Cantame cien veces

45. ¿Me ves cara de taxista?

—Me engañaste —mascullé, con la voz ahogada—Me dejaste en ridículo delante de todo el instituto, pusiste a todos mis amigos en mi contra y dejaste que todo el mundo me criticase. Incluso estuviste persiguiéndome y tomándome fotografías. Y si eso fuera poco, ¡pasaste medio año fingiendo que eras mi amiga mientras me destruías en redes!

Esperé a que me contradijera, que me dijera que estaba volviéndome loca, pero al mirarla con los ojos volcándome fuego, solo aceptó la culpa y negó con culpa.

—No me estás...

Si era ella. Mi máscara de furia se desvanece y mi expresión se vuelve más dolida. Si era ella.

—¿Por qué? ¿Por qué motivo? —cuestiono, abatida — ¿Qué fue lo que yo hice para que dé un día para el otro decidieras que era más divertido hacer que todo el mundo me odiara a ser mi amiga? —Hice el mayor esfuerzo para que no se me rompiera la voz—Podrías haberte alejando como cualquier persona normal, pero no, decidiste que era mucho mejor reírte de mí y hacerme sentir miserable.

—Yo jamás quise hacerte sentir así. Solo necesitaba hacerte ver lo cegada que estabas con todo ese royo de la buena reputación y hacer todo lo que los demás les apetecía que hicieras. Estaba perdiendo a mi mejor amiga, porque esta se estaba convirtiendo en el títere de trapo que solo se preocupaba por complacer a personas que ni siquiera merecían que fueran tan buenas con ellas.

—¿Y por qué no solo me lo dijiste?

—¡Porque no escuchabas a nadie! —masculló con fuerza—¡Y porque no hubiera servido de nada ya que no ibas a hacerme caso! Solo quitarte aquello que te consumía iba a hacer que dejaras de preocuparte con ello. Joder, sé que me equivoqué, y por eso hace semanas que Lady Femmé no aparece en las redes. Solo quería que mi mejor amiga volviera a ser la misma de siempre, pero en vez de eso, decidiste que era mejor volverte la nueva amiga de otro tonto que solo terminó utilizándote para superar su propio corazón roto.

—¿Lo has hecho por celos? —cuestioné —Porque querías que siguiera tu único colchón de respaldo y cuando el plan no te salió como querías, ¿decidiste que era mejor seguir jodiéndome? —No lo estás entendiendo. —Dio un paso hacia delante.

—¡Claro que sí! —me aparté señalándola— ¿También pensabas joder a Hayden si tu plan fracasaba de nuevo?

—¡¿Y a quien le importa ese tipo?!

—¡A mí, diablos, a mí!

Ella parpadeó, poniéndome la peor cara que había visto en mi vida. Se quedó callada, así que supuse que la conversación se había terminado y di media vuelta para irme.

Me detuvo.

—Mira, sé que estás enojada y todo lo que diga te parecerá un error, pero piénsalo con calma. — murmuró, poniendo los ojos en blanco— ¿De verdad te importa un chico que nunca te ha mostrado intenciones de querer estar contigo, o solo te estás haciendo creer que te gusta porque quieres fingir que ya has superado a la persona que si rompió tu corazón?

La pregunta se sintió como una patada fuerte al estómago. Tragué saliva cuando dudé en replantearme su respuesta.

Me gustaba Hayden, me gustaba la persona que era cuando pasaba tiempo con él, disfrutaba de verlo concentrado mientras lo veía con el piano y sentía cosquillas en el estómago si lo veía sonreír. Pero lo mismo me pasó con Maxwell, en los primeros meses donde la relación iba de maravilla, cuando estaba cegada por el capricho de que había conseguido que el chico más interesante del instituto se fijara en mí.

—No quiero saber más nada de ti. —Declaré decidida.

Di un paso hacia atrás sabiendo que ya no habría vuelta atrás de lo que había hecho.

—¡No puedes enfadarte conmigo por intentar hacerte ver las cosas! —repitió, claramente molesta. — ¡Te vas a arrepentir!

—¿Arrepentirme? ¿Crees que tenías algún derecho de hacerme esto? ¡Tuviste el descaro de fingir ser mi amiga todo este tiempo! —Pero no más que yo.

—¡Lo hice por ti!

—¡Lo hiciste por celos!

Me costaba respirar, el corazón nunca me había latido tan deprisa.

—¡Mierda, Brenda! ¡No quiero saber más nada de ti! —estallé— ¿Te das cuenta que has acabado con todo lo que me esforcé durante meses? Me importa un rábano que pienses que fue lo correcto o no. ¿Quién eres tú para decidir qué es lo mejor para mí? Joder, te tuve delante todos estos meses. ¡Confié en ti!

—Perdóname, por favor... ya te dije que yo no quería... no quiero que dejemos de ser amigas...

—Después de todo esto, no creo que alguna vez hayamos sido amigas de verdad. No quiero volver a tener algo que ver contigo en mi vida.

—Te vas a arrepentir.

Me dio igual escuchar otra de sus amenazas. Me marché sin darle importancia. No valía de nada que intensase justificarse, las amigas no hacían eso, no se comportaban de una forma tan sínica y cruda. Se había aprovechado de mi confianza y de los años de amistad solo para hacerme daño. Me había apartado de mis amigos, se había entrometido y arruinado mi relación, y por si eso no fuera suficiente, también había intentado alejarme del chico que me gustaba, el que me había ayudado a salir del pozo que yo misma había cavado y hecho sentir nuevamente mariposas.

Aunque este al final se hubiera alejado solo.

No estaba muy segura de sí prefería golpear algo, gritar, llorar o hacerlo todo a la vez. Pero necesitaba hacer algo. No podía quedarme ahí, de brazos cruzados, necesitaba volver a casa antes de que mi impotencia estallara ahí mismo.

Y seguramente haya sido la peor idea que se haya cruzado en mi cabeza. Pero como si fuera algo más que una coincidencia, un coche conocido estaba a punto de salir del aparcamiento. Y prácticamente abrí su puerta del copiloto antes de replantearme que tan buena idea era.

—¿Dónde viste el cartel de taxi afuera? —protestó, Afortunadamente para mí, las puertas no tenían el seguro puesto.

—Arranca el coche, por favor.

—¿Me ves cara de...?

—¡Que arranques el coche, Colette!

Y en cuanto terminé de decirlo, agarró el volante con fuerza y el auto salió disparado hacia delante. Me agarré de los costados para evitar estrellarme la cara, pero bajó la velocidad antes de cruzar la primera esquina y volví a tranquilizarme.




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