Cantos de la Sangre Inmortal: La hija de la luna Oscura

Detras de la puerta.

Dejamos atrás nuestro rincón favorito y nos dirigimos a la oficina de Rebeca. En el camino, Lucy inició una conversación sobre Ethan.

—¿Él todavía no te ha escrito?

—No, y tampoco contesta las llamadas. Lleva el celular apagado.

—Esperemos que esto sea algo pasajero —dijo Lucy, con un dejo de preocupación.

Llegamos a la oficina de Rebeca, pero a mitad del pasillo nos detuvimos: una acalorada discusión se filtraba desde el interior. Las voces se escuchaban incluso con la puerta cerrada.

—Creo que hoy Rebeca no me va a atender —susurré.

—¿Y eso por qué? —preguntó Emily.

—Emily, ¿no oyes la fuerte discusión que hay dentro? —Lucy y Emily se miraron incrédulas y luego voltearon hacia mí.

—Realmente no oímos nada —admitieron.

—¡No puede ser! No opino que solo yo lo perciba.

—Cálmate, Vicky. Vamos a acercarnos para ver si nosotras también lo escuchamos —propuso Lucy con aplomo.

Emily acercó la oreja a la puerta mientras Lucy vigilaba que nadie nos descubriera.

—Tienes razón, Victoria… Se escuchan varias voces dentro de la oficina, aunque no distingo bien las palabras —dijo Lucy, lo que me dio un mínimo respiro.

Mi calma duró poco: Emily giró hacia mí, ojos brillantes de curiosidad.

—¿Cómo lo haces?

—¿Cómo hago qué?

—Para oír tan claramente… ¡Es increíble!

—No exageres, quizá mis oídos son muy sensibles —respondí, intentando parecer natural.

—Bueno, superdotada, entonces sácale provecho a tu don y trata de escuchar quiénes pelean dentro de esa oficina.

La miré con desaprobación, pero no pude evitar inclinarme hacia la puerta. Mis oídos captaron nítidamente los apellidos Hudson y Miller.

—Oh, por Dios… están hablando de Margot y de Ethan.

—¡En serio! Dime qué oíste —suplicó Emily, lanzándose sobre mí mientras Lucy continuaba vigilando los pasillos.

—Déjenme concentrarme.

—¡Okey, okey! Tienes razón, tómate tu tiempo, amiga biónica.

—¡Ya cállate! —protesté entre dientes—. Y deja de llamarme así…

—Está bien, no he dicho nada, pero baja el estrés un poco.

Esta vez volví a mirarla, casi a punto de darle un coscorrón, pero Emily rápidamente simuló que ponía un cierre imaginario en su boca.

—Payasa —le lancé con una sonrisa forzada.

Por fin me concentré en escuchar las voces dentro de la oficina de Rebeca. Me enfoqué tanto que casi podía visualizar las imágenes dentro de aquel espacio cerrado: el señor Hudson y su pérfida esposa, Rebeca y la madre superiora. Cada gesto, cada respiración y cada movimiento parecían flotar frente a mí.

Me separé por completo de mi entorno; los murmullos y toques de mis amigas se desdibujaban, desaparecían. Solo existía la puerta de la oficina… y yo. Instintivamente, coloqué mi mano sobre la madera; al hacerlo, fue como si me transportara dentro de la habitación. Ya podía ver y oír todo con la claridad de alguien presente, aunque ellos no tenían la menor idea de mi presencia.

—Entiendo su preocupación —dijo la madre superiora, encolerizada—, pero debe comprender que Ethan es un joven bastante difícil de controlar.

—Eso ya ustedes lo sabían —replicó Maribel, con un tono de sarcasmo—. Nunca se los negué y aun así lo aceptaron. Claro, ¿cómo no molestarme? ¡Si nadie da los grandes donativos que yo les doy a esta institución!

—Señor Hudson, agradecemos sus colaboraciones con el colegio, pero esto no es una guardería; es más que eso —dijo Rebeca, firme, sin perder su serenidad.

—Entonces, ¿dónde queda el renombre y la credibilidad de esta institución, cuando no saben dónde está uno de sus alumnos? —la voz de Maribel se elevaba con ira contenida—. ¡Y peor aún, lo pierden de vista justo frente a ustedes!

—Oliver —intervino Rebeca con calma—, sé que estás angustiado, créeme que nosotros también lo estamos. Pero discutir de esta manera no resolverá nada.

—¿Entonces qué sugiere usted? —inquirió Maribel con evidente sarcasmo.

—Propongo que nos calmemos —respondió Rebeca, manteniendo la compostura.

—Cómo se nota que no es su hijo el que anda perdido por ahí… y quién sabe con cuántos peligros —gruñó Maribel, intentando avivar aún más la discusión.

—Ethan no es un niño, y les aseguro que sabe cuidarse mejor que nosotros —Rebeca situó su mirada en Maribel con firmeza—. Además, él tampoco es su hijo, y eso se lo ha dejado muy en claro con sus tratos, así que no exagere.

—¡Cómo se atreve! ¡Falta de respeto! —riñó Maribel, haciendo un ademán de ofensa teatral.

—Si no me equivoco, todo esto se debe a la fuerte discusión de ayer en los aparcamientos del colegio —intervino Rebeca—. Al parecer, no fue nada agradable.

—Es cierto —dijo Oliver—, problemas familiares… cosas que ya conocen.

—Exacto, por eso debemos mantener la calma y hablar como gente civilizada.

—Usted está muy calmada —continuó Maribel, su rostro mostrando una mezcla de rabia y frustración, los labios apretados.

—Me muestro así porque conozco mejor que nadie a su hijastro —replicó Rebeca, con voz firme pero medida.

Maribel intentó responder, pero se contuvo, atrapando algunas palabras antes de que salieran.

—Es mejor abordar el problema de manera razonable —concluyó Rebeca, reafirmando su autoridad—.

Maribel quedó en silencio, con la cara marcada por la impotencia.

—Ya mandamos a revisar todo el internado. Nos enteramos de la ausencia de Ethan cuando los profesores lo reportaron —continuó Rebeca—. Revisamos su cuarto y encontramos una ventana rota.

—¿Fue mi hijo quien la rompió, directora? —preguntó Oliver, con un hilo de preocupación.

Sentí cómo la angustia del hombre atravesaba cada poro de mi cuerpo. Era extraño: la imagen que tenía de él no coincidía con las emociones que percibía.

—Tengo entendido que cada habitación es para dos estudiantes… ¿El compañero de Ethan no notó nada?

—Ahí está el otro detalle —enfatizó la madre superiora—. Desafortunadamente, Austin, el compañero de Ethan, está de reposo en su casa por una pierna fracturada y no asistirá hasta recuperarse.




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