Caos

Dos

𝔻𝕆𝕊

 

Ellos eran serenidad por fuera,

y absoluta crueldad por dentro

 

 

Cuando regresé a mi habitación, fingiendo no haber sido testigo de nada, el insomnio y los pensamientos intrusivos me abrasaron con tanto ímpetu que, por un instante, deseé estar en casa, comiendo los macarrones asquerosos de la abuela mientras nos reíamos y disfrutábamos de esos momentos tan comunes e íntimos.

No obstante, ahí estaba: encerrada, aislada, confusa. Las dudas punzaban en mis sienes y quería saber a qué clase de prueba me sometería Flora; no tener idea de qué iba a hacerme estaba aterrándome al punto en que ya no pensaba siquiera en escapar. Me preocupaban más mis compañeros de habitación y sus secretos que mi libertad.

Lev apareció una vez había amanecido y, horas más tarde, también lo hizo Flora. Ninguno parecía estar cansado, por el contrario, sus rostros de atractivas facciones exudaban control, arrogancia, determinación; mientras que, por mi parte, tenía unas ojeras monstruosas y el cansancio tatuado en la frente; yo era una simple mortal junto a ellos y no podía importarme menos.

Cerré los ojos, en dado momento, buscando descansar al menos un poco antes de incorporarme a las clases del día; sin embargo, tan pronto mi cuerpo se relajó sentí que alguien me cogía del tobillo y tiraba de mí hasta dejarme en el suelo; fue humillante, porque intenté aferrarme a las sábanas y terminé cayendo envuelta en ellas como un regalo de navidad.

Una risa retumbó en el lugar.

—Buenos días, dormilona.

Lev estaba frente a mí, imponente y sensual, con los pantalones azules envolviéndole esas piernas largas y masculinas, una camisa blanca que destacaba ese abdomen marcado y tentador del que seguro alardeaba, y un saco del mismo tono índigo que caracterizaba el uniforme de los agua. Cabello blanco bien peinado, cejas oscuras, labios delgados y sonrisa más brillante que la de un anuncio de Colgate; ¿de dónde había salido semejante hombre?

—¿Qué…? —quedé congelada, molesta, frustrada; pero ¿quién se creía que era?

—Llegarás tarde —aclaró él, divertido—. Las niñas buenas no hacen eso, cielito.

Bufé, odiaba el tono meloso que usaba para dirigirse a mí, me hacía pensar que estaba burlándose y, una vez alcé la mirada y enfoqué su postura tan relajada, supe que era así.

—No soy una niña buena y no me gustan los apodos —corregí, levantándome.

—¿Por qué? —inquirió, como si le hubiese dicho la peor blasfemia—. Tengo muchas ideas de cómo llamarte.

—Llámame Loralie —zanjé.

—De acuerdo, corazón.

—Loralie.

Un brillo de socarronería alumbró sus irises aceitunadas, dándole un aire depredador.

—Seré tu chico hoy, ricura —informó, cogiendo un extremo de la sabana que aún rodeaba mi cuerpo y tiró de ella para acercarme más de lo que me hubiese gustado—. Guiaré tus pasos a través del excéntrico lugar que es esta academia.

Fruncí los labios.

—¿Ah? —emití—. ¿Como mi guía personal o algo así?

Asintió.

—Dúchate. Estaré esperándote.

Se giró y cayó de espaldas sobre la cama del centro. Sorprendentemente, había notado que Lev no era un tipo desordenado, como aparentaba, sino que se esforzaba por mantener su espacio en simétrica armonía: su ropa dentro de la cajonera, libros apilados junto a una lámpara de mesa color negro y un cofre pequeño que chillaba: «no me abras si aprecias tu existencia». No podía negar que sentía intriga, pero, sobre todo, miedo.

—Lev —lo llamé, tomando el uniforme que yacía doblado a la perfección en mi cómoda—. ¿Por qué Mit… esa chica —reformé, no queriendo verme muy interesada en el tema (aunque sí lo estaba)— te estaba gritando ayer? ¿qué le hiciste?

No lució consternado por mi pregunta y respondió, sin dejar de observar el techo:

—Si tú no eres una niña buena, yo tampoco soy de fiar —resolvió— y, de hecho, puedo hacer cosas malas con frecuencia.

—¿Qué tipo de cosas malas? —cuestioné.

—Huh… no puedo decírtelas —se encogió de hombros, inescrutable.

Por el momento y con lo poco que conocía, podría decir que Lev era el único que consideraba ligeramente honesto —no del todo, desde luego—; sin embargo, era evidente que no se desvivía pensando en qué decir o hacer. Lo percibí tan genuino, desinteresado y ordinario que no me pareció que él fuese una amenaza real…, pero las apariencias engañaban.

Me encerré unos diez minutos en el baño. Los pensamientos escurrían en mi cabeza como las gotas de agua deslizándose por mi piel desnuda; tenía miedo y angustia, pero también curiosidad y sospecha. Huir ya me figuraba como una idea lejana, inconexa; estaba concentrada en tratar de imaginar cuál sería mi prueba y si debía esforzarme para superarla. Después de todo, el tal Alain le había dicho que, en dado caso, si no lo conseguía, harían lo posible para sacarme de la habitación y, quizás, eso era lo que yo necesitaba.




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