Caprichos del algoritmo

Capítulo 11: Entre cafés, tropiezos y algo que se parece al amor

La primera cita no comenzó con mariposas.

Comenzó con un golpe seco.

Literalmente.

—¡Ay! —se quejó Mariana llevándose una mano a la rodilla—. ¿Quién demonios pone una mesa tan baja en medio de un café?

Adrián intentó mantener la compostura.

Fracasó miserablemente.

—Técnicamente… tú la pateaste.

Mariana levantó la vista lentamente.

—¿Te estás riendo de mi sufrimiento físico?

—Como médico, jamás haría algo así.

—Pero como Adrián Santamaría claramente sí.

Él terminó soltando una carcajada.

Y Mariana odió lo mucho que le gustaba escucharlo reír.

Porque fuera del hospital, sin bata, sin protocolos y sin esa fachada impecablemente seria, Adrián se veía distinto.

Más cercano.

Más joven incluso.

Llevaba las mangas de la camisa azul arremangadas y esa sonrisa relajada que parecía desarmar cualquier pensamiento coherente alrededor suyo.

Lo cual era particularmente irónico considerando que se hacía llamar MrLogic.

—Esto sigue pareciéndome absurdo —dijo Mariana finalmente mientras tomaba su taza de café.

—¿El hecho de que estemos aquí?

—El hecho de que dos personas que criticaban las apps de citas hayan terminado teniendo una cita gracias a una.

Adrián inclinó ligeramente la cabeza, pensativo.

—Yo lo describiría como una anomalía estadística interesante.

—Claro que lo harías.

—O quizá un accidente algorítmico particularmente eficiente.

Mariana sonrió divertida.

—No puedes evitar analizar todo científicamente, ¿verdad?

—Es deformación profesional.

—No. Es una obsesión personal.

Él la señaló con una pequeña sonrisa.

—Y tú haces exactamente lo mismo con las emociones. Todo lo conviertes en historias.

Ella abrió la boca para discutir.

Luego la cerró.

Porque, muy a su pesar…

tenía razón.

La conversación fluyó mucho más fácil de lo que ambos habían imaginado.

Sin pantallas de por medio.

Sin nombres falsos.

Sin la protección cómoda de los mensajes escritos.

Y aun así…

todo seguía sintiéndose extrañamente natural.

Hablaron del hospital.

De la campaña.

De los memes del gato que todavía seguían apareciendo en internet.

De pacientes difíciles.

De malas citas anteriores.

De las cosas pequeñas que normalmente no se cuentan tan rápido.

Y entre risas, sarcasmos y silencios cómodos, algo empezó a acomodarse lentamente entre ellos.

Como si las piezas llevaran tiempo intentando encontrarse.

En un momento, Mariana comenzó a explicarle una nueva idea para la fundación, moviendo las manos con entusiasmo mientras hablaba.

Adrián dejó de escuchar las palabras por un segundo.

Solo la observó.

La forma en que sus ojos brillaban cuando algo le apasionaba.

La facilidad con la que llenaba cualquier espacio de vida.

Y entonces dijo, casi sin pensar:

—No puedo creer que estuvieras ahí todo este tiempo.

Mariana se quedó quieta.

—¿Qué?

Él sostuvo su mirada.

Más serio ahora.

Más honesto.

—Tú. Que fueras tú la persona detrás de todo eso.

Ella bajó apenas la vista hacia su taza.

Y sonrió.

—Yo tampoco. Lo peor es que hice match contigo solo para demostrarle a mis amigas que las apps eran una pérdida de tiempo.

Adrián apoyó el codo sobre la mesa.

—Entonces técnicamente conseguí esta cita gracias a tu orgullo.

—Y gracias a un accidente.

—Los mejores descubrimientos científicos suelen empezar así.

Mariana rodó los ojos.

—Eres insufriblemente lógico.

—Y tú insufriblemente caótica.

—Exacto.

El silencio que siguió fue suave.

Cómodo.

De esos que no necesitan llenarse con palabras.

—Se ven bien juntos.

Ambos levantaron la vista sorprendidos.

El camarero les sonreía sosteniendo un teléfono.

—¿Les tomo una foto?

Mariana reaccionó de inmediato.

—Oh, no hace falta—

—Claro que sí —interrumpió Adrián divertido.

Ella lo miró horrorizada.

—¿Desde cuándo te gustan las fotos?

—Desde que descubrí que internet disfruta humillarme gratuitamente. Ya perdí el miedo.

Mariana terminó riéndose.

Y segundos después, el flash capturó exactamente el instante en que ambos intentaban posar y terminaban chocándose accidentalmente las manos sobre la mesa.

Natural.

Torpe.

Ridículamente ellos.

Cuando salieron del café, una llovizna suave comenzaba a cubrir la ciudad.

Mariana levantó automáticamente una carpeta sobre su cabeza.

—Eso no sirve absolutamente de nada —comentó Adrián.

—Déjame vivir mi fantasía de supervivencia.

Él negó con la cabeza sonriendo antes de quitarse la chaqueta y colocarla suavemente sobre sus hombros.

El gesto fue tan natural que la tomó desprevenida.

—Esto parece escena de película romántica cliché —bromeó ella mientras caminaban.

—Sí, pero esta tiene mejor banda sonora.

Mariana levantó una ceja.

—¿Ah sí?

Adrián señaló discretamente su pecho.

—Suena en vivo.

Ella soltó una carcajada incrédula.

—Eso fue peligrosamente encantador para alguien que decía odiar el romance digital.

—No dije que odiara el romance. Solo desconfiaba del algoritmo.

Caminaron unos pasos más en silencio.

La lluvia ligera.

Las luces reflejadas en la calle mojada.

La sensación extraña de que todo aquello estaba pasando demasiado rápido… y aun así parecía correcto.

Entonces Mariana habló más bajo.

Más sincera.

—No sé si esto vaya a funcionar.

Adrián giró apenas hacia ella.

—¿Por qué?

Ella soltó una pequeña risa nerviosa.

—Porque somos muy distintos.

Él la observó unos segundos antes de responder.

—Lo sé.

Y luego añadió suavemente:

—Pero por alguna razón, cuando tú hablas… mi lógica deja de funcionar.




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