Cantos de la Sangre Inmortal: La hija de la luna Oscura

Mi primer beso

Me quedé allí, junto a él, con el baño frío a nuestro alrededor y la sensación de que algo aún no dicho flotaba sobre la frazada como un presagio.

—Quiero saberlo ahora —insistí.
Él suspiró profundamente, y finalmente cedió.

—En ese bar… unos tipos comenzaron a mirarme raro. Se acercaron y me exigieron la billetera. Me negué, por supuesto, y entonces comenzó la pelea. No te voy a negar que fue ruda; para muestra, estos golpes. Tenías que ver cómo partimos varias sillas y cómo las botellas volaban por todo el lugar. Pero me defendí. Creo que fue la rabia que llevaba dentro, esa que no encontraba salida, la que explotó de repente. Logré romperle la nariz a uno, pero el otro me dio justo en el ojo.

—Sí, eso ya lo noté —repliqué con una mezcla de ironía y preocupación.

Ethan metió la mano en el bolsillo trasero y sacó su billetera.

—¿Y qué supones? ¡No pudieron quitármela! —dijo con una sonrisa de orgullo que contrastaba con el hematoma en su rostro.

—Luego llegó la policía —continuó—. Alguien debió llamarles. Los ladrones salieron corriendo, y yo hice lo mismo. No quería que me detuvieran. Corrí sin rumbo, con la adrenalina ardiendo, hasta esconderme en un callejón sin salida. Y fue entonces cuando… sucedió algo extraño.

—¿Qué cosa? —pregunté, sintiendo que el aire se espesaba.

—Cuando creí estar a salvo, me detuve. Estaba aturdido, borracho, cubierto de golpes… y de pronto, sin motivo alguno, miré detrás de mí, atraído por una fuerza invisible, como si algo me llamara desde la oscuridad.
Y ahí lo vi.

Su voz se quebró.

—Era un hombre alto, completamente vestido de negro. Pero lo que más me perturbó fue su rostro… tan pálido, que parecía no pertenecer a este mundo. Sus ojos… —Ethan bajó la mirada un instante—. Tenían algo que no sé explicar. Un brillo antinatural, casi como si las pupilas reflejaran fuego. En ellos… vi toda la maldad del mundo.

El miedo recorrió mi cuerpo como un escalofrío helado. Permanecí en silencio, prisionera del espanto que sus palabras despertaban.

—Cerré los ojos —prosiguió—, y cuando los abrí, ya no estaba. Se había desvanecido, como si nunca hubiese existido. Pero su presencia seguía allí, rondándome. Y lo peor… no me dio miedo. Me invadió otra sensación, algo salvaje, primitivo. Una furia desbordante que quemaba mis venas. Sentí… que si él regresaba, lo atacaría sin pensarlo.
Entonces oí la voz de mi madre en mi cabeza, diciéndome que me quedara quieto, que me alejara. Pero no era la primera vez que algo así me ocurría, Vicky. No lo es.

Su confesión me dejó muda. En sus palabras reconocí el eco de mis propias pesadillas.
Él no sabía lo que yo había soñado: verlo luchar con Arturo, caer bajo su poder, morir ante sus ojos.

Esa visión que me perseguía cobraba ahora un sentido espantoso. Arturo no era un delirio, era real. Y lo quería a él.

—Estoy bien —dijo Ethan al notar mi expresión—. Esas cosas no me asustan. Lo único que podría hacerlo sería que tú no me dejaras entrar en tu corazón.

—Ethan, por favor, no empieces… no estoy de humor.

—No puedo evitarlo. Y menos ahora que te tengo tan cerca. Te extrañé… tanto, que me dolía respirar. Esta huida solo me confirmó lo que siento por ti. Tú me haces sentir vivo, Victoria. Quería llamarte, pero temía perder el control… y mírame, aquí estoy. Llegué hasta ti.

—Lograste preocuparme —dije, sin poder apartar la mirada de él.

—Quiero que estés conmigo —susurró acercándose—. Me muero por ti. Te amo.

Su mano rozó mi mejilla, y ese simple contacto incendió el aire entre nosotros. Me aparté de golpe, intentando protegerme de la oleada de emociones que amenazaban con arrastrarme.

—Ethan, estás borracho —protesté, retrocediendo.

Pero él se levantó también, y antes de que lograra reaccionar, me tomó entre sus brazos.
Su cuerpo me rodeó con fuerza, su aliento se mezcló con el mío, y en un instante sus labios encontraron los míos.

Quise zafarme… pero no pude. Su boca ardía, y la mía, contra mi voluntad, respondió.
Sus manos en mi cintura, su respiración agitada, el roce, el temblor…
Y entonces mi razón gritó.

Lo aparté con violencia, y mi mano cruzó su rostro en una bofetada que resonó en toda la habitación.

—¡Qué te pasa! ¡Aún estás borracho!

Él me miró, sorprendido, con los ojos muy abiertos.

—¡Eres un insolente! —le grité, ahogada en vergüenza y rabia—. ¿Cómo te atreves a besarme así? ¡Te odio!

Pero no lo odiaba. Odiaba lo que me hacía sentir. Odiaba mi debilidad.

—¿Por qué eres tan arisca? —replicó con desesperación—. Me gustas, Victoria. Y no pienso detenerme. No ahora, no después de probar tu boca.

—No quiero traerte problemas.

—¿Por qué tienes tanto miedo de sentir? —dijo acercándose de nuevo—. Estás viva, Victoria. Deja que te lo demuestre. No cierres esa puerta.

Su voz temblaba entre súplica y deseo. Yo apenas podía respirar.

—No deseo que hagas nada —murmuré, casi sin voz, caminando hacia la puerta para huir de su mirada.

—En el invernadero de tus tíos te prometí que sería yo quien te diera tu primer beso —dijo con un hilo de voz—. Y ya cumplí. Ahora… iré por tu corazón.

—Acuéstate, Ethan. Sigues borracho —susurré antes de encerrarme en el baño.

El golpe de la puerta retumbó, pero no logró despertar a Emily, que dormía profundamente.

Me arrojé sobre la cama sin almohada y me acurruqué, llorando en silencio. Lloré por el beso que no quise, pero que aún ardía en mis labios. Lloré por Ethan… por el hombre vestido de negro que lo acechaba. Y porque en el fondo de mi alma sabía que si ese ser lo dañaba… Yo también moriría con él.




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