Cantos de la Sangre Inmortal: La hija de la luna Oscura

El eco de su sombra

Me quedé sola en la alcoba. Caminé hasta el baño con la intención de examinarme mejor, lejos de la mirada preocupada de mis amigas. Mientras me quitaba la ropa, un recuerdo me atravesó la mente: el castillo de los condes Domine.
Ya llevaba varios fines de semana sin hablar con Alexandra, y no había preguntado a mi padre por el asunto. Una urgencia súbita, casi desesperada, se apoderó de mi pecho: necesitaba saber qué había ocurrido con todo aquello.

Pero mis pensamientos se desmoronaron cuando dejé caer la franela y quedé en ropa interior frente al espejo. Mis ojos se abrieron de par en par al descubrir que los moretones no solo cubrían mis brazos, sino también mi cuello. Y entre los muslos… una marca aún más aterradora. La forma de una mano.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Aquella criatura me había dejado la huella de su palma.

Rápidamente toqué mi nuca. El ardor regresó, más intenso, como si me aplicaran hierro al rojo vivo. No pude contener el grito.
Al apartar la mano, vi la sangre.

Salí corriendo en busca de otro espejo. Logré enfocar ambos para ver la parte trasera de mi cuello y, al hacerlo, el horror me paralizó: una herida circular sangraba con lentitud.
La limpié, temblando… y caí al suelo del baño, dominada por el pánico.

El círculo tenía otro más pequeño inscrito en su interior, grabado en relieve sobre mi piel… como si alguien me lo hubiese tatuado.
Me acurruqué en posición fetal, presa del espanto. Las palabras de Lucy resonaban dentro de mí como un eco maldito, alimentando mis temores hasta volverlos insoportables.

Comencé a llorar. Los sollozos se volvieron frenéticos, desgarradores; ya no me importaba si Emily entraba y me veía en ese estado tan vulnerable.
Y así fue.

Mi amiga irrumpió en medio de aquella noche lúgubre que se negaba a morir, encontrándome tirada en el suelo del baño, llorando sin consuelo.

—¡Vicky, qué te pasó! —gritó al verme.

No respondí. Cubrí parte de mi cuerpo con las manos, olvidando por completo que solo llevaba la ropa interior.

—Cúbrete, hace frío —dijo con suavidad.

Tomó mi camisón, que yacía cerca, y me ayudó a ponérmelo antes de incorporarme.

—Victoria… esta noche ha sido muy extraña para todas —dijo con voz trémula—, pero no puedes permitir que esto te derrumbe. Imagínate cómo estará Lucy, durmiendo en una habitación contigua a la de Margot.
Ahora más que nunca debemos cuidarnos, mantenernos alertas. Así que no…

Su boca se apagó de golpe y el asombro le usurpó la voz al descubrir los moretones que surcaban mi cuello. De inmediato, comenzó a examinarme con manos temblorosas; sus ojos, desorbitados, se detuvieron en cada marca hasta que, horrorizado, cubrió su boca con la palma. La preocupación se le desbordó cuando notó la huella en mi muslo derecho. Bajé el rostro, avergonzada.
Aquellas no eran simples marcas… eran el rastro de Arturo, la forma tangible de sus caricias morbosas y oscuras, su sello impreso en mi piel. En la penumbra, los bordes de esas sombras parecían moverse sutilmente, como si aún respiraran su presencia, recordándome que, aunque ausente, él seguía allí.

—Esto es increíble. Yo no sé…

Emily se compuso rápido de su asombro y me ayudó a colocar la ropa; luego me abrazó.

—Vamos a la cama, debemos encontrar una respuesta lógica a esto.

No dije nada en el momento, pero tarde o temprano tenía que confesarle mi verdad.

—Vicky, ahorita es muy tarde para hablar sobre esto, pero lo que sí debemos hacer es buscarles solución a esos moretones que tienes en el cuello. Lo de los brazos podemos disimularlo con el suéter y unas pulseras, pero tendré que maquillarte el cuello y ponerte uno de mis camafeos… ¡Te imaginas que algún profesor te vea esas marcas y oigan lo que anda diciendo Margot! Ahí sí es verdad que la bruja se saldría con la suya.

Sus palabras resonaron en mi mente mientras una punzada helada me recorrió la espalda. Recordé la forma en que Margot me miró aquella mañana, con esa sonrisa torcida, como si supiera algo. Un escalofrío me recorrió el cuerpo al pensar en la noche anterior… en la sombra que aún parecía acecharme desde algún rincón del espejo.

—¿Y con lo que tengo en la nuca, cómo vamos a hacer?

—¿En la nuca? —preguntó, y giré para mostrarle la extraña marca—.

—¡Te tatuaste el fin de semana y no me dijiste nada! —exclamó con sorpresa—. De seguro fue idea de Ethan. Ya hasta me dio celos que no me incluyeran en sus planes. ¡Me gusta tu tatuaje! Pero creo que no lo has curado bien; está inflamado.

Al rozar la zona, un ardor me atravesó la piel como si el hierro aún estuviera al rojo vivo. Pude sentir, por un instante, el eco del contacto de Arturo, esa quemadura invisible que me dejó temblando, grabada más allá de la carne. No era un tatuaje… era una marca que latía con vida propia, como si recordara el instante exacto en que fue impuesta.

Y sin decir más, fue por alcohol y pomada. No quise contradecirla; por hoy era mejor que pensara que era un tatuaje y no una herida nacida de la nada.

—Victoria, debiste pensártelo mejor antes de escoger el lugar para tu tatuaje, sabes cómo son las monjas —comentó, mientras aplicaba la pomada. Cada toque me dolía; sentí mis lágrimas caer.

—¿Ethan fue quien lo escogió? ¿Por qué dos círculos inscritos? ¿Qué significan las extrañas inscripciones dentro del círculo más pequeño? Nunca había visto esa clase de jeroglíficos —pregunté, girándome hacia ella.

—¿Hay inscripciones dentro del círculo? —Emily alzó las cejas.

—Sí, y están en relieve, aunque son muy pequeñas para identificarlas. Quien te tatuó debe tener buena visión y paciencia.

—El tatuador era muy experimentado y efectivamente tenía mucha paciencia —respondí con un dejo de tristeza, ocultando la verdad.

—A pesar de ser sencillo, es fabuloso —dijo sonriendo—. Ethan es creativo, ¡me encanta ese hombre! Seguro él se tatuó la misma imagen.




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