Un par de minutos después, llegó la respuesta.
Mr. Logic:
Relativo, ¿eh?
Me gusta la gente que responde con sarcasmo. Aunque debo advertirte que puedo ser terriblemente insistente. 😎
Mariana soltó una risa baja mientras releía el mensaje.
Terriblemente insistente.
Sonaba exactamente al tipo de frase que alguien aprendería en un tutorial de “cómo parecer interesante en apps de citas”.
Aun así… le causó gracia.
CoffeeLover:
Insistente está bien.
Pero solo si prometes no mandarme stickers horribles.
La respuesta apareció casi de inmediato.
Mr. Logic:
Demasiado tarde.
Los stickers horribles son parte esencial de mi personalidad.
Mariana negó con la cabeza, divertida.
En ese momento, Valeria apareció en la cocina con una bolsa de papas en la mano y una expresión sospechosamente curiosa.
—Déjame adivinar… ¿el misterioso desconocido ya empezó a coquetear?
Mariana dejó el teléfono sobre la mesa.
—Digamos que cree que tiene sentido del humor.
—Y tú sigues respondiéndole, así que claramente está funcionando.
—No está funcionando —replicó Mariana rápidamente—. Solo… es entretenido.
Valeria sonrió con malicia.
—Ajá. Esa palabra siempre termina causando problemas.
Mariana resopló mientras volvía a tomar el móvil.
La verdad era que seguía pensando que todo aquello tenía algo de absurdo. Personas intentando conectar detrás de perfiles cuidadosamente editados, frases ingeniosas y fotos demasiado perfectas.
Pero había algo distinto en esa conversación.
Algo ligero.
Fácil.
Y eso era peligrosamente agradable.
Al otro lado de la ciudad, Adrián observaba la pantalla de su teléfono con expresión pensativa.
Daniel, sentado frente a él en el sofá, lo miraba como quien presencia un fenómeno paranormal.
—No puedo creerlo —dijo—. Estás sonriendo.
Adrián levantó la vista inmediatamente.
—No estoy sonriendo.
—Claro que sí. Es una sonrisa pequeña y aterradora, pero definitivamente es una sonrisa.
Adrián ignoró el comentario y volvió a mirar el chat.
Directa. Sarcástica. Inteligente.
Al menos no parecía una de esas personas que respondían con monosílabos y veinte corazones consecutivos.
Tecleó otra respuesta.
Prometo moderar los stickers.
Aunque no puedo garantizar estabilidad emocional si encuentro uno realmente bueno. 😏
La respuesta llegó segundos después.
Eso es exactamente lo que diría alguien emocionalmente inestable.
Adrián soltó una pequeña risa.
—Definitivamente estás coqueteando —dijo Daniel señalándolo acusadoramente.
—Definitivamente necesito que te calles.
Los días siguientes continuaron igual.
Mensajes rápidos durante el desayuno.
Conversaciones improvisadas de madrugada.
Bromas absurdas que terminaban extendiéndose más de lo planeado.
Y, sin darse cuenta, ambos empezaron a esperar esas notificaciones más de lo que admitirían jamás.
Un emoji malinterpretado provocaba discusiones ridículamente serias.
Un sticker terrible iniciaba una guerra digital.
Y cada conversación parecía terminar con alguno intentando tener la última palabra.
Una noche, Mariana escribió:
CoffeLover:
Oye… ¿alguna vez has sentido que algunas conversaciones parecen demasiado ensayadas?
Adrián tardó unos segundos antes de responder.
Mr. Logic:
Sí.
Generalmente cuando alguien intenta impresionar demasiado.
Mariana sonrió.
Exacto.
Como si todos estuvieran interpretando una versión editada de sí mismos.
Esta vez, Adrián demoró un poco más.
Porque, curiosamente, con ella no sentía eso.
Mr. Logic:
Entonces supongo que nosotros estamos haciendo un trabajo terrible fingiendo normalidad.
Mariana soltó una risa silenciosa.
CoffeeLover:
Habla por ti.
Yo soy perfectamente normal.
Mr. Logic:
Claro.
Y yo emocionalmente equilibrado.
—Te estás enganchando —canturreó Valeria desde el sofá.
Mariana levantó la vista de inmediato.
—No exageres.
—Mariana, literalmente sonríes cada vez que ese hombre escribe.
Ella abrió la boca para defenderse… pero no salió nada.
Porque, muy en el fondo, empezaba a sospechar que su amiga tenía un poco de razón.
Y eso era exactamente lo preocupante.
Sin embargo, ninguno de los dos imaginaba todavía lo verdaderamente complicado del asunto.
Porque detrás de aquellos mensajes, bromas y coqueteos digitales, se escondía alguien que ya formaba parte de su vida cotidiana.
Alguien con quien compartían reuniones, cafés… y demasiadas coincidencias como para seguir llamándolas casualidad.