Cánida

La grieta

Máximo ya estaba en la cocina. Marta entró descalza, sin saludar, y se dejó caer en la silla con el peso de quien ha dormido poco. Él lo pilló al vuelo: remató el desayuno, llenó los cuencos de Luna y Ciro y llevó las tazas al salón.

—¿Dormiste algo? —preguntó Máximo, en voz baja.

—No —respondió ella—. No eran mis sueños.

Él no insistió. Se sentó frente a ella con la tostada y mordió sin ganas. La tele farfullaba noticias de fondo, ruido para llenar el hueco.

Marta dejó la taza en la mesa e inspiró hondo, como quien por fin decide decir lo que lleva todo el rato evitando.

—Lo de la fuga de gas de ayer… no fue casualidad —dijo, con la voz tan baja que era casi un susurro—. Luna se paró en seco. No quería pasar por esa calle. Y yo sentí una certeza absoluta de que algo iba mal, de que teníamos que irnos de allí. Era ella, Max. Lo sabía.

Máximo dejó la tostada en el plato y la miró, atento.

—No fue coincidencia, Max —insistió Marta, alzando la vista para forzarlo a sostenerle la mirada—. No después de lo del patinete y de cómo se adelanta a tus llegadas. Siento que ella, de alguna forma, lo sabía.

—Vale —respondió él, sin subir el tono—. Te quedaste con mala espina y hoy vas con el sueño cruzado. Estoy contigo. Dime qué necesitas.

Máximo alargó la mano y le rozó los nudillos, breve, sin insistir. La tensión seguía ahí, pero menos afilada.

Me está intentando cuidar a su manera, pensó Marta, con el cansancio latiéndole detrás de los ojos. Ojalá supiera explicarlo sin sonar a película.

Máximo miraba su taza de café, la mandíbula ligeramente tensa. No quiero que esto te coma y no sé cómo ayudarte sin meter la pata, pensó. Aguanta, acompaña, y ya veremos.

Marta apoyó la taza y se frotó la sien.

—Voy a pedir cita con el médico —dijo, sin dramatismo—. Estos calambres, las noches en blanco y las pesadillas raras… prefiero descartar algo neurológico y quedarme tranquila.

—Te acompaño si quieres —respondió Máximo.

No había mucho más que decir por ahora.

Máximo se levantó, recogió las tazas y, antes de irse, le apoyó la mano en el hombro y le dio un beso en la sien.

—Si quieres, la pido yo —dijo en voz baja.

—Gracias, la pido yo. Prefiero escribirle al Dr. Vila y coger un hueco —respondió Marta.

En la cocina dejó las tazas, volvió con el móvil y le dejó la agenda abierta sobre la mesa. Luego bajó el volumen de la tele y se fue a su rincón. Atendió una llamada.

Marta se quedó un momento en la mesa, escuchando el murmullo y el tecleo al fondo. El café se enfriaba, pero la decisión ya estaba tomada.

----

El resto de la mañana fue una tregua silenciosa. Máximo se enterró con sus reuniones y Marta se quedó en el sofá, con el portátil sobre las rodillas pero sin teclear. A mediodía, en un receso en el que consiguió quitarse los cascos, él giró cabeza para dirigirse a Marta.

—Oye, ¿pido algo para comer o tiro de lo que hay en la nevera? —preguntó, con ese tono de quien no pregunta por la comida, sino para tantear el terreno.

—Me da igual, Max. De verdad —respondió ella sin levantar la vista del salvapantallas—. Lo que sea.

—Vale. Pues preparo yo algo.

No hubo más conversación. Él preparó una ensalada y comieron con el telediario de fondo, hablando de una noticia sobre el tráfico para no hablar de lo importante. El día se fue deshaciendo así, en una sucesión de gestos cotidianos que mantenían la normalidad a flote por pura inercia.

Cuando llegó la noche, la casa se quedó en silencio y Marta supo que ya no tenía más distracciones. Empezó a ordenar una pila de papeles de la mesa del salón, más por mantener las manos ocupadas que por un ataque de orden repentino. Y allí, entre un recibo del seguro y propaganda de un supermercado, estaba el informe de la última visita al veterinario.

Le echó un vistazo al pasar: "coste cero". Pensó que sería un formalismo o un gesto de la clínica. A punto estuvo de dejarlo en el montón de cosas por revisar hasta que, en la letra pequeña, apareció un nombre de empresa: «Silex – Programa de Colaboración Veterinaria».

Frunció el ceño. ¿Eso qué era, un patrocinio, un tema de becas, marketing? Lo dejó sobre la mesa mientras iba y venía haciendo tiempo en el salón, pero la pulga ya estaba instalada.

Cuando volvió a sentarse cogió el rotulador y marcó la palabra “Silex”, sin buscar grandes revelaciones, solo por curiosidad. Abrió el portátil, buscó “Silex”. La pantalla devolvió lo de siempre: propaganda corporativa, laboratorios tan blancos que dolían a la vista y sonrisas de banco de imágenes de gente demasiado feliz para tener un trabajo real. Promesas de futuro con palabras que pesaban menos que el aire.

—Altruismo corporativo —bufó, con la certeza del que huele la letra pequeña a kilómetros. Cerró la pestaña.

El salón fue perdiendo luz. Luna dormía a ratos, alternando temblores medio cómicos con patadas fantasma. Marta dejó el portátil a un lado. Repasaba papeles, abría pestañas nuevas y se obligaba a no hacer recuentos. Cuanto más huía del runrún, más lo tenía encima.

Máximo asomó la cabeza, le lanzó una mirada de esas que solo preguntan si va a venir pronto.

—¿Vas a poder dormir?

—No sé. Quizá sí. Ahora voy yo.

—Nada urgente, vale.

No preguntó más. La puerta del dormitorio se cerró con ese clic que ya era rutina. Marta se quedó sentada, lo bastante cansada como para no pretender tenerlo todo bajo control. La noche, de momento, no traía respuestas.

Ya de madrugada, con la batería del portátil a punto de morir, Marta se desplomó en el sofá. Luna apoyó la cabeza en su regazo. Era el gesto de siempre, el que podía significar cualquier cosa, desde «estoy contigo» hasta «¿hay salchichas?». Marta le acarició las orejas sin pensar. Solo sentía el peso del cansancio y la certeza de que esa noche tampoco iba a dormir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.