Selene había comido helado como nunca en su vida. Quizás el que se le congelara el cerebro haría que dejara de funcionar para siempre o mejor, se arreglaría y volvería a la normalidad, eso sin duda le serviría para dejar de pensar en Ava.
Desde antes del suceso con su amiga sus padres le habían estado insistiendo que fuera a la iglesia, llevaba como tres o cuatro semanas que no iba, por alguna razón había perdido las ganas asistir. Pero ahora tenía una razón para ir, no una buena y mucho menos una situación que nunca se le había pasado por la cabeza.
Selene se había confesado tantas veces en su vida. Desde sus ocho años lo había hecho, la primera vez fue antes de su primera comunión, luego de eso, perdido la cuenta de cuantas veces iba a la iglesia con el único propósito de confesarse por alguna acción o pensamiento. El vago recuerdo que tiene de su última vez en la iglesia y en el confesionario fue unos días después del tercer aniversario de la muerte de su abuela.
En la última semana, había ido a confesarse alrededor de seis veces. No está bien mentir, ella lo sabía y hacerlo en la iglesia tampoco iba con sus creencias, pero tampoco podía decir al padre la razón verdadera por la que había estado yendo tan seguido. Así que había tenido que inventar cosas malas, que si había hecho, sin embargo, todas estas fueron hace mucho tiempo y con esas cosas si estaba en paz.
Estar en su casa no era una buena opción, pasar todo un día completo acostado en la cama o en el sofá o en cualquier otro lado de su casa, rodeada de todos sus pensamientos y algunos recuerdos con su amiga, no la haría sentir mejor. Al menos en su iglesia podía charlar un poco con sus amigas del coro, conocidos y de esa forma desestresarse y alejarse un poco de su realidad.
La iglesia era su primera y única opción, no salía para ningún otro lado que no fuera allí o a su escuela y tenía claro que se iba a aburrir si fingía que estaba enferma para no ir. Se alejó un poco de la conversación que estaba teniendo las chicas del coro, sacó su teléfono y casi que temblando le marco a un amigo, la última persona a la que debería haber llamado.
Había conocido a su amigo hacía algunos años cuando él todos los sábados y domingos a hacer sesiones como acolito. Fueron amigos por un breve periodo de tiempo, a ella no le gustaba que sus amigos, familiares o las mismas personas de la iglesia fueran cariñosos con ella, y, luego de saber que Yeison gustaba de ella, decidió alejarse.
¿Por qué llamarlo ahora le parecía una buena idea? ¿Arreglaría algo eso? ¿Un beso de él estaría mejor que uno de su amiga?
—Tan guapa como siempre. —Yeison se levantó de la acera al verla llegar.
El chico intentó saludarla de un beso en la mejilla, pero se alejó inmediatamente. Intentó ignorar la incomodidad desviando su atención, saludó a una monja que estaba sentada a las afueras de la iglesia y posteriormente se persignó.
Llevaba la cuenta, era la décima vez que lo hacía en el día y se seguía sintiendo desprotegida.
***
Las multitudes eran algo que siempre habían hecho que Ava se sintiera observada, pero tenía que hacer comprar con su hermano y no tuvo remedio que aceptar e ir al centro comercial a comprar algunas cosas para la casa. Eso y que su hermano siempre le compraba lo que le pedía, no podía desaprovecharlo cuando él estaba tan de buen humor.
—Puedes hablar, lo sabes, ¿cierto? —Su hermano le dio un repentino abrazo y un beso en la frente.
Ese tipo de muestras de afecto no era normal en ellos, usualmente siempre se decían groserías, se iban a los golpes suaves o cosas así, cuando eso no pasaba, significaba que realmente algo malo pasaba entre ellos. Se encogió de hombros y siguió caminando a su lado, realmente tenía ganas de llorar y su con su hermano en casa no podía hacerlo, no sin que él hiciera alguna pregunta.
—Me preocupas. —Tener su brazo sobre ella la hacía sentir un poco reconfortada. —Tengo miedo de que estés pasando por algo malo y no me lo cuentes... Sabes que siempre puedes hablar conmigo o no sé como mamá o un amigo o alguien.
—Preferiría una psicóloga en ese caso. —Sonrió para que no se le saliera su voz entrecortada. —Pero en serio, estoy bien.
Ava sentía que si pronunciaba alguna palabra de lo ocurrido con Selene se desplomaría en el suelo a llorar o terminaría vomitando o cualquier otra cosa peor.
—Sé que cuando te sientas un poco mejor me lo dirás. —Darío me agarra de las manos por un segundo y luego quita de mis dedos las bolsas con las compras que estaba cargando.
Ava se había quedado atrás, con la mirada perdida por algunos segundos. No es hasta que escucha los pitidos de varios carros que se encuentran detrás de ellas que se da cuenta de que está en medio de la calle.
—Tenemos que irnos.
El carro que casi la atropella sigue pidiendo el paso.
—Pero aún no hemos terminado de comprar. —Darío Saca la listas de compras que su madre les había preparado y se la pasa.
—Lo sé, lo sé, pero por favor podemos irnos. —Se toca la cabeza para fingir dolor. —Me duele mucho la cabeza y no voy a poder con el dolor si no me tomo una de las pastillas naturales que están en la casa. —Mintió, esas pastillas le parecían horrorosas, pero necesitaba que llegaran a casa cuanto antes y su cabeza no daba para pensar una excusa buena.
—No te creo. —Su hermano la miro fijamente. Era obvio que no le creía, pero aun así habían tomado el rumbo hacia la dirección de carretera que sí iba hacia su casa.
Pequeñas lágrimas comenzaban a recorrer sus mejillas. No necesitaba mirarse a un espejo, pero sabía que sus lágrimas se estaban deslizando por unas mejillas que se estaban tornando de un color rojizo.
Darío no decía nada y eso solo la molestaba, significaba que ella tenía que decir algo, él le estaba dando su espacio, demasiado.
El silencio invadió el espacio entre los hermanos. Se subió rápidamente al vehículo y se sentó recostada hacia la ventada, sus piernas estaba moviéndose de arriba hacia abajo y aunque quería no tenía el control suficiente para hacer que dejaran de moverse.
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Editado: 02.01.2026