Kiliam salió del coche antes de que el motor dejara de vibrar. Las manos buscaron el encendedor en el bolsillo: el metal frío, familiar. Lo giró dos veces. No necesitaba el cigarrillo; ese seguía en la guantera. Elian nunca decía nada sobre el olor a tabaco, pero lo notaba: medio paso hacia atrás cuando olía a humo. Sutil.
El timbre sonó. Las puertas se abrieron de inmediato, los estudiantes salieron entre empujones y gritos. Las miradas llegaron enseguida. Un tipo con sudadera deshilachada se detuvo, sus ojos viajaron del coche a él. Le dijo algo al de al lado: un murmullo incómodo, una risa seca.
Kiliam se ajustó el abrigo y los ignoró.
El rumor empezó en el tercer grupo que pasó, más atrás. Apostó por «novio rico». Ganó.
El olor a tabaco lo golpeó cuando alguien cruzó fumando. Espeso, penetrante—el mismo de anoche.
La garganta se le cerró. No por el humo. Por lo que venía con él: la mirada de aquel hombre, el olor a pólvora, el charco de sangre. El recuerdo no pedía permiso.
Respiró. Una vez. El aire no pasó bien. Forzó otra inhalación.
Apartó la mirada y buscó a Elian entre la multitud.
Lo encontró enseguida.
Elian giró a la izquierda cuando dos chicos chocaron hombros. Esquivó una mochila antes de que lo rozara. Los demás empujaban, se codeaban, gritaban. Elian esquivaba sin tocar a nadie: ni un roce, ni un tropiezo. El caos parecía abrirle un hueco por inercia. Los hombros hacia adelante. La mandíbula tensa. Los pasos más cortos que el miércoles pasado.
Cambió el peso al otro pie pero no se acercó. Elian seguía avanzando. Quince metros. Doce. Nueve.
Elian levantó la vista. Sus ojos se encontraron.
El aire salió. No se había dado cuenta de que lo retenía, pero los hombros bajaron. Le sonrió.
Elian sostuvo su mirada dos segundos. Tres. La comisura de su boca se movió: un tirón hacia arriba, casi imperceptible. Se deshizo antes de completarse. Pero estuvo ahí.
Dos chicas cuchichearon cerca, voltearon a ver el coche, luego a Elian.
—...el bicho raro de la casa de acogida...
—...¿y ese en qué coche vino?...
Kiliam giró la cabeza. Despacio. Las miró. Una apartó la vista. La otra aguantó dos segundos.
Al diablo con ellas.
Aparcaba ahí todos los miércoles y viernes. Mismo lugar, mismo coche. Dejaba que los rumores se alimentaran solos.
Elian seguía avanzando al mismo ritmo. La ropa demasiado grande. El cabello negro hasta los hombros. Delgado. Callado. Blanco fácil. Hasta que abría la boca. Entonces las cosas siempre empeoraban.
Dos filas más allá, un chico recogía libros del suelo. Cabeza gacha. Risas alrededor.
El mismo patrón. Tres años atrás había sido Elian: mochila volcada, cuadernos dispersos, tres tipos de pie. El primero que habló después se fue con la mandíbula rota. Kiliam se aseguró de ello.
Avanzó hacia Elian.
—Tarde, Ashworth.
Elian se detuvo a sesenta centímetros del coche.
—No quería arruinar tu desfile. Pensé en darte unos minutos más.
—Qué considerado. —Le abrió la puerta del copiloto.
Elian rodó los ojos pero se acercó.
—Estás llamando la atención. Otra vez.
—¿Sí? Qué mal. —Señaló con la barbilla hacia el grupo de chicas. Elian ni siquiera volteó—. Deberíamos darles más de qué hablar. Tal vez si te beso la frente.
—Hazlo y te muerdo.
Rio. Fácil. Sincero. Como si las cosas no estuvieran jodidas. Como si anoche no hubiera existido.
Pero allí, solo estaban ellos. Sesenta centímetros de distancia. Demasiado cerca. No lo suficiente.
Mierda.
La mano se le cerró sobre el encendedor. El metal se clavó en la palma.
Elian se deslizó dentro del coche y se ajustó el cinturón sin mirar, ajeno. El motor rugió cuando Kiliam lo puso en marcha.
El movimiento en su visión periférica llamó su atención: dos chicos junto a la entrada se codearon.
Los rumores cambiaban cada semana. Esta vez: pareja. La semana pasada: primos. Antes: drogas.
No corregía nada. Mientras durara, ningún imbécil molestaba a Elian.
Los rumores servían.
• • •
El sol caía detrás de los edificios, la luz naranja contra el parabrisas. Conducía con una mano en el volante, la otra sobre la consola. Un caramelo entre los dedos.
Elian lo tomó por la punta del envoltorio, jugó un instante con el papel antes de abrirlo. El crujido del celofán llenó el silencio. Lo llevó a la boca.
Dejaba caramelos donde Elian los encontrara. La consola del coche. El cajón de la habitación. Nunca frente a otros.
Elian no preguntaba. Él no explicaba.
—¿Vamos a la librería?
—¿Y si digo que no?