Cánida

El mundo según Luna

El apartamento huele distinto últimamente.

Marta duerme en el sofá, pero su sueño no huele a descanso. Su respiración es corta, entrecortada, y su sudor arrastra una nota metálica que antes no estaba, agrio y denso, el tipo de olor que precede al miedo verdadero. Máximo está pegado a ella, y de su boca llega un aliento ácido por el café de hace horas, mezclado con esa nota agria de la preocupación que lo impregna todo.

Ciro duerme en su cama cerca de la ventana, pero su cuerpo no está tranquilo. Las glándulas anales activas liberan ansiedad en oleadas sutiles. El pelo del cuello erizado sin motivo visible. El hermano de manada está inquieto. Hay un peligro que no hace ruido.

Luna levanta la cabeza. El corazón de Marta late irregular, golpea como un tambor desordenado que no encuentra su ritmo. Cada sacudida hace vibrar algo invisible entre ambas, un hilo que se tensa y afloja según el pulso. Luna lo siente en el pecho, en las orejas, en la base del cráneo, donde todo empieza.

Se incorpora despacio, apoya el hocico sobre el pecho de Marta. El hilo se tensa, vibra con más fuerza, devuelve un eco de calma efímera que dura apenas tres latidos antes de deshacerse.

Los recuerdos olfativos vienen superpuestos, capas de información que se apilan como hojas húmedas: orina de perro joven tres horas atrás en el parque, grasa de diésel en el bordillo de la avenida, paloma con miedo ácido posada en el alféizar del portal. Cada olor tiene textura, peso, dirección.

Dos calles abajo, una bicicleta pasa en este momento. La vibración del suelo llega primero, un temblor mínimo que asciende por las patas, una fracción de segundo antes de que el zumbido metálico de la rueda alcance los oídos. Así funciona siempre: el mundo anuncia lo que va a pasar antes de que pase.

Esa mañana, cuando Marta quiso cruzar la avenida principal, Luna captó algo más denso. Un rastro químico punzante que flotaba desde dos direcciones distintas, mezclado con el olor a goma quemada de los neumáticos y el metal oxidado de las tuberías subterráneas y bajo el asfalto, un zumbido agudo, casi doloroso: el chirrido ultrasónico del metal fatigado cediendo milímetro a milímetro. Los humanos no lo olerían hasta horas más tarde, cuando el gas ya hubiera invadido las calles y las sirenas comenzaran a sonar. El rastro químico desencadenó una respuesta automática: cortisol, tensión muscular, el impulso ciego de arrastrar a Marta en la dirección opuesta.

Marta tiró de la correa hacia esa calle con su habitual insistencia cariñosa. Luna plantó las patas, tiró hacia atrás con fuerza, gimió desde lo más profundo del pecho. Ciro se detuvo también, orejas bajas, pero su olfateo era diferente: superficial, confuso, buscando lo que Luna captaba y él no encontraba. El olor a desconcierto brotó de sus glándulas, ese matiz acre que aparece cuando un perro no entiende la alarma de otro. Marta cedió al fin, eligió el otro camino. Los músculos de Luna aflojaron entonces, la respiración volvió a su ritmo, el cortisol se disolvió en alivio tibio.

Ahora, en la penumbra del salón, el sudor de Marta cambia otra vez. Más ácido. Miedo denso. Su respiración irregular arrastra un olor metálico que Luna conoce bien: es el mismo que desprendía aquella tarde en la clínica, cuando la habitación blanca olía a limpio falso, a ese químico que pica en la nariz, y el zumbido de una máquina le vibraba dentro del cráneo.

Luna se acurruca más contra Marta. Lame una vez su mano salada y familiar, ese sabor que es hogar y certeza. El hilo vibra más fuerte, como dos cuerdas resonando a la misma frecuencia. Confusión. Amor. Pánico. Todo fluye hacia Luna en oleadas que no entiende, que no puede nombrar, pero que recibe como si fueran propias.

Debe proteger a la manada. Aunque no entienda la amenaza. Aunque el peligro no tenga forma ni olor ni dirección clara. Debe proteger. Siempre.




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