Cantos de la Sangre Inmortal: La hija de la luna Oscura

Interrogatorios

Ambas dimos un salto. Nos pusimos de pie al mismo tiempo, listas para huir sin pensar en cómo íbamos vestidas.

—Victoria… —susurró una voz débil del otro lado de la ventana.

El miedo me paralizó.

—¡Oh, Dios! No debí hablar del tema —gimió Emily, aferrándose a mi brazo—. ¡Es el íncubo, viene por ti!

—Abre, por favor —repitió la voz tras el cristal.

Me zafé de Emily, intentando dominar el espanto, y avancé hacia el balcón.

—¿Qué haces? ¡Estás loca! —gritó ella, petrificada.

No la escuché. Esa voz la conocía demasiado. Mi corazón golpeaba con furia. Corrí las cortinas y abrí la ventana de un tirón.

El rostro de Ethan apareció frente a mí. Sonrió débilmente… y se desplomó.

—¡Ethan!

Me arrodillé para ayudarlo. El olor a alcohol disipó de inmediato mis temores.

—¡Emily, no te quedes ahí! Ayúdame a meterlo antes de que alguien lo vea.

Ella aún tenía la boca abierta, la expresión transfigurada por el susto, pero finalmente reaccionó. Juntas lo arrastramos al interior de la habitación.

Hacía frío…

El viento soplaba con furia, agitando las copas de los árboles y arrancando de ellas un silbido macabro. Emily tenía razón: aquella era una noche sombría. Yo también sentía su influjo, un presentimiento oscuro que me oprimía el pecho. Me aferré a Ethan, abrazándolo, queriendo protegerlo de esa fuerza invisible que parecía acecharnos desde el bosque.

Emily, tras ayudarme, se asomó a la ventana para cerciorarse de que nadie nos hubiera visto. Yo, en cambio, no podía apartar la vista del rostro de Ethan.
Su aspecto era desolador: rasguños en el cuello, los nudillos hinchados, un golpe en el ojo y un moretón en la comisura de la boca. Esa última marca la reconocí de inmediato… la huella brutal de su padre.

Lo despojamos de la chaqueta negra con cuidado. Cuando lo hicimos, un débil quejido escapó de sus labios. Entonces comprendí que había estado peleando. Emily y yo lo ayudamos a recostarse sobre mi cama, y mientras ella le quitaba las botas, murmuró:

—Apesta a alcohol.

—Es cierto —respondí, aliviada—. Pero al menos está aquí.

Emily soltó unas risitas.

—Ni tan bien… parece que le dieron una paliza.
La miré con severidad hasta que su risa se extinguió. No era momento de bromas.

Volví a mirarlo. Sus cabellos castaños estaban despeinados, cayendo sobre la almohada blanca. Su cuerpo rígido se sobresaltaba de tanto en tanto. Puse una mano sobre su mejilla; luego, en su frente.
Al contacto, su respiración se calmó. Algo en él se serenó… y algo en mí también.
Mis ojos se detuvieron en sus labios. Nunca antes me había fijado en su forma, en esa proporción perfecta que hacía su rostro más armonioso. Quizás eso era lo que tanto obsesionaba a Margot: sus labios.

—Es atractivo… Tus ojos me lo están gritando —susurró Emily con picardía.
Me giré con torpeza, dándole la espalda para ocultar el rubor que me subía al rostro.

—Vicky, qué tímida eres —rió ella—. No es malo que te embriagues un poco de él. Te lo mereces después del susto.

—Qué cosas dices…

La noche avanzó. Miré el reloj: casi las dos de la madrugada. No podía dormir.

No quería dejar de vigilarlo; temía que Arturo apareciera y lo atacara como había intentado hacer conmigo.

Y, por otro lado, dormir con Emily era una pequeña tortura: se movía demasiado, me quitaba la sábana y terminaba montándome los pies. Pero no me importaba. Ethan estaba allí, vivo. Eso bastaba.

Estaba a punto de dormirme cuando oí un leve quejido. Me incorporé de inmediato.

—Búscale una cubeta, ese lo que quiere es vomitar —murmuró Emily medio dormida.

Me acerqué.

—¿Te sientes bien?

Ethan entreabrió los ojos y, al verme, sonrió. Aquella sonrisa lo transformó.

—Perdóname por haberme perdido.

—De eso hablaremos luego —le respondí con una voz más dulce de lo que pretendía—. Ahora solo descansa.

—No quiero descansar. Me siento bien… como si nunca me hubieran golpeado. Ven, vamos al baño. No quiero molestar a Emily.

—No es buena idea. Estás herido y apestas a alcohol.

Él esbozó una sonrisa torcida.

—Entonces mírame, tal vez eso baste para curarme.

—A ti lo payaso no se te quita con nada.

Pero ya me había convencido.

Ethan Hudson era testarudo, y su mirada tenía un poder extraño sobre mí. Lo seguí al baño sin protestar.

Solo entonces noté que llevaba mi almohada y la colcha.

—¿Qué piensas hacer con eso?

—No creerás que nos sentaremos en el suelo frío, ¿verdad?

Suspiré y lo dejé hacer. Extendió la frazada en el piso y colocó la almohada encima.

—Ven, siéntate conmigo.

Lo observé detenidamente. Era desconcertante: hacía un par de horas apenas podía mantenerse en pie, y ahora su cuerpo parecía recobrar fuerza. La sangre había regresado a su rostro; hasta su voz sonaba más firme.

Notó mi desconcierto y soltó una risa baja, cálida, que me desarmó.

—Me mata tu timidez… Esa mirada asustada te hace ver más hermosa.

Sentí el rubor treparme por el cuello.

—¿No piensas sentarte? No te haré nada.

—Al parecer la paliza te dejó más loco que antes.

—¡Será que no me van a dejar dormir! —gritó Emily desde la habitación contigua.

—¡Baja la voz, Emily! —le respondí, desesperada.

Ethan se inclinó hacia la puerta y la cerró. Mi corazón se aceleró.

—No la cierres —le advertí.

—¿Prefieres que ella siga quejándose?

—Ethan, es mejor que hagamos lo mismo que ella… dormir.

—¿Dormir? —repitió con una sonrisa—. Eres insoportable.

—No sé por qué me preocupo por ti —murmuré, dándole la espalda.

Antes de que pudiera salir, me tomó la mano.

—No voy a hacerte nada, Victoria. Soy un caballero. Solo quiero darte las gracias.

—Puedes hacerlo mañana.

—Quiero hacerlo hoy. Déjame.

Accedí con un suspiro.

—Solo unos segundos.




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