Cantos compartidos

Capítulo II

Me desperté porque sentí el peso de su cabeza apartándose lejos de mí, además, la bruma cálida que nos envolvía también desapareció.

Abrir los ojos fue una hazaña dolorosa. Mis párpados pesaban una tonelada y las pestañas postizas me daban comezón. Encima, me recibieron las luces, porque ninguno de los dos nos habíamos tomado la molestia en apagarlas.

Pero las ventanas todavía se hallaban en penumbras, aún era de madrugada.

A él lo vi rascarse las mejillas, antes de extender los brazos y la espalda. Todo el sofá se sacudió en una sinfonía horrorosa de crujidos y rechinidos.

Era imposible soportar eso al despertar. Abandoné el respaldo. Mis costados y la parte media de mi espalda se sumieron. De pronto experimenté lo que era ser arrancada de un molde muy apretado de metal. Por todo lo que me estaba pasando, sabía de sobra que mi cara no debía lucir agradable, debía ser la cara agria de cualquier vieja amargada.

—Esto es muy incómodo. Vete a la cama.—dijo mirándome fugazmente como si sus ojos fueran un obturador. Su manera de hablar dejó en claro que era una petición, más que una queja y una orden.

Lo siguiente que hizo fue presionar la parte posterior de su cuello con los dedos de una de sus manos.

Me rasqué la cabeza, todavía bastante adormilada. Sólo quería volver a entrar en ése perfecto estado de serenidad.

Por inercia toqué varias zonas de mi cabello y descubrí que muchas estaban encrespadas. Parecía que una serie de desastres naturales había ido a buscarme mientras dormía. Sabía que él tampoco se estaba divirtiendo y que también quería volver a dormir.

—Te traeré una manta.—murmuré. Respiré profundo antes de levantarme y caminé con desgano rumbo a la habitación.

—Tráeme un oso polar.—bromeó a mis espaldas. La sonrisa que me provocó salió de lo más profundo apesar de mi estado condoliente. Volví a oír al sofá revolviéndose y el inconfundible golpe hueco de sus botas.

Cuando llegué al umbral de la habitación, y encendí la luz, vi a Vibe despertando también. Levantó su cabeza, como exigiendo una explicación. Pero yo estaba ocupada, yendo a la esquina derecha de la habitación, por la manta que estaba apilada en la parte superior de una pequeña torre de otras mantas sobre un taburete.

De nuevo recorrí ése tramo corto de la sala. Avancé con la luz a mis espaldas. Las de la sala, por fin, se habían apagado.

A unos pasos del sofá, me quedé observando su silueta. Su cabeza descansaba sobre uno de los reposabrazos, tenía una de sus manos hecha un puño sobre su frente. Por el contrario, del otro lado del sofá, buena parte de sus piernas colgaban fuera del otro reposabrazos. Pensé en todas las veces que había dormido en mi sofá y si se las había arreglado para que las piernas no se le acalambraran.

Extendí la manta y la coloqué sobre su cuerpo. Sus ojos se convirtieron en una moneda de plata quemada al aire, que pese a mostrarse oscuros reservaron un destello para el final, en el que volvieron a cerrarse. Me quedé ahí, esperando un poco más. Pero no lo hubo.

Ésa parte de mí, que tan fácilmente perdía la paciencia contra él, se quejó de nuevo: "Ni siquiera un gracias y aún así aquí estás, vigilando, igual que una lechuza."

El espejo de mi tocador me recibió con una imagen igual de dura. Di inicio al fastidioso proceso de desmaquillarme y limpiarme la cara. Por desgracia, también incluía hacerme cargo de pensamientos intrusivos.

Desde que era adolescente, sabía que mis emociones cambiaban con mucha ligereza, tal vez más de la normal. Lo hacían sobretodo cuando estaba con personas que me importaban.

Era fácil provocar que me sintiera irritada si percibía que alguien no valoraba lo que yo hacía. Y luego estaba ésa gran necesidad de "liberar" a los demás de lo que creía que los hacía sufrir. De seguro tenía que ver con el ego, pero quería notar que había una diferencia positiva en las personas cuando yo estaba cerca.

Me pasé una almohadilla de algodón con desmaquillante. Paré poco a poco para comparar las dos mitades de mi rostro. En sí, ambas parecían bien definidas, con mis ojos marrones almendrados y mis pómulos fuertes. Ésas dos características que hacían que dijeran que era una "gata".

Seguí bajando hasta dar con mis labios. Los había repasado un millón de veces, entonces no tuve duda de que la parte derecha era más pequeña, más delgada. En definitiva, más vulnerable.

Me recordé cuando era niña, sentada en las escaleras frente a la puerta del aula de canto, entonando unos melismas.

En otra ocasión, en una granja, vi pelear a dos lechones y corrí para separarlos. Mi padre puso una mano sobre mi hombro, deteniéndome.

—Pueden morderte. Ambos intentan defenderse y no entienden quién es amigo o enemigo.—dijo. Se acomodó la gabardina y se inclinó para mirarme directo a los ojos—Piensa en ti primero.—pidió sonriéndome y me tomó de la quijada.

El espejo del baño quería despedirme con un reflejo confuso. Antes de dejar la toalla, me contemplé por última vez. Alcé mi mentón, y ahí estaba de nuevo, la "gata confiada", la que parecía siempre estarse divirtiendo sin necesidad de pensar mucho. La que enganchaba fácil. Me levanté el cabello con ambas manos y el efecto fue aún más llamativo. Era lo que mantenía cerca al público y lo que me hacía sentir segura. No quería darle más vueltas. Dejé la toalla en el mueble del baño.

Volví a la habitación, apagué la luz y me lancé de espaldas sobre la cama. El calor de Vibe se extendió desde uno de mis costados. Acerqué mi mano hasta sentir los mechones de su pelaje. La penumbra de fuera, unidas al cansancio de dentro, crearon un pegamento que selló mis ojos.

El mundo me recibió de vuelta con una oleada de sensaciones y sonidos. Las pequeñas patas de Vibe como cucharillas de té rallando el piso de madera. Lo mullido de la manta que tenía encima. La luz que invitaba, afuera de la ventana. Me senté, disfrutando el aura positiva. Al ver la manta sobre mis piernas, noté que era la que le había prestado a él. Sonreí agradecida y la aparté con cuidado. Tuve que aceptar que el calor de la manta cubrió en parte mis reproches hacia él, pero aún no estaba usando todo mi cerebro.




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