Caramelos & Cenizas

Capítulo 02

El primer golpe no fue un aviso. Fue un castigo.

Las paredes de hormigón desnudo. El suelo de goma negra que absorbía la sangre sin dejar rastro. Las luces frías. El escudo Hartwell grabado en acero sobre la puerta.

La boca se le llenó de sabor a hierro. El retroceso le sacudió la mandíbula hasta el cráneo. Se relamió la sangre y devolvió el puñetazo. Directo al abdomen.

Elizabeth retrocedió un paso. El impacto fue limpio.

—Estás más lento.

La voz de Elizabeth. Fría. Evaluando. La sonrisa, la misma que usó cuando le rompió dos costillas años atrás.

Liam giró sobre el pie derecho. Bloqueó la siguiente patada con el antebrazo. El impacto le vibró hasta el hombro.

—No dormí mucho.

—Oh, claro que no. Viniste porque «papá» chasqueó los dedos.

El antebrazo le ardía. El hormigueo bajó hasta los dedos.

Los párpados le pesaban. Tres horas. Cuatro como mucho. El mensaje de Johan había llegado a medianoche: Gimnasio. 6 AM. No llegues tarde.

Elizabeth lanzó otro golpe. Preciso. Medido. No buscaba dañarlo; buscaba colocarlo donde ella quería.

A Liam, Johan solo le había enseñado a resistir.

Elizabeth era control, herencia, poder. Pero seguía siendo su hermana. La única que sabía dónde guardaba los pinceles que su madre le regaló.

—¿Lo dejaste dormido?

—No sé de qué hablas.

Se limpió la boca con el dorso de la mano. Lento, deliberado. Como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Ella rio. Esa risa que usaba cuando tocaba hueso.

—Claro que no. —Se movió con elegancia, bloqueando cada ataque sin esfuerzo aparente—. Yo tampoco hablo de mis juguetes con padre.

Juguete.

Los dedos se le cerraron. Las uñas presionaron las palmas. Atacó. Seco. No a la cara. Nunca a la cara de Elizabeth. Había líneas que no se cruzaban entre ellos. No todavía.

Ella lo esquivó con facilidad. Casi aburrida.

—Investigué.

Se detuvo. El sudor de la espalda se le enfrió de golpe.

—¿Lo investigaste?

La voz le salió plana. Apagada.

—Su archivo es curioso. —Elizabeth ladeó la cabeza—. Parece que alguien ha puesto un esfuerzo enfermizo en borrar hasta el último hilo suelto.

Miró la puerta. Johan. Si Elizabeth había encontrado algo, Johan también podía.

La imagen lo invadió sin permiso: una silla vacía. Sangre que no era suya en la ropa.

—¿Qué quieres?

Los dientes rechinaron.

Elizabeth se detuvo frente a él. Mandíbula apretada. Mirada firme.

—Que tengas cuidado. No quiero tener que limpiar tu desastre.

—No necesito que me cuides.

Se abalanzó. El puño salió antes de terminar la frase. Antebrazo contra antebrazo. Bloqueo limpio.

—Siempre lo has necesitado. Aunque finjas otra cosa allá afuera.

Le devolvió el golpe. Directo al abdomen. La siguiente inhalación no llenó los pulmones. Ni la siguiente. Tuvo que forzar el aire, áspero como si inhalara arena.

—Alice, por ejemplo, es perfecta. Inteligente, leal, bonita. Padre la eligió bien.

—Deja a Alice fuera de esto.

Cerró el puño y recuperó el aire. El golpe salió disparado. Elizabeth lo esquivó con un paso lateral. Fluido.

—Tú la estás traicionando, no yo. —Su boca, una línea recta. Nada de sonrisa—. Tienes esa mirada. La conozco. Siempre acaba mal.

No respondió. Levantó las manos en postura de combate. La mandíbula se le trabó. Intentó aflojarla. No pudo. Si abría la boca ahora, la voz saldría rota.

Elizabeth apretó la mandíbula. Igual que aquella noche. Johan los obligó a mirar. Les enseñó qué pasaba con las distracciones.

—Padre no tolera piezas fuera del tablero.

—No es una pieza.

La boca se le cerró demasiado tarde. Las palabras ya estaban afuera.

Elizabeth lo miró. Cinco segundos. Diez. Buscando grietas.

—Entonces no lo arrastres contigo.

La voz de Elizabeth bajó. Como cuando hablaban en secreto de niños, cuando su madre todavía vivía.

—Si no puedes ganar este juego, al menos intenta no matarlo a él en el proceso. No eres libre, Liam. Ninguno de nosotros lo es.

El metal de los anillos le presionó la piel. Frío.

Elizabeth se alejó hacia la mesa de las toallas. Él se quedó parado en el centro del cuadrilátero.

—¿Terminamos?

—Por ahora. Padre quiere verte en su despacho.

Asintió una vez y se giró para irse.

—Liam.

Se detuvo, pero no se volvió.




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