peatonal de siempre, esa donde los martes huele a croissant requemado y los jueves a cloaca caprichosa. Todo normal, dos jubilados peleaban por el banco soleado, el repartidor de pan aún bostezaba en la furgoneta y el mundo parecía en pausa. Hasta que llegaron a la esquina ciega con la avenida principal que acaba en el parque canino.

Sin aviso, ni ladrido ni gruñido, Luna se lanzó a la izquierda justo antes de que Marta doblara la esquina. El tirón fue seco, la hizo dar un traspié. Ciro, pillado por sorpresa, soltó un bufido y quedó con la correa tensa en diagonal.

En ese mismo instante, un patinete eléctrico dobló la curva a toda velocidad y pasó rozando. Veintitantos por hora seguro, ni un ring-ring de cortesía. El chaval ni se giró. La empatía no venía de serie con el patinete.

—¡Mira por dónde vas, gilipollas! —le gritó Marta a su espalda, con el corazón desbocado. Me cago en tus muertos, niñato.

Se agachó y acarició el cuello de Luna, que no parecía afectada en absoluto. Buen reflejo, pensó, intentando calmarse. O suerte. Los perros son así, tienen mejores reflejos que las personas. Pero algo en el timing, en cómo Luna se había movido antes de oír o ver nada, le dejó un cosquilleo incómodo. Luna le lamió el dorso de la mano y siguió adelante, como si nada.

El paseo continuó sin más incidentes. Marta se dijo que estaba exagerando, que los perros hacen esas cosas. Reflejos, sentidos, instinto, lo que sea. Nada del otro mundo.

Esa tarde, Marta intentó pintar un rato, pero no había manera. Se plantó delante del lienzo con el pincel en la mano y la cabeza en la esquina del patinete. Después de diez minutos de mirar el blanco, lo dejó estar. Algunas tardes era mejor no forzar el arte.

Al día siguiente por la tarde, salió con los perros pasadas las dos. Misma calle, mismos dos perros. Al aproximarse a la avenida principal, Luna se plantó de golpe. Patas ancladas, cola baja, orejas hacia atrás. La parada en seco de la galga tensó la correa y obligó a Marta a frenar también, provocando un tirón en el flexi de Ciro. El perro, que avanzaba embalado hacia un seto prometedor, olfateó el aire y lanzó un gruñido corto, puro aviso de barómetro perruno. Un semáforo mudo para ellos solos. Marta tiró suave de ambas correas.




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