Cantame cien veces

16| Dañar a alguien por no pensar las cosas antes de hablar.

Bueno, la había cagado.

Pero en mi defensa, mi madre siempre me había dicho que nunca fui bueno con el tacto.

Y era irónico, porque hacía diecisiete años que vivía resolviéndole los problemas a mis hermanos —y todavía seguimos contando— y aun así, no sabía qué se me había cruzado por la cabeza cuando decidí soltarle mi acusación de esa manera.

Esa tarde era sábado y se sentía en el aire que era sábado de juego, el campo deportivo se había llenado y estaba sentado en las gradas con estudiantes que llevan accesorios violetas y blancos, ni siquiera conocía el nombre de nuestro equipo, pero sabía que ese era el color que lo representaba. Y si debía ser sincero, si no fuera por Alan, que me había arrastrado hasta esa parte de la cancha, seguramente hubiera ido a parar a las gradas verdes, junto a los estudiantes del equipo contrario.

—Cambia esa cara, te veo muy agobiado ¿viste un partido de lacrosse alguna vez en tu vida? —Me reprendió mi nuevo amigo. Lo conocía porque compartíamos mesa en clase de física, se trataba de un pelinegro de contextura delgada y tez pálida. Parecía un vampiro, pero su actitud era todo menos reservada y discreta. —¡Mira, allá vienen los mellizos!

Apuntó sin penas a las primeras escaleras de las gradas olvidándose de su pregunta, aparté mi vista de la cancha y me fijé que venían caminando los hermanos Gibson, con ellos no había tenido el placer de compartir clases, pero sí había compartido mesa en la cafetería gracias a su mejor amigo. Eran muy amigable con Kate y conmigo, prácticamente nos habían acogido como sus nuevos amigos.

Si había algo que me agradase de Alan era que era de esas personas extrovertidas a los que se les hacía fácil hacer amigos. Si no fuera por él, este sería otro año donde mi vida social solo daría vueltas alrededor de la misma chica.

—¡Ey! —saludaron a la par los mellizos. Mis ojos primero recayeron en la chica.

—¿Hoy vienes sin compañía? —me saludó su hermano mientras chocaba conmigo el puño.

—No le interesan demasiado los partidos—expliqué. Obviando el hecho de que, en realidad, a mí tampoco, pero tenía otro motivo para asistir.

Trent Gibson era básicamente lo opuesto a su hermana si hablábamos de gustos y su más fiel retrato en tema físico; ambos compartían los mismos ojos color ónix y el pelo rubio, y cuando sonreían se les formaban los mismos hoyuelos en la mejilla derecha.

—Ya vendrá al próximo—me sonrió Delia, su melliza.

—Gracias por invitarme, fue un favor enorme porque prácticamente ya no quedaban entradas.

—Nosotros conseguimos un descuento del 2x1, así que en realidad el favor nos lo hiciste tú. —confesó Alan, de esta forma, los dos mellizos lo miraron con mala cara.

—No lo escuches, estamos contentos de que hayas decidido venir—corrigió Delia, al levantar la vista vi que sonreía de manera genuina.

Alan le hizo un espacio moviéndose para la butaca de su derecha y ella terminó sentada a mi lado. Me convertí en el primero de la fila, el que estaba más cerca de las escaleras y el que tenía más probabilidades de ser manchado con algún líquido pegajoso si alguien se tropezaba en los escalones y desparramaba su bebida.

—Por cierto, no nos contaste el verdadero motivo por el cual querías venir—Expuso Trent, abriendo la bolsa de palomitas y ofreciendo el contenido. —Dudo mucho que sea por el partido, porque sé que no sabes nada de lacrosse.

—Tengo que hablar con alguien. Pero todavía no la vi —admití. Y mis ojos de manera involuntaria pasaron de la mascota deportiva que recién acababa de entrar a la cancha, a las porristas que recién terminaban sus estiramientos.

—¿Y cómo estás tan seguro de que esa persona vino?

—Está en el equipo de animadoras, tiene que venir.

—¡Así que es una chica! —exclamó Alan chasqueando la lengua.

Apoyó una mano en mi hombro y miró en mí misma dirección buscando comprobar su teoría. A su lado Delia me echó una mirada.

—¿Ya tienes novia?

—Es una compañera—corregí.

Durante los últimos días, me había estado evitado a toda costa y sabía que tenía una razón justificable para hacerlo, nunca debí exponerla a sí misma de esa forma. Sentía la culpa corriéndome en las venas.

Sin importar si era o no lo correcto, no era el momento adecuado para hacerlo. Así que debía disculparme cuento antes para no seguir arruinando las cosas.

—Sale con uno de los jugadores—añadí, esperando a que a conocieran—Maxwell Ryder. ¿Les suena?

—¡Oh, dios mío! ¡¿Eres amigo de Ashley Nave?! —la pregunta salió de la boca del falso vampiro con una mezcla de incredulidad y sorpresa. —¡Deberías haberlo dicho!

—Solo es mi compañera—corregí por segunda vez.

Me encogí de hombros cuando visualicé a dos chicas rubias vestidas con el uniforme de baile, pero ninguna era ella.

—Dudo mucho que esté porque su novio no vino. Son como uña y carne, si uno falta el otro también.

Mi cabeza giró rápidamente hacia Trent. Este tragó de sus palomitas antes de continuar.

—Oí que en la hora del calentamiento decidieron suspenderlo del partido. Si ella se enteró debe estar con él. —explicó —Pero todos los demás están ahí abajo, si te metes por ahí—apuntó a la cantina de comida —Hay un hueco que te permitirá escabullirte por debajo de las gradas y llegar con ellos.

Me puse de pie y le agradecí el dato, tenía que ir a solucionarlo antes de que la cosa empeorara.

Si no fuera una persona de tan de poco tacto, en esos momentos no estaría viviendo las consecuencias. Sin más opciones, bajé por las gradas a la zona de porristas y en efecto, encontré a mi compañera de dueto no muy lejos de las bancas.

—Ashley —la llamé cuando ya estaba cerca y se dio la vuelta.

—¿Otra vez? —osciló.

—Esta vez vine a ofrecerte una disculpa.

—Sabes muy bien donde puedes guardar esa disculpa.

—Mira, sé que quizá no era el momento adecuado, o puede que las palabras no fueran las mejores para el momento, pero tienes que entender que lo que sea que está pasando por tu cabeza no está bien. —continué.




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