Cánida

La prueba irrefutable

Máximo había dormido cuatro horas. Quizá menos. Las medidas de seguridad que había montado la noche anterior le habían dejado la misma sensación con la que volvía a casa después de pelear con un bug de un cliente, un ticket abierto que no le dejaba en paz, repasando rutas y estados en la cabeza aunque el cuerpo intentara descansar. A las siete de la mañana ya estaba en su rincón del salón, portátil abierto, preparándose un café que acabaría olvidando junto al teclado. La luz natural entraba por las ventanas con esa claridad de septiembre que engaña, como si los problemas fueran más fáciles de resolver a plena luz. Spoiler: no lo eran.

Marta apareció en el marco de la puerta de la cocina con la cafetera en la mano.

—¿Algo?

Máximo no levantó la vista de la pantalla.

—Paciencia. Esto lleva tiempo.

Ella no insistió. Volvió a la cocina y él escuchó el tintineo de la taza contra el plato, el agua corriendo, el silencio funcional de dos personas que llevan años juntas y han aprendido que no todo hueco necesita palabras. A veces, el café basta.

Máximo tamborileó los dedos sobre la mesa. Si San Telmo es fachada, habrá rastro legal. Sociedades, administradores, vínculos corporativos. Siempre hay rastro. Abrió el navegador en modo incógnito y tecleó con precisión: "Centro Veterinario San Telmo registro mercantil".

Los resultados aparecieron en menos de dos segundos. Sociedad limitada, constituida hacía ocho meses, domicilio fiscal en un polígono industrial de Las Rozas. Máximo anotó en su libreta con letra apretada: "San Telmo SL - 2024-01 - Polígono Las Rozas". Luego tachó la fecha y la reescribió correctamente. Los detalles importaban.

Cambió de búsqueda. "Silex Biotecnología contratos públicos España". La pantalla se llenó de resultados: licitaciones, subvenciones de I+D, convenios con universidades. Demasiado limpio. Demasiado oficial. Cruzó los datos con otra búsqueda: "Silex + programas bienestar animal".

Página tras página de resultados genéricos. Hasta que en la página cuarenta y siete de Google —porque nadie mira más allá de la tercera, salvo los obsesivos y los desesperados— encontró un PDF enterrado: "Convenio colaboración Silex-Protectoras 2023".

Lo descargó, lo abrió con el lector, buscó la palabra clave "San Telmo".

Nada. Pero el documento mencionaba "clínicas asociadas" sin especificar nombres. La estructura legal coincidía: sociedades pantalla, financiación indirecta, negación verosímil si algo salía mal.

Volvió al registro mercantil. Buscó los administradores de San Telmo SL. Administrador único: Dr. Héctor Montero. Abrió otra pestaña, buscó "Héctor Montero Silex". Ahí estaba: el mismo nombre aparecía en la web corporativa de Silex como "asesor veterinario externo".

Máximo tecleó más rápido, conectando puntos con esa claridad que solo llega cuando las piezas encajan solas. Ahí está. San Telmo es pantalla de Silex. ¿Pero por qué usar clínica externa? ¿Negación verosímil si hay problemas? ¿O hay más clínicas en la red, todas operando bajo el mismo modelo?

Buscó "Silex financiación programas solidarios veterinarios". Encontró una nota de prensa corporativa, tan impecable y vacía como el alma de un algoritmo de marketing: "Silex impulsa bienestar animal con red de clínicas colaboradoras".

—Bienestar animal —dijo en voz alta, con ese humor seco que usaba cuando la realidad superaba cualquier ficción—. Qué bonito. Como cuando las tabacaleras financiaban estudios sobre los beneficios del tabaco.

Marta se acercó con su café, miró la pantalla por encima de su hombro.

—¿Lo has encontrado?

Máximo giró el portátil hacia ella para que viera los resultados.

—San Telmo es de Silex. O al menos, Silex paga las facturas.

Capturó las pantallas con movimientos rápidos, guardó los PDFs en una carpeta que había creado esa misma mañana: "Evidencia_Silex". Luego cerró el portátil y se recostó en la silla, mirando al techo como si las respuestas estuvieran escritas en el gotelé blanco. Ahora sabemos quién. Falta saber por qué. ¿Qué coño quiere de nosotros una empresa de biotecnología? ¿Mis datos? ¿Algo del trabajo de Iker?

—Necesitamos más —dijo, sin apartar la vista del techo—. Esto prueba que Silex está detrás del veterinario y que nos están vigilando. Pero no explica el porqué.

Marta se sentó a su lado, con la taza entre las manos.

—Paso a paso. Ya es más de lo que teníamos ayer.

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Máximo cerró el portátil y fue a la cocina como un autómata.

—Hay que comer algo —dijo, más para oír su propia voz que por hambre.

Prepararon sándwiches en silencio. Se sentaron. Ninguno de los dos probó bocado.

—¿Por qué? —soltó Máximo al fin, mirando el plato—. ¿Por qué coño nos vigila una empresa de biotecnología? ¿Es por mi trabajo? ¿Por Iker? No tiene puto sentido.

—No es por tu trabajo, Max —dijo Marta, con una calma que no sentía—. La clínica. La sedación de Luna. El QR. Todo empezó ahí.

Máximo la miró. No había escepticismo en sus ojos, solo un desconcierto profundo.

—No lo entiendo, Marta. No... no puedo conectar eso. Una cosa es que nos espíen, que es un delito de cojones. Y otra es... ¿qué? ¿Que lo hagan por la perra? Suena a locura.

—A mí me sonaba a locura tener sus sueños metidos en mi cabeza —replicó ella, sin acritud, solo exponiendo los hechos—. Y ahí estaban.

Se hizo un silencio denso. Máximo se pasó una mano por la cara, agotado.

—Vale. No lo entiendo. Pero te creo —dijo al fin—. Pero no tenemos nada. Solo una empresa que nos espía y una perra que... hace cosas. No podemos mover un dedo sin más información.

Fue entonces cuando Marta levantó la vista del plato.

—La protectora —dijo en voz baja—. Carmen.

Máximo asintió despacio, procesándolo. Era un hilo. Débil, pero era un hilo. Marta cogió el móvil de la encimera y marcó, poniendo el altavoz. El tono de llamada sonó extrañamente alto en la cocina silenciosa.




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