Caramelos & Cenizas

Prólogo

Disparó.

El retroceso le sacudió el brazo hasta el hombro. El cuerpo cayó—primero las rodillas, luego el torso—y la cabeza rebotó contra el cemento con un sonido sordo, húmedo. El eco se quedó atrapado en las paredes del almacén unos segundos antes de disolverse.

Liam bajó el arma y apartó el dedo del gatillo. Se miró la mano. Pulso normal. La guardó. Nada. Otra vez nada.

El olor a pólvora quemada. A hierro, dulzón. Nauseabundo. Se le pegaba a la piel, a la ropa, al fondo de la garganta.

Cerró los puños. Uno. Dos. Tres. Los abrió despacio. Hizo girar los anillos contra la piel: hilos de negro y plata, delicados sobre su índice derecho.

El teléfono vibró en su bolsillo. Lo sacó. La luz de la pantalla le quemó los ojos.

Contestó.

—Hecho.

Silencio al otro lado. Tres segundos. Cuatro. Johan midiendo.

—¿Limpio?

La voz salió plana, sin inflexión. Una afirmación disfrazada de pregunta.

—Sí.

—Bien. Vuelve.

Colgó antes de que Johan dijera algo más. La voz todavía le resonaba en el oído—firme, medida, dueña de cada palabra que salía de su boca. Guardó el teléfono y sacó el encendedor del bolsillo. Lo giró entre los dedos hasta que la mandíbula se le aflojó.

Cuatro años desde la primera vez. Entonces vomitó hasta que no quedó nada. Ahora las manos obedecían. El estómago aguantaba. Peor: ya ni siquiera miraba el rostro.

Apartó la vista del cuerpo y caminó hacia la salida. La puerta de metal chirrió al abrirse. Afuera, la madrugada le golpeó la cara: aire frío, cortante. La carretera se extendía desierta bajo las farolas. Los coches pasaban tres calles más allá, el sonido ahogado por el viento. Cerró la puerta tras él.

Subió al coche y se quedó ahí con las manos sobre el volante, los dedos tensos. No arrancó todavía. Sacó un cigarrillo y lo encendió. El clic resonó en el silencio del coche. Inhaló despacio y dejó que el humo se acumulara contra el parabrisas. Diez minutos. Era todo lo que podía quedarse antes de que Johan preguntara por qué tardaba. Vio el cigarrillo consumirse. El humo subía, se le metía en el pelo, en la ropa.

Elian lo olería antes de que dijera hola. Vería algo en su mirada. Haría preguntas que no tenían respuesta.

No podía mostrarle esto. Nunca. Porque si Elian lo veía realmente—esto, lo que era capaz de hacer sin temblar—no habría vuelta atrás.

Aplastó la colilla contra el cenicero. Arrancó el motor. El tablero se iluminó: 02:14 AM.

Cinco minutos hasta la autopista. Una hora hasta el punto donde debía deshacerse del coche. Después, la mansión—reportarse, ducharse, esperar por si Johan lo requería. Su apartamento tendría que ser luego.

Si cumplía el protocolo sin errores, tal vez por la mañana podría volver a ser quien Elian conocía.

Se quedó con eso un segundo. Solo un segundo.

Las luces de la ciudad pasaron por el espejo. Una. Ninguna. El motor zumbaba bajo las palmas. El asfalto, recto. El asiento del copiloto, vacío.




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