Los días siguientes pasaron con una calma de mentira. El piso recuperó sus ruidos habituales, pero el silencio de fondo había cambiado de textura. Ya no era paz, era una tregua armada. Se movían por la casa con un cuidado nuevo, como si el suelo estuviera sembrado de cristales invisibles. Máximo había aparcado sus audiolibros y sus proyectos mentales; estaba ahí, a secas, y esa presencia silenciosa pesaba más que cualquier conversación.
Durante el paseo, esa sensación de calma frágil se rompió. La normalidad del parque —los mismos jubilados, los mismos perros— parecía un decorado a punto de caerse. Marta sintió un cosquilleo en la nuca, esa alarma primitiva que te avisa de que no estás sola, de que alguien te observa.
Un tipo con una gorra de publicidad genérica —un logo insulso de una empresa de logística que no recordaría ni su puto dueño— estaba sentado en un banco. No la miraba directamente, pero su postura era demasiado rígida, como si estuviera posando para una foto que nadie le iba a sacar. Tenía la espalda recta y las manos en las rodillas, tieso como un maniquí.
Marta lo miró de reojo. ¿Y este gilipollas?, pensó, más por costumbre que por otra cosa. Pero al pasar por su lado, tuvo un flash. Un momento. A este tipo creo que lo vi ayer. O antes de ayer. La misma gorra, la misma pose de estar esperando el autobús en una parada que no existe. O a lo mejor todos los que se sientan en ese banco son clones. Descartó la idea. Era demasiado pronto para empezar a pensar en clones.
Esa tarde, mientras limpiaba los cristales de la terraza, algo le llamó la atención abajo. No fue la furgoneta blanca sin logo, que llevaba un par de días aparcada en el mismo sitio. Al principio pensó que era de algún obrero o de un vecino nuevo. Lo que le hizo detener el trapo a medio camino fue ver al tipo de la gorra —el mismo gilipollas que se sentaba en el banco en plan maniquí— salir de ella, dar un rodeo y volver a meterse dentro.
Se quedó quieta, con el trapo húmedo en la mano. Vale, ahora sí que no es casualidad. La furgoneta ya no era un trasto anónimo, ahora tenía un tripulante. Y era el mismo que se sentaba en los bancos como un maniquí.
Dejó el trapo y entró al salón. Desde la ventana, el ángulo era peor, pero la furgoneta seguía ahí, inerte. Sacó una foto con el móvil y forzó el zoom digital hasta que la imagen reventó en un mosaico de píxeles. La matrícula era ilegible. Daba igual. Era algo a lo que agarrarse. Una prueba de mierda, pero era su prueba. La guardó en una carpeta nueva que llamó "Cosas raras".
Al día siguiente, volviendo de comprar, lo vio otra vez. El hombre de la gorra, cerca del portal, hablando por el móvil. Al cruzarse con su mirada, el tipo se giró y se alejó con un paso rápido que solo delataba urgencia. A Marta se le revolvió el estómago.
Esa noche, Máximo la encontró mirando por la ventana del salón a oscuras.
—Ahí sigue la furgoneta —dijo ella en voz baja.
Él se acercó y se puso a su lado, mirando también. No dijo "hay mil furgonetas blancas". Se quedó en silencio, observando.
—Y el tipo de la gorra estaba en el portal cuando he vuelto. Se ha largado en cuanto me ha visto —añadió ella. El cansancio le aplanaba la voz.
Máximo suspiró, un sonido largo y pesado. No era un suspiro de impaciencia, sino de agotamiento.
—Marta, sé que le estás dando vueltas —empezó, eligiendo las palabras con cuidado—. Y no digo que no veas lo que ves. Solo digo que estás en alerta máxima. Tu cerebro ahora mismo busca patrones, es normal. Después de lo de anoche...
—¿Crees que me lo invento? —su voz no sonó cabreada, sino infinitamente cansada.
—Creo que necesitas descansar. Y que vayamos al médico. Lo que te dijo el Dr. Vila. Primero descartar lo de dentro. Si después de eso, las furgonetas y los tipos con gorra siguen ahí, te juro que empapelo el barrio con sus fotos. Pero un paso detrás de otro, ¿vale?
Marta no respondió. Se apartó de la ventana y se sentó en el sofá. Ciro, que dormitaba a sus pies, levantó la cabeza y le apoyó el hocico en la rodilla. Ese gesto simple, ese calor animal sin preguntas, fue lo único que la ancló un poco. Máximo se quedó de pie, sin saber si sentarse a su lado o dejarle espacio, atrapado en esa tierra de nadie que se abre cuando el amor no es suficiente para arreglar las cosas.
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El ambiente en casa se había vuelto irrespirable. No era cabreo, era algo mucho peor: el puto cuidado. El esfuerzo de Máximo por estar presente sin cagarla y el de ella por aguantar el tipo sin mandarlo a la mierda. Esa coreografía silenciosa de "no te preocupes, estoy bien" y "si necesitas algo, me dices" le pesaba en la nuca mientras caminaba hacia la consulta del Dr. Marcos Vila. Había dejado a Máximo en casa con los perros porque necesitaba, al menos por una hora, un descanso de tanto teatro.
Había optado por una consulta privada en lugar de la seguridad social por varias razones. La principal: no quería que su historia quedara en un sistema cualquiera, ni que la miraran raro en el centro de salud. Además, conocía al Dr. Vila desde hacía años; confiaba en su discreción y en su mente abierta. Si alguien podía ayudarla sin tacharla de loca de inmediato, era él.
La consulta de Marcos Vila no parecía la de un médico. Paredes color crema, cuadros de paisajes que no ofendían a nadie y un olor a lavanda que debía de venir de un ambientador caro. El tipo de sitio diseñado para que te relajes antes de soltar la bomba.
Marta entró con paso firme, aunque por dentro era un manojo de nervios. Se sentó en la silla frente al escritorio de roble, sus dedos jugueteando inconscientemente con el borde de su chaqueta.
—Marta, cuánto tiempo —saludó el Dr. Vila con una sonrisa cálida—. ¿Qué te trae por aquí?
¿Cómo explico esto sin sonar completamente loca?, pensó Marta, tomando una respiración profunda. El nudo en su estómago se apretó un poco más.
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Editado: 09.02.2026