Cantos de la Sangre Inmortal: La hija de la luna Oscura

Tiempo entre amigas

Llegamos al salón en silencio; Lucy se nos unió y Jenny estaba sentada junto a Allison. Mis ojos buscaban discretamente a la protagonista del terror de Lucy, pero Margot no aparecía por ninguna parte. No sabía por qué la buscábamos cuando era lógico que la recaída de anoche la había dejado indispuesta para asistir a clases. Sin embargo, en mi interior guardaba la esperanza de que todo lo que nos contó Lucy fuera producto de su mente.

Se me hacía extraño que nadie dijera nada, que ningún indicio de lo sucedido hubiera asomado. Las aguas parecían calmadas, hasta que desvié la mirada hacia el ventanal del salón. Por un instante, tuve la ilusión de que la figura de Ethan cruzara frente a mis pupilas… pero no sucedió. Suspiré, decepcionada, y giré nuevamente para enfrentar al profesor que explicaba la clase.

Mientras tanto, Jenny me observaba disimuladamente, con pena. Sus ojos gritaban que necesitaba decirme algo, pero no se animaba. La miré fijamente por un segundo, dándole confianza; sin embargo, en ellos había tanto temor que la inmovilizaba.

—Emily es una excelente maquilladora, te dejó increíble, y el toque del collar le quedó de lujo —murmuró Lucy, sacándome de mi conexión silenciosa con Jenny.

—Ah, sí… debo admitir que lo hizo muy bien.

El tiempo pasó sin novedad. Las chicas copiaban y hablaban con sus compañeras, mientras mis ojos seguían escudriñando a Jenny. Se veía tensa, igual que el aire que la arremolinaba a su alrededor. Pobre, no había dormido nada. Por más que quisiera acercarme, algo invisible nos separaba.

—¡Vicky, piensas quedarte ahí sembrada como un árbol! —me sacudió Emily.

—Ah… qué…

—Acaban de sonar el timbre, ¿no lo oyes?

Era cierto, pero me había concentrado tanto en Jenny que no lo noté. Ella tampoco se movía del asiento; era lógico que no quisiera salir del aula, después de lo terriblemente mortal que la había asustado anoche. Allison nos miró con mala cara cuando descubrió que la observábamos y se dispuso a llevársela.

Salimos al patio para respirar aire puro y nos alejamos de las demás estudiantes, dirigiéndonos a nuestro lugar secreto y favorito: un pequeño prado donde podíamos hablar sin ser molestadas. Allí, el césped estaba fresco y cuidado, y nos tumbábamos para contemplar el cielo claro. Lo hacíamos cuando no había ningún docente cerca; siempre nos regañaban por ello.

—Chicas, ¿recuerdan cuando encontramos al profesor Evans besándose con la profesora Emma? —murmuró Emily.

—¡Cómo olvidarlo! —respondimos al unísono.

—Estaban tan apenados que no pudieron llamarnos la atención por estar lejos del salón. Imagínense si la inmaculada madre superiora o alguna monja los hubiera visto: ¡gritándole vergüenza con Biblias y escapularios! —Emily se burlaba con entusiasmo.

—No es para menos su reacción… y créanme, no fue por temor a ser vistas por las monjas, sino porque ella estaba casada —agregó Lucy.

—¡Casada! —exclamamos Emily y yo casi al mismo tiempo.

—Sí, y parece que su esposo es un hombre reconocido, con una hija preciosa. No necesitaba trabajar; él podía darle todas las comodidades.

—Eso explica el increíble convertible que la trae todas las mañanas, ¡su carro es asombroso! —dijo Emily.

—Hay mujeres que no comprendo —añadí.

—Creo que su infidelidad se debe a que su esposo le parece un padre. —Emily soltó una risotada.

—¡Pobre… o afortunada, como sea! De todas formas, no seré yo quien la juzgue. Quién soy para hacerlo. —En ese instante pensé en el padre de Ethan. Quizá me apresuraba al juzgarlo… pero algo en su mirada —ese brillo antiguo y sereno— me recordaba a Arturo.

El tiempo pasó rápido; no queríamos abandonar nuestro refugio. Nos inundaba una paz que borraba, aunque fuera por un momento, nuestras angustias y miedos. Poco a poco, nos levantamos y recogimos los desperdicios y envolturas de dulces que habíamos dejado en la grama.

Un viento agradable sopló, trayendo consigo un aroma dulzón, casi como miel. Miré hacia el horizonte que se extendía más allá de las murallas del colegio y el bosque que lo rodeaba.

—¿Qué has visto? —preguntó Lucy, contemplándome.

—Nada… solo que me llama la atención el bosque. Desde que llegué a este internado, me inquieta —respondí.

—Eres extraña, amiga —dijo Emily—. Yo lo veo tétrico. Claro, ahora parece apacible, pero en las noches… parece otra cosa. No me gusta cómo el viento mueve las hojas de los árboles. Los que construyeron este colegio pensaron en un recinto para monjas de claustro; lo hicieron alejado de la ciudad, casi en medio del bosque.

—Su misma palabra lo dice: “internado”, o sea, alejado del bullicio —replicó Lucy.

—Querida, “internado”… no santuario —contradijo Emily con una sonrisa.

—Como sea, tampoco estamos totalmente desconectadas de la ciudad, así que no exageren —les recordé—. Hay vías que nos conectan al mundo actual.

—En fin, cambiemos de tema —dijo Lucy—. Hoy te toca pasar por la oficina de Rebeca. Ella te ha estado buscando y siento que la estás evitando.

—Sí me toca, pero realmente no la quiero ver —respondí.
El viento volvió a soplar, trayendo ese aroma dulzón que ya antes había percibido. Alcé la vista hacia el bosque; las hojas parecían susurrar mi nombre. Tragué saliva y seguí caminando, intentando convencerme de que solo era el eco del viento… y no el de su sombra.

—¿Por qué? —inquirió Emily, frunciendo el ceño con curiosidad.

—Porque sé que al verme me va a preguntar por las marcas.

—¡Por favor, Victoria, las disimulé bien!

—Emily, no te molestes, hiciste un buen trabajo… —dije—. Es solo que Rebeca parece biónica —comenté con un guiño, haciendo que Lucy riera.

—Yo creo que deberías ir. No recuerdas lo que nos contó Lucy: Rebeca sabe lo de Margot… bueno, los secretos de todos aquí.

—Es verdad —asintió Emily—, aunque yo prefiero que vayas por ti y no por averiguar cosas de otros. A veces, es mejor no hurgar en lo desconocido.




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