Cantos compartidos

Capítulo I

El auditorio era una fiesta de fuegos artificiales, como los de ayer por la noche. Algunos eran eufóricos, otros cálidos. Pero todos estallaban. Hacían vibrar el aire, con un eco único como si fuera la explosión, y los flashes el destello. Yo también gritaba desde la primera fila, levantaba las manos y sonreía hasta que la cara me dolía antes de aplaudir.

Él tomaba el micrófono confiado. Podía durar horas arriba del escenario, pero yo sabía que tarde o temprano tendría que bajar y al pisar el suelo dejaría ésa actitud arrogante bien lejos, colgando como si fuera una capa.

En el tableado él daba pasos avorazados, tanto así que asemejaba a un león usando sus garras. Lucía invencible. Y apenas su voz certera cual francotirador golpeaba mis canales auditivos, mis motivos para superar mis mejores rimas se expandían y alcanzaban todas los rincones de mi corazón y mi mente.

Reconocía cada línea de ésa canción y estaba llegando a la parte en la que encendía la mecha de la dinamita.

«Quiero ser la campana que despierte tus pasiones.»

Las chicas, y algunos chicos también, saltaban y extendían sus manos buscando alcanzarlo. Hubo más flashes, más gritos y más tumulto, debido a que rozó su abdomen con una de sus manos.

La respuesta llegó a tiempo desde todas partes del teatro.

«Quiero revolver todas tus emociones.»

Yo fui una de las voces que creó un collage tan especial. Tal como una tómbola revolviéndose, sólo bastaba con una persona que alzara la voz en cada presentación para transformarse.

Una vez entregó el micrófono, sacudió su cabello para quitarse el sudor. Bajó del escenario apoyando una de sus manos sobre las tablas de madera y dejó caer el resto de su cuerpo, hasta frenar el impacto con la planta de los pies. Se irguió tal cual lo haría un gladiador entrando en la arena. De inmediato la marabunta se abalanzó a las vallas. Él saludaba, daba abrazos y posaba para fotos.

Observé lo que sucedía con satisfacción, antes de girarme y hacerle una seña a un chico de staff. Tenía curiosidad por ver si su camerino era más grande como me había dicho. Si era verdad, tenía planeado hacernos un par de fotos para celebrar el triunfo.

Alcancé a notar a un trío de chicos acortando la distancia hacia mí.

—Kasia, ¿te tomas una foto con nosotros?—preguntó el que estaba en medio.

Hablando de fotos, ¿por qué no una más?

—Claro.—respondí. Enseguida, uno de ellos sacó su teléfono del bolsillo entre tanto los otros dos se acercaron a mí, hasta colocarse a mis costados. Yo me ajusté el pantalón deportivo a la altura de la cintura y sonreí con naturalidad. En la última foto seguramente salí mirando de soslayo. Lo hice porque la multitud que zumbaba alrededor de él, se había dividido y ahora se dirigía hacia mí también. No puedo negar que me tensé un poco. Cuando me alcanzaran, iba a ser como detener una tormenta de arena con las manos.

Sentí alivio al verlo volver a dirigir la procesión con zancadas veloces. Tan pronto como llegó, tomó el hombro de uno de los chicos y extendió la mano para saludar al otro. El chico que había tomado las fotos también se acercó a saludar.

Mi conciencia atrapaba cada rostro y cada palabra con sus respectivos gestos y tonos, a la vez que me pasaba un mechón de cabello por detrás de la oreja. Me pregunté si habría un punto intermedio entre hablar o callar.

—Hola criatura.—dijo él con su voz cargada, similar al humo de un habano y se inclinó un poco en mi dirección.

—Hola galletero.—respondí por puro instinto con la expresión que otros amigos habían bautizado como la de la "gata confiada".

Cuando menos lo esperé, obtuve una sonrisa esporádica y uno de sus brazos rodeó mis hombros. En mis labios se dibujó una sonrisa similar. Tal como en los viejos tiempos, éramos dos nadadores entrando a la piscina en la misma sintonía. Dejé caer mi cabeza en su pecho por un instante, no hubo tiempo para más.

El raudal había llegado hasta nosotros. Todos estaban en vilo. Mis pies se movieron al percibirlo mejor... Era como una interferencia en el aire, con microsismos en el suelo. Era como si hubieran descubierto una mina de diamantes. Al asombro, le siguió una catarata de flashes desconcertante. Sólo alcancé a ver las sombras del personal de seguridad buscando un lugar detrás de nosotros.

Me sentí dentro de una esfera de luz. Estaba atrapada y deslumbrada, sí. Pero al mismo tiempo era como si nadie pudiera hacerme daño. Tenía la experiencia suficiente para saber lo que estaba pasando... Cuando la atmósfera llegaba a ése estado, la adrenalina dentro de mí se invertía. Me exigía ponerme eufórica, sacar ésos vestigios felinos que existían en mí.

Fruncí mi nariz y saqué mi lengua. Luego posé de todas las formas posibles en unos milisegundos. En realidad, lo que quería hacer era saltar, agitar mi cabello, tomar un micrófono y gritar hasta que mis pulmones colapsaran.

Lo último que vislumbré entre el juego de luces, fue a su rostro suavizándose en una expresión indulgente.

No hacía mucho que habíamos llegado a mi apartamento. Era pequeño. La sala, en dónde nos encontrábamos, estaba unida a la cocina que se encontraba al fondo, en una esquina, del lado donde estaban las ventanas.

Vibe, mi perro, nos recibió sin particular atención, chilló un par de veces, saltó un poco sobre sus pequeñas patas y agitó su melena esponjosa. Pero terminó regresando a mi cama en la habitación.

Nosotros nos sentamos en el sofá y empezamos a comer de un bote con helado de chocolate. Entre cucharadas, me levanté a acomodar un par de portaretratos para ponerlos al lado de mi lámpara de mesa. Al ver la luz, una parte de mí recordó la presentación y la otra pensó en la luna...

Hacía algunos veranos, habíamos ido a una fiesta que terminó en una azotea. El ambiente se puso tan tranquilo en la madrugada, que casi te adormecía. El canto de los grillos y los murmullos combinaban perfectamente. De los que quedábamos, unos habían hecho una fogata con un bote de metal y otros estábamos dispersos ante el cielo absoluto. Yo fumaba viendo las nubes nocturnas. Repasaba sus formas, hasta que empecé a ver rostros. De pronto tenía ante mí a Shakespeare y a Mercedes Sosa.




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