Día siguiente.
Emily se había levantado antes que yo. Sentí su mano tibia sobre mi muñeca, moviéndome con suavidad para que despertara.
—Vamos, dormilona, despierta o llegaremos tarde.
—Déjame dormir… —murmuré, colocando los brazos sobre mi cabeza.
—Lo siento, pero me temo que eso no va a poder ser. ¿Se te olvida que hoy es el parcial de biología? ¡Claro, pero cómo recordarlo si anoche te la pasaste hasta hartas horas con tu Romeo!
Al oír su reprimenda, salté como una desquiciada de la cama.
—¿Dónde está Ethan? —pregunté con inquietud.
Emily entendió enseguida mi tono y soltó una risita sagaz.
—Tranquila, puedes usar el baño con confianza; cuando me desperté, Ethan ya se había marchado. Pero te dejó una carta en la mesa de noche. No sabes cómo me picaba la curiosidad por leerla. Ya veo que el muy sinvergüenza tomó hojas y papel de nuestro escritorio. Tienes mucho que contar, Victoria; esto tuyo con Ethan Hudson se está poniendo muy intenso.
—Ya me extrañaba que no me hubieras lanzado uno de tus comentarios.
—Ahí te va otro: la carta la leerás después. Mira la hora y aún no te arreglas.
—Tienes razón. —Tomé la carta, la guardé apresuradamente en el bolso y fui corriendo a alistarme.
Salimos apresuradas, caminando a grandes zancadas.
—Espero que este retraso no nos cause problemas —dijo Emily.
La pena me invadía; por mi culpa llegaríamos tarde. Cuando ya faltaba poco para entrar al salón, Rebeca nos interceptó.
—Victoria, necesito hablar contigo un momento.
Coloqué mi mejor cara; ya sospechaba los motivos de su abordaje.
—Voy tarde a clases —dije casi sin aliento.
—No te preocupes, serán solo unos minutos —respondió con serenidad. Sacó un talonario de permisos del bolsillo de su falda y escribió algo con su letra firme.
—Ve, Emily, muéstrale esto a tu profesor. Luego te alcanzo.
Emily asintió. Sus ojos me miraron fugazmente, deteniéndose en mi cuello. Capté su seña y disimuladamente verifiqué que la bufanda siguiera cubriendo el sitio que quería ocultar.
—Victoria —empezó Rebeca, con ese tono cálido que mezclaba autoridad y preocupación—, sé que no hemos tenido tiempo de reanudar nuestra conversación, pero he estado muy pendiente de ti. Quería saber si no has tenido otra recaída o sentido nada extraño.
—No —respondí, aunque sus ojos, escrutadores y penetrantes, parecían buscar la verdad detrás de mi voz.
—¿No estás mintiendo? —preguntó suavemente, inclinando un poco la cabeza.
—¿Por qué lo haría?
—Está bien, por ahora voy a creerte —dijo, entrecerrando los ojos, como si viera algo más allá de mí—. Pero necesitamos hablar largo y tendido. Por desgracia, en estos momentos no podrá ser. La prioridad es que presentes tu examen.
Sus palabras me tranquilizaron.
—Ven, caminemos. Te acompaño hasta tu aula.
—Hay otra cosa que quiero preguntarte —añadió mientras avanzábamos—. Se trata de Ethan.
—¿Qué pasa con él?
—¿Ethan no se ha comunicado contigo?
—No… ¿Por qué lo preguntas?
—Porque sé que le gustas.
—¿Y por eso debo saber su paradero? —pregunté algo nerviosa.
Rebeca esbozó una media sonrisa.
—No te pongas a la defensiva, Victoria. Es solo que pensé que quizás él se habría comunicado contigo. No tengo que recordarte lo que una vez te dije acerca de Ethan, ni lo sorprendida que quedé cuando vi su cambio después de conocerte. Pero si dices que no sabes nada, entonces te creo.
Sus palabras tocaron justo mi conciencia. Me detuve y ella, al notarlo, hizo lo mismo.
—¿Pasa algo, Vicky?
—El padre de Ethan fue muy cruel con él. Vi cómo lo golpeó hace unos días.
—Eso ya lo sé. —Bajó la voz y su semblante se ensombreció. Suavemente, bajó su mano y la posó sobre la mía. Sin darme cuenta, la había convertido en un puño al recordar aquella imagen. Ella, con ternura, fue abriendo mis dedos hasta lograr que se relajaran.
—Ethan me llevó a su casa ese fin de semana, quería que conociera a su tía Mery —le conté, casi sin pensarlo.
Esa tarde también tuve la desdicha de conocer a la señora Hudson, la cual fue muy grosera.
—Me lo puedo imaginar… yo tampoco la soporto —dijo entre dientes, logrando que sonriera.
—Aquel día presencié una discusión entre ellos… y luego yo… —Mis labios se enmudecieron.
Rebeca me observó con paciencia.
—Sentí que Ethan sufría mucho. A pesar de ser tan rebelde, no es un mal muchacho; solo necesita a su madre.
—¿Y cómo estás tan segura de eso? ¿Ethan te lo confesó?
—No. Lo supe cuando lo oí discutir con su padre. Le dijo que jamás le perdonaría haberle ocultado el paradero de su madre.
Los ojos de Rebeca se llenaron de tristeza al escucharme.
—Su madre está enferma, ¿verdad?
Rebeca titubeó. Luego respondió con calma:
—No puedo revelarte información de otros estudiantes, pero no dudo que te enteres… claro, no por mí. Es mejor que el propio Ethan te lo diga.
Mi corazón se encogió. Había tenido la ilusión de que ella me aclarara ese enigma, pero una vez más me demostraba su profesionalismo y su reserva.
—Ethan es un alma perturbada —dijo en voz baja, con los ojos entornados, como si viera un recuerdo lejano—. Ha tenido que pasar por mucho… al igual que Margot.
Al oír ese nombre, un escalofrío me recorrió el cuerpo.
—A veces creemos que con solo mirar a una persona podemos ver lo que es, pero no es así —continuó ella con un dejo de melancolía—. Para contemplar el alma hace falta más que un par de ojos; hay que ir más allá, quitar la cáscara… como se hace con una banana.
Tenía razón. Yo lo había hecho. Muchas veces, con solo mirar a las personas, lograba desprenderlas de su cáscara. No entendía cómo lo conseguía… Quizás era más sensible que los demás, o quizás estaba loca. Infinidad de veces sentí que podía tocar el alma de las personas con mis ojos.