Cantos compartidos

Capítulo III

Íbamos por la calle formando parte de ése desastre ordenado. Vi a varias personas caminando en dirección opuesta a la nuestra. Mujeres y hombres con trajes, ropa casual o empujando carreolas. Avanzábamos sin esperar ir más rápido que un caracol.

Una mujer en la otra acera llevaba un perro, con una de ésas correas retráctiles. Recordé, para mi tranquilidad, que le había dejado croquetas y su cuenco de agua lleno a Vibe. Parecía que el día iba a cumplir su promesa de seguir luminoso, para llenarme de inspiración que guardaría hasta mi próxima presentación.

Cuando llegamos a Eggies, me pregunté si esta vez pediría sándwich o chapata. Con lo que me costaba decidirme, si casi era lo mismo. Entramos, saludamos al Sr. Leopoldi y nos sentamos, frente a frente, en el gabinete que daba a las dos ventanas del negocio. El ambiente estaba cargado de la misma alegría del recorrido a través de la calle. Había música, como debía ser. Un tema pegadizo, que te hacía mover la cabeza, justo mi estilo. Los camareros eran amables. Las personas sonreían. De la misma manera, nuestra conversación fluyó como mantequilla derretida en un pan tostado. Hablamos sobre tonterías y sobre asuntos serios. La comida llegó. Dos sándwiches y dos jugos. El suyo de naranja, el mío de fresa. En el medio de eso, la inspiración hizo lo suyo. Un nuevo tema rodeaba mi cabeza.

—Le pondré "Pescadores"—exclamé para luego beber un sorbo de jugo.

Él me miraba con mucha atención. Era fácil concluir que era una conversación que lo atrapaba. Lo que no era tan sencillo, era averiguar si tanto o más que a mí. Cuando dije el nombre de la canción, pude ver que parpadeó un poco más de lo normal.

Estaba muy curiosa por conocer su veredicto sobre mi torre de naipes en construcción.

—¿Será la canción que tanto buscas?—preguntó en voz baja, con complicidad, acercando las palmas de las manos hacia el centro de la mesa.

Las ideas se fueron, me quedé en blanco, porque algo las había empujado.

Él todavía recordaba de lo que habíamos hablado en aquella fiesta. Pensé que para él había sido un comentario pasajero. Sin saber que para mí, se había convertido en mi mantra al escribir nuevas canciones. Dejé el vaso sobre la mesa de golpe. Tuve más ganas que nunca de saber... ¿Por qué había elegido quedarse con ése recuerdo? ¿Realmente le importaba tanto mi canción?

Me di cuenta que estaba reteniendo la respuesta a su pregunta, porque estaba agujereada por las dudas. Mi entusiasmo buscaba desenmascarar ésas inquietudes, pero era ése mismo entusiasmo el que me frenaba. No porque no quisiera conocer la respuesta, más bien no buscaba ofrecerme voluntaria a la decepción. Tenía tan altas expectativas que bastaba un soplido para derrumbarlas. Y preguntar, era exponerlas al viento.

—No lo creo. Sólo quiero que hable de nosotros, como músicos. De lo que sentimos al cantar.—expresé acariciando el mantel como midiendo la distancia.

—Sentir no es de músicos, es de humanos. El mundo se vive más real cuando lo sientes que cuando lo piensas.—rebatió con renovada seriedad y apartó sus manos de la mesa.

No quise seguir por la brecha que se estaba abriendo. Preferí retroceder, aunque tuviera que dejarle la última palabra.

Mover el brazo para sujetar mi vaso, fue como arrastrarse por un campo de minas. Ésta vez mi campo de minas personal, y no quería que nadie lo descubriera.

Él seguía serio, los montes de concentración se marcaron en su frente. Sacó su teléfono del bolsillo de sus jeans, deslizó, clickeó y se puso a escribir. Yo miré por la ventana, intentando recuperar la paz de unos minutos atrás. Traté de evadirme, de volver a pensar en el beat de la canción.

—Alex trajo un auto para que lo use como quiera. Lo dejó en el estacionamiento a tres calles de aquí.—soltó.

Sentí una punzada de desconcierto. Me encontré con sus ojos, al descubierto, sin teléfono, esperando una respuesta.

Otra vez arrastrada con miles de dudas. Ésas contradicciones que se me habían pegado a la piel desde que era niña. A pesar de todo, mantuve la mirada, firme. Aunque por dentro era un nudo siendo tirado, desde los dos extremos. Uno que pedía extender un poco más la salida y otro que exigía tenerlo lejos para apaciguar tanta incertidumbre que era tan difícil mantener ahogada.

Mis labios estaban por abrirse para lanzar una burla, pero me interrumpí clavando mi lengua en el paladar.

Recordé lo agradable que resultó todo, cuando acepté mostrar lo que realmente pensaba la noche anterior. Pero esto era diferente. Ayer sólo quería ayudarlo. Hoy quería evitar averiguar qué tanto le importaba lo que quizás sería la mayor proeza que podría realizar con mi vida, pero tampoco quería que se fuera.

—¿Quieres irte ahora?—pregunté buscando sonar imparcial.

Coloqué un codo sobre la mesa y la palma de mi mano fue hacia arriba. Sentí que mi movimiento fue torpe y exagerado.

Él arrugó un poco la cara, no supe si había desagrado en ésa reacción. Puso sus manos sobre las piernas y se echó hacia atrás.

Mis hombros se tensaron.

—No.—dijo casi exhalando la palabra —Quiero darme un baño y sé que no vas a querer esperar en el auto.—aclaró. Ése arrastre en su voz seguía ahí, como si tuviera que repetir la verdad más obvia.

Sin embargo, unos instantes después, me percaté de que sus cejas subían y bajaban como si estuvieran sopesando algo. Aún así, ya había dicho lo necesario.

Mi respuesta fue automática.

—Supongo que te veré luego.—dije porque me pareció una respuesta igual de obvia. Me había molestado ése tono cansado en su voz. Ésa maraña que me hacía vacilar, se deshizo. Estaba claro que él no quería seguir hablando, en tanto yo me sentía artificial, fingiendo desinterés.

Mi respiración era mecánica, tal como las palmadas que daba sobre la mesa. Busqué de nuevo cualquier señal en él que me indicara su siguiente paso. Ya no iba a dejar que me atrapara descolocada.




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